Borrón y cuenta nueva, Por James Neilson 05-12-03

Hubo un tiempo en el que los políticos se sentían muy orgullosos de las excentricidades nacionales. Como sus homólogos de otras latitudes, las tomaban por evidencia de que su país era en cierto modo más auténtico que los demás, una convicción que acaso sea absurda pero que aun así es necesaria porque a menos que una comunidad se crea muy especial no tardará en disolverse. Pero mucho ha cambiado a partir de aquellos días felices. En la actualidad, la meta consensuada por peronistas y radicales, progresistas y reaccionarios, colectivistas y liberales, es que la Argentina se transforme cuanto antes en lo que todos llaman un «país normal». Habrá algunos disidentes que, luego de echar una mirada a Europa occidental y América del Norte, dirán que podríamos aspirar a algo un tanto mejor, pero sus voces están apagadas. Después de años de felicitarse por las anomalías, la élite política ha llegado a la conclusión de que asemejarse más al resto del mundo o, por lo menos, a sus zonas más opulentas, sería un triunfo de dimensiones épicas.

¿Qué quieren decir los normalistas, por llamarlos así, cuando aluden a lo que se ha convertido en su aspiración principal? En primer lugar, a una democracia equitativa y próspera, sin mucha corrupción, en la que la seguridad jurídica es algo más que una fantasía utópica, una expresión de deseos. En comparación con los inspirados en los sueños delirantes del pasado, tales objetivos parecen modestos, pero antes de alcanzarlos será forzoso superar el obstáculo gigantesco supuesto por la deuda externa. No es solamente una cuestión de negociar un arreglo con los acreedores, sino también de repatriar la convicción de que negarse a pagarles es de por sí impropio de un país normal. Podría decirse que mientras la mayoría no crea significante el default, la normalidad seguirá pareciéndose a un fuego fatuo tan elusivo como la «Argentina potencia» de generaciones más ambiciosas.

Pero bien que mal, al gobierno normalizador de Néstor Kirchner no le interesa demasiado saldar cuentas con lo que se ha dado en llamar «el mundo». Antes bien, hasta que para la sorpresa de todos el canciller Rafael Bielsa dijo a sus anfitriones japoneses en Tokio que «los argentinos queremos pedir disculpas» por el default, insistió en defenderlo como si rehusar intentar seguir pagando la deuda pública fuera un alarde de justicia y por lo tanto motivo de orgullo. Aunque el responsable de declararlo fue un peronista rival, Adolfo Rodríguez Saá, festejaron su osadía muchos peronistas que pronto se mutarían en kirchneristas. De quererlo, Kirchner pudo haber denunciado a su compañero, acusándolo de entregarle una bomba de tiempo capaz de arruinar su gestión, pero parece que no se le ocurrió hacerlo, tal vez porque en el fondo esté tan convencido como el que más de que repudiar la deuda no fue una maniobra desesperada sino una forma admirable de luchar en pro de los intereses nacionales.

Por cierto, Kirchner y sus colaboradores, con la presunta excepción de Bielsa, parecieron haber abrazado la causa del default con entusiasmo casi ilimitado. El ministro de Economía, Roberto Lavagna, quería que todos los argentinos, incluyendo a los acreedores, se solidarizaran con la noción de que oponerse a una quita draconiana equivale a declararse enemigo de la Patria, tesis que le ha permitido tratar a los gurúes neoliberales como traidores vendidos a intereses extranjeros. Asimismo, los propagandistas del gobierno no se cansaron de aseverar que tratar de pagar más sería terrible para los pobres.

En Europa, Estados Unidos y el Japón, lugares normales, la prédica de Lavagna y sus adláteres parece tan extravagante que provoca escándalo. Si bien los más comprenden que es natural que el gobierno argentino quiera más plata, les cuesta soportar el aire de superioridad moral de sus representantes que dan la impresión de creer que los deudores son buenos por antonomasia de suerte que los acreedores no pueden ser sino personajes rastreros, aprovechados codiciosos, que deberían tener la decencia de callarse. Por supuesto, el que los políticos y funcionarios criollos que los instruyen acerca de sus deficiencias morales sean por lo común individuos visiblemente acomodados, mientras que entre los acreedores se encuentran decenas de miles de jubilados pobres, no ha contribuido a atenuar el asombro que sienten frente a las tácticas negociadoras de Lavagna y compañía. Además, el saber que la Argentina figura entre los países más corruptos del planeta y que conforme a las pautas primermundistas muchos políticos, entre ellos Kirchner, son hombres ricos, no ayuda a convencer a los acreedores de que al reclamar la devolución de su dinero están hambreando a niños famélicos.

