“Argentina, una nación digna y generosa”





Respuesta a la nota “Argentina, un país desperdiciado” El 19 del corriente leí en el “Río Negro” on-line un artículo del escritor y economista chileno Sebastián Edwards Figueroa publicado por el diario “La Tercera”. En su texto pone de manifiesto que en la Argentina “en los últimos 15 a 20 años las cosas han cambiado profundamente. El complejo de inferioridad de antaño ha dado paso a una actitud de superioridad y a un desdén que, sin ser estridente, es palpable. Para la mayoría de los chilenos la Argentina ya no genera ni admiración ni envidia. Yo diría que el sentimiento mayoritario hacia la transandina república es de pena. Esa lástima o compasión que uno siente por viejos tíos antes exitosos y que con el tiempo se han convertido en roñosos y un poco patéticos. (…) La barbarie también se presenta en la inseguridad y la violencia. La vida es completamente impredecible. Nadie sabe si los vuelos van a salir el día presupuestado, o si habrá cortes de ruta, o si los sueldos y aguinaldos serán pagados en el momento convenido o si volverán a aparecer las monedas regionales –en la provincia de Buenos Aires ya se habla del regreso de los tristemente célebres Patacones–”. (http://www.riongro.com.ar/diario/la-argentina-un-pais-desperdiciado-921288-9539-nota.aspx) Lo que dice el escritor chileno es absolutamente cierto: la Argentina es hoy un país que da pena, la incertidumbre en todos los ámbitos se ha extendido sin miras de revertirse, la falta de certeza está presente en relación con el pago de los salarios, la inseguridad es ausencia, la Justicia parcial y sin independencia, las instituciones sólo existen en la letra de la Constitución nacional, los legisladores viven de vacaciones y el Poder Ejecutivo, ocupando ese vacío, dicta normas –decretos de necesidad y urgencia– que deberían ser discutidas y sancionadas por el Congreso. La salud, la educación y el acceso a una vivienda digna son meras enunciaciones de garantías previstas en la carta magna que carecen de vigencia en la realidad y por ello, por la acción de malos gobiernos que ejercen el poder en beneficio propio, se están destruyendo extensas regiones del país con la explotación no convencional del petróleo y la megaminería sin que les importe que a raíz de tal desatino la gente –niños, ancianos, adultos, jóvenes– muera de cáncer y la tierra se degrade irremediablemente. A todo ello debe agregarse que los dueños del poder han inundado el país de casinos, empobreciendo a la gente, convirtiéndola en adicta, en ludópata, sin que ello despierte más interés que el propio al tiempo de recaudar las ganancias de las máquinas tragamonedas. El subsidio ha destruido la cultura del trabajo. Hoy no hay estudio de ningún nivel, ni secundario ni terciario, que asegure un trabajo. La idoneidad ha sido reemplazada por la política de amigos y compromisos. Las promesas, mentirosas a la verdad. Entramos en el mundo de “Vamos a hacer” en lugar de “Hoy hicimos” y el pueblo se afana en buscar una changa para mantener a sus hijos. Los más necesitados, que abarcan una extensa franja de la población, viven en taperas construidas con dos chapas ante la impotencia que generan la falta de oportunidades, la acumulación de riqueza en unos pocos, el autoritarismo, el nepotismo, la soberbia. Por eso no estoy de acuerdo con el autor cuando dice que nos hemos convertido en roñosos y un poco patéticos. No señor: el pueblo digno y trabajador sigue peleando por una vida mejor a pesar de todo e incluso muchos de sus connacionales trabajan en las más variadas actividades en nuestro país, estudian en nuestras universidades y se curan en nuestros hospitales de manera gratuita, generosamente, sin preguntar nacionalidad, credo o ideología. En suma, siento pena por lo que han hecho con un país rico gobiernos sin espíritu de grandeza, con funcionarios a los que les cae de perillas la calificación de “roñosos y un poco patéticos”. Pero ésta no es aplicable al pueblo argentino, que no ha bajado los brazos y trabaja cada día por la grandeza de su patria, ni a los argentinos que curan y educan a connacionales y extranjeros como no sucede en la mayoría de los pueblos del mundo, donde podés morir sin tener los recursos para sanar la enfermedad que te que aqueja. En fin, a pesar de los “roñosos y un poco patéticos” de los que habla nuestro amigo trasandino, en la vida de los pueblos existen etapas amargas por malos gobernantes, pero la gente honrada, trabajadora y casi tonta de tan generosa hará que este trago amargo pase rápidamente y sólo sea un recuerdo, un desliz insignificante en la vida de una Nación que como ninguna otra acogió en su seno a todos los hombres de buena voluntad. Héctor Luis Manchini, DNI 7.779.947 San Martín de los Andes

Héctor Luis Manchini, DNI 7.779.947 San Martín de los Andes


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