Y versus Y



Cuando me anoticié, no hace mucho, de la llamada “generación Y”, me enfrenté al siguiente asunto: esta “Y” no tiene mucho que ver con la mía, con “Clave de Y”. Para recordárselo: me gusta esta letra porque implica integración, al contrario de la “O”, claramente excluyente. Su misma figura habla por ellas: la Y semeja una persona con los brazos abiertos. La O está encerrada en sí misma. Dicho lo cual, vamos a la generación Y. Es una caracterización sociológica de los últimos años, y se la llama así para diferenciarla de la X. Esta, la X, abarca gente entre los 30 y 45 años. La Y -llamada también la generación del milenio- alude a quienes nacieron entre los años 1982 y 1991, que es la que está ingresando al mercado laboral. Están signados por la tecnología de punta. Son nativos digitales. Detalle no menor: los y las integrantes de esta generación pertenecen mayoritariamente a la clase media y media alta. Su acceso al mundo cibernético es natural y total. Les fascina el consumo, más que acumular bienes. Me interesó el análisis desde el mercado laboral de esta juventud ávida a corto plazo: busca horarios flexibles, trabaja desde la casa, respeta trabajar en red más que las jerarquías. Al contrario de las generaciones anteriores, incluida la de nuestros padres, conceptos como “hacerse de abajo”, “ponerse la camiseta de la empresa”, “pagar derecho de piso”, directamente son chino básico. Empresas así tienen problemas para integrar a la generación laboral Y. Según dicen, están tratando de adaptarse sin perder el sillón. Porque para Y, no hay lugar prohibido o al que haya que esperar mucho tiempo y hacer carrera para llegar. Están preparados para enfrentar el cambio vertiginoso de la era actual, la hipercompetencia, el cambio laboral si no les gusta lo que viven. Recuerde: la mayoría, así dicen las estadísticas mundiales, y también en nuestro país, pertenecen a clases que si algo no les conviene, y se van, siempre hay aguante en su casa. Según encuestas, se identifican con problemáticas de género, ecológicas, la política. A esto le llaman (los encuestadores y estudiosos del fenómeno), “interés en valores solidarios”, lo cual, visto su extremado individualismo, está por verse. No me extraña que estas chicas se identifiquen con Demi Moore en “Acoso sexual”, y a lo mejor esta igualdad supercompetitiva sea un avance de la mujer… Tampoco dudo que les guste andar en bici por prolijos senderos y usar los autos en grandes distancias, total, laburan vía ciberespacio o les hacen el aguante en la casa o el departamento que les pagan. Sin duda, los veo cómodos en la política ausente del bien general. No me los imagino, ni a ellos ni a ellas, sindicalizándose o firmando una carta solidaria ante alguien echado. Su marco de referencia histórico es la flexibilización laboral. El filósofo Zigmund Bauman ha incursionado en lo que llama el paso de la modernidad sólida a la modernidad líquida, aludiendo a que lo sólido conserva su forma y permanencia. El líquido fluye; y así, dice él, es este mundo, el mundo de la generación Y. Es evidente para usted, y le aseguro, también para mí, que no me gusta esta “Y”. Sus virtudes no se me escapan. Lo que me choca es que este concepto hedonista, inmediatista de la vida, trasladado a todas sus relaciones humanas, pone en duda qué harán ante un familiar anciano o discapacitado. ¿Fluirán hacia una residencia ad hoc, más pronto que tarde? ¡Y veo tanta gente joven en trabajos precarizados, para la cual el presente es inquietante y el futuro, por razones distintas a los Y, tampoco existe! La psiquiatra Graciela Moreschini dice de los y las Y: “les cuesta madurar. Se cristalizan en la adolescencia. Disfrutan del presente. No hay raíces ni aprendizaje; tampoco futuro, porque implica postergaciones que no quieren hacer. Si a los 25 años no eligieron una carrera, son niños que juegan a la Play Station, chatean o mandan mensajitos por horas”. Sin embargo, quiero ser consecuente con mi “Y”, con mi creencia integradora. Percibo que mucho de este rechazo tiene que ver con que el mundo cíber es difícil para toda mi generación; con lo que nos cuesta superar mandatos culturales y religiosos que nos hicieron concebir el presente y el placer como pecados. Es esto, la generación Y anda sin varias pesadas mochilas. ¿Será posible una síntesis entre fluidez y solidaridad, entre el disfrute y la responsabilidad? Es un desafío que vale la pena intentar.

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

en clave de y


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