Fantasmas de barrio




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Horacio Licera hlicera@rionegro.com.ar

Los fantasmas fueron parte de nuestra vida de varias maneras diferentes. Desde chiquitos tuvimos claro que así como los autos hacían tuuuuu! y las vacas muuuuu!: los fantasmas hacían buuuuu!. Nos imaginábamos que estas apariciones eran algo así como una momia pero hecha a las apuradas, en vez de envolverle el trapo prolijito, se lo tiraban encima nomás. A través de Narciso Ibáñez Menta conocimos al famoso Fantasma de la Ópera y supimos que a Notredame no le dio para fantasma pero tuvo un jorobado que asustaba bastante. En nuestro barrio teníamos un cine que era la catedral del cine prohibido, la única opera que conocían era la de Terrabusi y lo habitaba el narigón Rodríguez, el acomodador. No era fantasma ni jorobado pero por el aliento parecía que estaba más del lado de los muertos que de los vivos. Ya más grandes nos asustamos en el tren fantasma y en la década del noventa vino Menem y para algunos fue un parque de diversiones con pizza y champán y para otros un parque de privatizaciones que dejó demasiados trenes fantasmas. Y qué decirle del reflejo del miembro fantasma, que es cuando a alguien le cortan la pierna y le sigue picando. A nosotros nos pasa lo mismo cuando jugamos un picadito: le queremos pegar a la pelota y es como si no tuviéramos piernas. “¡Este tipo es un fantasma! protestan a nuestras espaldas los crueles coequipers.


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