Aprender a leer no es sólo cosa de chicos en Fernández Oro

Unos 30 alumnos cursan la primaria en el barrio Costa Linda. Estudiar implica superar muchas dificultades.



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La escuela funciona en el centro comunitario. Foto: Juan José Thomes

EDUCACIÓN

Patricia es la abanderada, a Cristina le gusta matemática, Vanesa convenció a Aníbal y doña Eliana a Luis. Graciela se casó muy jovencita y Ester perdió a su mamá cuando apenas era una niña y tenía cinco hermanos. Luciano, Fabio y Brian son tres adolescentes y, a veces, sienten que desentonan en el grupo.

Todos, a pesar de sus historias, de sus dificultades y alegrías cotidianas, de las cosas que los igualan y también de aquellas que los diferencian, tomaron una decisión trascendente: aprender a leer y a escribir, a sumar y a restar, a multiplicar y a dividir.

La escuela de Educación Básica para adultos de Costa Linda, un barrio de Fernández Oro, cruzando el canal de riego, funciona en el centro comunitario, el lugar que los recibe. Hasta allí, todos los días, a las siete de la tarde, llegan los alumnos que tienen entre 14 y 68 años. Un grupo heterogéneo que aprende, además, lo que significa la tolerancia y la colaboración, que contiene y es contenido.

“Sabemos qué nos pasa, qué nos falta. Si alguien no viene preguntamos por qué. La verdad es que todos aprendemos muchísimo”, abrió la charla y quebró el hielo Patricia Cativiela que, junto a Edith Méndez, son las docentes de la escuela.

Aunque al principio las palabras fueron saliendo despacio, poco a poco todos dejaron de lado su desconfianza hacia los “desconocidos”, periodista y reportero gráfico del “Río Negro”, para darle paso a sus historias y expectativas.

La familia de Vanesa estaba integrada por su mamá, su papá y seis hermanos. Vivían en Aguada Guzmán. “Éramos muy humildes. Había una escuela albergue cerca de Naupa Huen pero no fuimos porque sufríamos mucho. A los 17 años me vine a trabajar a Roca y un día me di cuenta de que no sabía ni cuánto me tenían que pagar y si lo que me daban era lo que correspondía”, arrancó su relato. Para ella, aprender a leer y a escribir le cambió la vida, literalmente. Pudo entender lo que decían los carteles de los colectivos, contar el dinero que recibía y sentirse más segura en una ciudad que al principio le resultó agobiante. “También trabajé en Neuquén. Sufrí bastante, me manejaba preguntando. Así fue por cuatro años. Por suerte nunca me abataté”, dijo mientras Aníbal, desde varios bancos de diferencia, la miraba.

Él es su marido y asiente cuando Vanesa dice que no quería saber nada con ir a la escuela. “Pero como me quedaba lejos y es de noche decidió venir para acompañarme”, largó Vanesa y tímido, él respondió, que también tenía ganas. Ninguno del grupo lo puso en dudas. Trabaja en un aserradero, muchas horas al día, y a pesar de que termina cansado, llega y presta atención a las explicaciones. “Las señoritas nos tienen mucha paciencia”, dijo parco.

La primaria de Costa Linda es uno de los cinco anexos que tiene la escuela de Educación Básica para Adultos número 3, con cerca de 250 alumnos. La sede funciona en la escuela 53 de Cipolletti. Nancy Martins es la directora.

En Río Negro, según el último censo nacional, hay 8.300 personas de 10 años o más que son analfabetos. En porcentaje es el 1,3% de la población, algunas centésimas menos que a nivel país que se eleva a 1,9%.

Casi como ratificando otro dato del censo, la mayoría de los alumnos en Costa Linda son mujeres. “Con respecto a las diferencias de los niveles de analfabetismo entre varones y mujeres, en el 2010 se produce un quiebre en relación a los resultados anteriores, dado que las mujeres pasan a registrar una tasa menor que la de los varones (1,9% y 2%)”, analizó el Centro Nacional de Estadísticas y Censos de Nación. Patricia tiene dos hijos “y medio” contó alguien sonriente y aclaró que está embarazada de una nena. Ella es la abanderada y termina la primaria este año. Se anotó cuando no pudo ayudar a su hijo mayor a hacer las tareas de la escuela. “Después me di cuenta de que también lo hacía por mí. Muchas veces pensé que no iba a poder seguir estudiando, pero si uno quiere lo hace, para salir adelante”, resumió una decisión que probablemente le llevó mucho tiempo tomar.

Luis disfruta la escuela y se nota. Es albañil y como no sabe leer no puede sacar el carnet para manejar la motito con la que se traslada. Su mamá, que es Eliana, el “pilar del grupo”, según las maestras, lo convenció de estudiar. Eliana contó orgullosa y sonriente que tuvo 12 hijos aunque se puso seria cuando recordó que sólo algunos pudieron ir a la escuela. Por eso, también, quiere convencerlos de que estudien. A sus 68 años, y casi toda su vida viviendo en el campo, nunca falta a clases. “La única vez que no vino fue porque un chivo la tiró”, contó entre risas las maestra insistiéndole que relate de nuevo la anécdota. Doña Eliana se excusó sonriendo y prefirió recordar lo bueno y el esfuerzo: si su hijo no la puede pasar a buscar porque le cambiaron el horario de trabajo o porque tiene alguna changa, ella camina los 2.500 metros que separan su casa de la escuela.

La de Costa Linda es y no es una escuela común. Los saberes “académicos” se comparten con aquellos que los alumnos adquirieron en la vida, pero también hay cuadernos, letras encerradas en círculos y pizarrones. Un refrigerio que se comparte y que es indispensable para los que salen del trabajo y van directo a la escuela. “Si uno sale de trabajar y no alcanzó a tomar nada acá siempre hay algo para compartir. Esto funciona así y nos ayudamos”, resumió Patricia, que a esa altura de la entrevista ya se había transformado casi, casi, en la delegada del grupo.

María Luján Venier

mlvenier@rionegro.com.ar


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