¿Ayudar a los adolescentes?

Por Eva Giberti



La preocupación por los adolescentes se convirtió en una rutina familiar, escolar, institucional, social, debido a una serie de temores surgidos desde los adultos. No se trata de inventos, sino de haber comprobado que efectivamente, los adolescentes pueden atravesar por situaciones complejas, de las que no siempre se recuperan.

Por lo general se piensa en términos de: “¿Cómo los ayudamos?” desconociendo un supuesto básico del trato con adolescentes: es preciso saber si los que serán objeto de ayuda están en condiciones de aceptarla y si tienen registro de necesitar tal ayuda. No tener en cuenta este principio configura y transforma el modelo que se diseñó pensando en “ayudar”, en un deslizamiento autoritario.

Con frecuencia el adulto intenta acomodar a los adolescente a sus propias necesidades y a lo que se calcula el “deber ser” kantia-no, aunque se acepte que es preciso hablar de otro modo con ellos y transigir con algunas pretensiones adolescentes. Lo cual parece ser producto de una modificación en la representación social de la adolescencia, pero una representación que no es capaz de sostener las apuestas lógicas de los adolescentes, que oscilan entre rigideces compulsivas, paradojas y contradicciones.

Los contenidos de los pensamien-tos de los adultos y la construcción de los procesos judicativos e intelectuales responden -por lo general- a las leyes sociopolíticas del patriarcado. Son procesos y contenidos sustentados por un narcisismo yoico que se impone sin la alternativa de inhibirse; son adultos que no disponen de un espacio psíquico para acompasarse con la transgresión que la adolescencia representa y actúa.

Narcisismo que puede estar sustentado, por lo menos parcialmente, en la ilusión de una racionalidad -como si hubiera una sola razón, una sola verdad- que se sostiene en lógicas aristotélicas que privilegian su formalización de acuerdo con el canon deductivo: dado A, luego B.

Las lógicas que ponen en juego los adultos a menudo tienden a naturalizar sus propias transgresiones: encuentran excusas que les parecen “razonables” para explicar por qué transgredieron.

Quizá el narcisismo yoico impida habilitar un espacio de transgresión que no remita a su derecho para transgredir y facilite la creación de un espacio psíquico capaz de comprender empáticamente las transgresiones de los adolescentes. Tal vez dichas transgresiones actúen como anticipos visibles y audibles de las que serán las transgresio- nes de los adultos.

Si tenemos en cuenta -entre otras- estas modalidades de los adultos, que los adolescentes evalúan lúcidamente y utilizan para descalificarnos, es preciso reconocer que hace falta modificar el paradigma que se ocupa de la programación de la “ayuda” que se pretende aportar. No parece que sea efectivo programar a los adolescentes de acuerdo con los diseños utilizados hasta el momento.

Las actuales políticas y las técnicas que se ocupan de la comunicación y que son imprescindibles para entenderse con los adolescentes, nos autorizan a recurrir a los aportes de las técnicas de la conversación, dado que el análisis de la conversación es una propuesta teórica de los últimos decenios.

Dada la disminución de los ritmos de conversación y de espacios para la misma en la sociedad actual -donde se simula conversar mientras se mira tevé, o en las academias se simula conversar en las mesas redondas, o se simula conversar en los grupos de discusión- construir este espacio para conversar con los adolescentes constituye una alternativa interesante y prometedora.

Actualmente, Sacks, investigador estadounidense, trabaja con la idea de identidad por la conversación, que abre una nueva índole de análisis. Sacks sostiene que la conversación es un quehacer o un proceso (‘affaire’) moralmente descriptible y constituye el único instrumento del que se dispone, de manera privilegiada, entre seres humanos.

En los intentos por “ayudar” a los adolescentes, y más allá de las teorías y técnicas, parecería que una clave reside en que lo conversado con ellos les resulte creíble. Es decir, no caer en conversaciones que pretendan recomendarles “haz lo que yo digo, pero yo no hago”, puesto que ése es uno de los modelos que permanentemente denuncian como falsedad de los adultos.


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