Bohemia madrileña

POR NESTOR TKACZEK

Y Alejandro Sawa, el rey de la bohemia, aquél que según Rubén Darío «prefirió muchas veces la miseria a macular su pureza estética», nos da la mano para adentrarnos en la bohemia de la capital española que Aznar Soler caracteriza sin medias tintas como «un fenómeno tardío e importado directamente del Barrio Latino parisiense».

Varios son los personajes destacados de esa época, muchos llegados desde el resto de España deslumbrados por las transformaciones y la ilusión de triunfar en Madrid. Pronto viene el desencanto, las condiciones de legitimación (publicación, circuitos de venta, reseñas periodísticas, etc.) de una obra diferente del gusto burgués son inaccesibles y la mayoría de sus integrantes termina en esbozos y proyectos que refulgen y mueren en el ambiente ahumado y en medio de polémicas y tragos en una mesa de café.

Curiosamente los bohemios se adueñaron de un territorio que el sistema de vida burgués había concebido como suyo: el centro de Madrid. En ese espacio cambiante fruto de la modernización se mueven, caminan, se reúnen en diferentes tertulias por ejemplo en el «Café de Levante», muy cerca de la Puerta del Sol o el «Café del Correo» en la calle Alcalá. Después, a la hora de la intimidad van rumbo a sus moradas en sitios lóbregos y miserables, en barrios levantados con mucho afán y poco dinero; y eso es lo que tienen: mucho afán, pero también mucha hambre y poco dinero.

Los bohemios de talento trabajan en periódicos o colaboran en ellos, la mayoría se malogra artísticamente debido a una vida desordenada, que invitaba a la pereza y a vivir el día. Por eso la mayoría de los bohemios madrileños no dejó una obra perdurable, apenas textos que la crítica reciente ha rescatado del olvido. Algunos militan en el anarquismo o el socialismo, pero el grueso de sus integrantes viven ajenos a la problemática política, sumergidos en su paraíso artístico.

Entre los personajes de aquel Madrid de fin de siglo, además de Sawa, podían verse deambular al poeta Pedro Barrantes que elogiaba en sus versos al puñal y la dinamita, a Ernesto Bark y su fe en el poder de la literatura y el arte como instrumentos de cambio social, al francés Henry Cornuty dilapidando la cuantiosa fortuna de su padre, al joven Baroja (que luego renegaría de la bohemia) y al joven Valle Inclán, incansable trajinador de cafés y autor de una frase-estandarte de la bohemia: ¡Viva la bagatela!

Pero la bohemia que se define por un culto al Arte como ideal de vida, tiene los días contados; da paso «…a una bohemia golfante, prostituida, acomodaticia, entre el cinismo, el parasitismo y la incapacidad imaginativa, a unas circunstancias históricas y sociales adversas», así la califica Aznar Soler. Estas dos maneras de vivir están representadas en «Luces de bohemia» por Max Estrella (el bohemio heroico) y Latino de Hispalis (el falso bohemio o golfo). Por esta obra desfilan una multitud de personajes, la mayoría históricos de la bohemia literaria de ese Madrid que Valle Inclán, al momento de escribir la obra (1920), siente irremisiblemente perdido.

ntkaczek@hotmail.com


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