Hace algunas semanas, un economista chileno, Sebastián Edwards, afirmó sentirse muy preocupado por el futuro de un país en el que según parece nadie siente vergüenza, culpa ni remordimiento por no cumplir con los compromisos. El que al ex economista jefe del BID le haya llamado la atención la opinión generalizada de que un default no sería gran cosa si no fuera por la falta de nuevos créditos que servirían para aumentar la deuda todavía más, se deberá a que en sus años formativos no sintió la influencia de la cultura política argentina, un fenómeno sui géneris si los hay.

En efecto, durante décadas, pensadores peronistas, radicales e izquierdistas coincidieron en que la deuda pública, la que por lo común calificaban de externa, era la consecuencia de una especie de conspiración diabólica urdida por capitalistas desalmados, bancarios usureros, militares y otros malhechores, de manera que repudiarla era el deber de todo ciudadano de bien. De más está decir que su prédica no sirvió para convencer a los funcionarios populistas de que les convendría no endeudarse nunca. Antes bien, los hizo pensar que en cualquier momento podrían desembarazarse del fardo declarándolo ilegítimo, imperialista y por lo tanto nulo de toda nulidad, de manera que lo más sensato sería pedir más créditos mientras aún pudieran hacerlo, fortaleciéndose así la posición negociadora de la Argentina. Como nos enseñó el santificado Lord Keynes, una deuda grande es un problema para el acreedor, no para el deudor: así pues, tanto mayor se hiciera antes del estallido, mejor sería para la Argentina. Aquí, el mito del default libertador ha incidido de manera muy poderosa no sólo en el pensamiento de las élites, sino también en su conducta.

Aunque no es exactamente normal negarse por razones éticas, políticas y teológicas que los demás consideran rebuscadas a intentar cumplir con las obligaciones pactadas, está íntimamente vinculado con la voluntad de Kirchner y otros dirigentes de hacer de la normalidad su ideal. Es que lo mismo que el default, la normalidad con la que sueñan supondría un nuevo comienzo posibilitado por la abolición de un pasado que, concordaremos, no fue responsabilidad nuestra. Mientras que los ideólogos del default libertador lograron persuadirse de que el mundo, encandilado por la justicia de su causa, aceptaría que sería monstruoso exigirles a los argentinos actuales pagar el dinero que fue robado por gobiernos anteriores ya corruptos, ya engañados por economistas neoliberales y por el FMI, los que añoran la normalidad suponen que si juran que en adelante respetarán las reglas, el mismo mundo los tratará como el hijo pródigo que al regresar al hogar paterno fue recibido con alborozo y no tuvo que sufrir castigo alguno.

El atractivo del mito del borrón y cuenta nueva, de la ruptura definitiva con el pasado que desembocó en el presente tan problemático, siempre ha sido muy fuerte en el bien llamado nuevo mundo. Con la amnesia colectiva que suele acompañarlo, es una parte esencial del destino americano. Sin embargo, a una sociedad le resulta tan difícil separarse de su pasado como le sería a una persona rebelarse contra su herencia genética. Por furibundas que sean las arengas de los que quisieran que todo hubiera sido diferente y que por tal motivo están esforzándose por pulverizar la década de los noventa, proclamándola «una ficción», no es posible eliminar lo ya hecho. Tampoco resulta tan fácil como muchos suponen librarse de las deudas. De un modo u otro, los herederos de quienes las coleccionaron como si se trataran de premios a su propia sabiduría tendrán que pagarlas.


Hubo un tiempo en el que los políticos se sentían muy orgullosos de las excentricidades nacionales. Como sus homólogos de otras latitudes, las tomaban por evidencia de que su país era en cierto modo más auténtico que los demás, una convicción que acaso sea absurda pero que aun así es necesaria porque a menos que una comunidad se crea muy especial no tardará en disolverse. Pero mucho ha cambiado a partir de aquellos días felices. En la actualidad, la meta consensuada por peronistas y radicales, progresistas y reaccionarios, colectivistas y liberales, es que la Argentina se transforme cuanto antes en lo que todos llaman un "país normal". Habrá algunos disidentes que, luego de echar una mirada a Europa occidental y América del Norte, dirán que podríamos aspirar a algo un tanto mejor, pero sus voces están apagadas. Después de años de felicitarse por las anomalías, la élite política ha llegado a la conclusión de que asemejarse más al resto del mundo o, por lo menos, a sus zonas más opulentas, sería un triunfo de dimensiones épicas.

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