Árboles y literatura

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

En la columna anterior hablamos de la ecoliteratura y del ecopoema, manifestaciones del campo literario que subrayan la preocupación por nuestra casa planetaria. Fue inevitable que relacionara en estos días, naturaleza y literatura, y de manera más acotada recordé algunos árboles que se tornaron entrañables gracias a un poema, un cuento, una novela o una pieza teatral. Y el primer recuerdo, a la manera de un barrilete en el cielo, fue traído lentamente, enrollando el hilo de la memoria, apareció un verso, luego otro y la escuela y el guardapolvo y aquel acto en el que recitaba: “Yo tengo mis recuerdos asidos a tus hojas,/ yo te amo como se ama la sombra del hogar,/ risueño compañero del alba de mi vida,/ seíbo esplendoroso, señor del Paraná”. Y los versos de Rafael Obligado vienen lentos como una vieja cometa que busca tocar tierra por falta de hilo y viento. Ya casi no hay ombúes en la pampa húmeda, cada vez que veo uno es inevitable cubrir de voz estos versos: “Bajo el ombú corpulento,/ de las tórtolas amado,/ porque su nido han labrado/ allí al amparo del viento;/ en el amplísimo asiento/ que la raíz desparrama,/ donde en las siestas la llama/ de nuestro sol no se allega,/ dormido está Santos Vega/ aquel de la larga fama”. En ese ombú poético tiene lugar la payada más fantástica de la literatura argentina y la derrota final de Santos Vega. Una derrota simbólica que monitorea los estertores de un tipo social y su representación literaria. *** Sigamos en la poesía y su honda comunión con el árbol. Antonio Machado contó como pocos la flora de Soria, en los confines de Castilla. Cómo no recordar su predilección por las encinas “En tu copa ancha y redonda nada brilla,/ ni tu verdioscura fronda/ ni tu flor verdiamarilla./ Nada es lindo ni arrogante/ en tu porte, ni guerrero,/ nada fiero/ que aderece su talante./ Brotas derecha o torcida/ con esa humildad que cede/ sólo a la ley de la vida,/ que es vivir como se puede”. Machado también tiene un poema que es un canto a la esperanza en medio de la destrucción, una muestra maravillosa de aquella sentencia spinoziana sobre las cosas que perseveran en su ser. “Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido”. En el exilio eterno de Luis Cernuda hay un plátano de la fría Cambridge que le evoca los plátanos calientes y con cigarras de su tierra; pero frío y todo al apoyar su mano en el tronco helado siente la premura de la savia ahí adentro: “Al lado de las aguas está, como leyenda,/ en su jardín murado y silencioso,/ el árbol bello dos veces centenario,/ las poderosas ramas extendidas,/ cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,/ dosel donde una sombra edénica subsiste”. Olegario V. Andrade es un poeta de fines del XIX, hoy una rareza porque apenas se lo lee, de él quiero rescatar un poema llamado “La vuelta al hogar” en el que se contrastan la infancia y su paisaje idílico y el hombre que vuelve herido por la vida y recuerda ante la naturaleza como testigo: “Bajo aquel sauce que moja/ su cabellera en el río,/ largas horas he pasado/ a solas con mis delirios.// Las hojas de esas achiras/ eran el tosco abanico,/ que refrescaba mi frente/ y humedecía mis rizos.// Un viejo tronco de ceibo/ me daba sombra y abrigo/ un ceibo que desgajaron/ los huracanes de estío.// Piadosa una enredadera/ de perfumados racimos/ lo adornaba con sus flores/ de pétalos amarillos”. El poema avanza hacia un desencantado final.

Palimpsesto


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