Bolsitas

Redacción

Por Redacción





palimpsestos

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

No, no pretendo escribir acerca de la ecología y las bolsas de nylon, ni tampoco es un comentario de la que quizás sea la primera novela policial argentina: “La bolsa de huesos” de Eduardo Holmberg. Pretendo usar a nuestras cotidianas bolsitas de mercado como una metáfora que intenta comprender determinadas situaciones de nuestra vida actual. Utilizamos con ligereza estas bolsitas, y así como vienen con la caja de arroz, en casa pasan a contener tornillos, pan, zapatillas, papeles y demás. Esta variedad de contenido se contrapone tarde o temprano con su único final, el cesto de la basura. Útiles en su momento, nos desprendemos de ellas sin ningún resquemor. Esa especie de cultura de tengo y tiro para seguir teniendo, caracteriza nuestro tiempo; todo se ha vuelto una especie de bolsita cuyo provecho apenas dura y enseguida viene su reemplazo. “Úselo, tírelo” es el título de uno de los libros de Eduardo Galeano, que resume la actitud de nuestra época. Sin embargo, pertenezco a una generación a la que le cuesta desprenderse de las cosas, quizás porque antes entablábamos una larga convivencia con ellas, teníamos otro trato, participaban de nuestra rutina por años, eran casi parte nuestra y no abundaban o bien era difícil adquirirlas y renovarlas. Televisores que duraban más de dos décadas, máquinas fotográficas casi eternas, heladeras indestructibles, la spika con la que el abuelo escuchaba los partidos y tantas cosas más. Por eso a quienes transitamos las cuatro décadas o más, nos cuesta admitir que algo que compramos hace dos o tres años hoy sea una antigüedad, me niego a tirar una impresora rota, a pesar de que sale mucho más arreglarla que comprar una nueva. Sucede lo mismo con los teléfonos celulares, los televisores, los equipos de música, las cintas de video, las filmadoras con cassette, las máquinas de fotos, los mp3 y todo lo que se les ocurra. Cada vez su vida es más efímera y se parecen a las bolsitas, todas terminan en la basura. Como dato curioso y sintomático, en mi pueblo, son muy pocos quienes arreglan electrodomésticos o aparatos electrónicos, y los que hay son gente mayor. *** Como les decía, soy de una generación habituada a conservar, ya sea papeles, cuadernos, diarios, revistas, carpetas, apuntes, juguetes, fotos, archivos que van poblando todo un sector de la casa. Es posible que muchas de esas cosas que atesoro no las usaré nunca, o quizás cuando las necesite no las encuentre, suele suceder; pero tiene que ver con mi historia personal, esas cosas son parte de mí, explican a su manera mi derrotero vital, sin ellas me transformo en un ser anónimo. Detrás de ese frenético recambio hay una sociedad a la que le importa la velocidad y no la duración. Por eso hoy la experiencia, las rutinas que calcaron parte de nuestra vida han dejado de tener la importancia de antaño. Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco, resume así esta situación: “los logros individuales no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. Las condiciones de la acción y las estrategias diseñadas para responder a ellas envejecen con rapidez y ya son obsoletas antes de que las personas tengan siquiera la opción de conocerlas adecuadamente”. Un panorama poco alentador, porque en ese modelo del “úselo y tírelo” también están un familiar cercano, un amigo, tu novia, tu padre, una hermana, todos tratando de esquivar el destino final de las bolsitas del mercado.


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