Apuesta repetida



por JORGE VERGARA jvergara@rionegro.com.ar

Sin ninguna duda la fórmula dio resultados a más de uno. Y vaya que resultados, recaudaciones jugosas, estadios repletos y miles de placas vendidas. Sin embargo, el éxito suele ir por un carril, muchas veces de la mano de un público consumista, pero eso no necesariamente garantiza calidad.

El viejo lema de hacer lo que a la gente le gusta es muy ambiguo. Cómo saber lo que a la gente le gusta mientras un producto musical no está en el mercado. No es fácil, pero sí lo es si uno toma algunos estándares que hacen por ejemplo que el folclore que canta la mayoría garantice éxitos.

En los festivales folclóricos, al menos en los más serios, se les pide a los contratados que digan qué temas van a interpretar, de modo que cada uno cante temas diferentes y que no ocurra lo que pasó muchas veces, cuando uno podía en una misma noche escuchar el mismo tema en voces diferentes.

Así, muchos creen que seguir a los consagrados garantiza éxitos y eso es una verdadera equivocación. No es lo mismo escuchar un tema en las voces de Los Nocheros o de las voces inolvidables de Los Cantores del Alba, que hacerlo en las voces de cientos de imitadores que pasaron al olvido en poco tiempo.

Todo esto viene a cuento de algunos intérpretes que se quejan porque sostienen que el romanticismo y el amor en el folclore son los únicos que garantizan trabajo. Y tienen razón, de un tiempo a esta parte, el folclore tiene en su repertorio temas mayoritariamente románticos que en muchos casos se parecen más a un bolero que a una canción del género.

Por eso lo de la fórmula, por eso el mismo Chaqueño Palavecino sumó el amor a parte de sus temas, porque los empresarios sostienen que es lo que le gusta a la gente.

Y ese parámetro resulta tan difícil de explicar como difícil es explicar por qué en los escenarios cada vez hay menos copleros, menos zambas y chacareras.

Difícil es la fórmula cuando uno intenta explicar que en realidad lo que le gusta a la gente es muy relativo y que la gente consume entre las pocas opciones que le dan.

Hay cierta hipocresía también en el público cuando por ejemplo, en cada verano en los festivales de Cosquín y Jesús María, aplaude de pie a las copleras o a Rubén Patagonia y después no compra un CD de ellos ni por casualidad. Sí, en cambio, sale corriendo a comprar lo que dice no consumir y que en realidad es lo que parece gustarle.

La música tiene estas cosas, ciertas ingratitudes para con el género mismo, para con intérpretes que fueron más allá de los temas viejos y gastados, que fueron más allá y crearon, pero que a la hora del reconocimiento siempre estuvieron detrás de los que están todo el tiempo en la tele o los que sacan discos todos los años.

Pregúntele a la gente por Alfredo Zitarrosa o por Atahualpa o por Abel Pintos y seguro que en el ránking están en lugares muy alejados, cuando por lo que aportaron y aportan al folclore deberían encabezar cualquier lista.

Claro, si uno atribuye todo a los gustos de la gente, lo más probable es que terminemos justificando a todos aquellos que tienen éxito de ventas, que cantan temas pegadizos, pero que no son capaces de dar un paso más por sí solos.

Quiero decir que en el género hay pocos creadores y muchos que se cuelgan de los éxitos de otros para buscar un lugar entre los destacados. Estos últimos son los que pasan rápidamente al olvido.


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