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Buenas manos

¿Cómo se desarrolló el procedimiento tras el trágico accidente en el que volcó un micro de Albus y murieron tres personas?



LA SEMANA EN SAN MARTÍN

Estamos cuidados. Esa sensación, reconfortante, surgió sin embargo de la tragedia. Dura como pocas en este pedacito del mundo que es San Martín de los Andes. Pero es bueno que en medio del dolor también haya tiempo para el elogio.

Tres personas encontraron la muerte entre los hierros de un ómnibus de la empresa Albus, como consecuencia de un autovuelco aún inexplicado.

Dos mujeres y un pequeñín de 11 años fueron los fallecidos. Hubo 25 heridos. Diez quedaron internados varios días, al menos cinco sufrieron lesiones de gravedad, y dos de las víctimas debieron ser derivadas a la ciudad de Neuquén.

Ese asunto, el de la derivación, merecerá alguna vez definiciones. Hasta bien entrada la noche del viernes 12 se multiplicaron gestiones por un vuelo sanitario a la capital provincial, que finalmente no se concretó debido a la imposibilidad de operaciones nocturnas del aeropuerto local. El paciente debió hacer los 420 kilómetros en ambulancia.

Acaso sea ese el costado flaco del procedimiento que involucró a decenas de personas entre rescatistas de parques, bomberos, policías, gendarmes, personal del hospital y de la defensa civil municipal, entre otros. Hace unos cuantos años, desde esta misma columna, se planteó una hipótesis en clave de pregunta: qué ocurriría de haber un accidente que involucrase gran cantidad de víctimas en esta “aldea del montaña”.

Se reflexionaba sobre si la capacidad de respuesta de las instituciones de salud, seguridad y rescate locales, sería suficiente para atender un episodio de semejante envergadura en una ciudad turística de escala relativamente pequeña.

Curiosamente, se ponía el ejemplo de un choque entre dos ómnibus de pasajeros, con un potencial de 90 personas entre ambos. No ocurrió así, pero casi. El colectivo que había partido de la terminal de San Martín con destino a Villa la Angostura llevaba 46 pasajeros. El accidente, sin ser con mucho el que mayor número de víctimas fatales produjo en los anales de la ciudad, fue quizá el que más ha exigido por la cantidad de personas que debieron ser atendidas en la emergencia.

Conforme lo practicado en simulacros periódicos con las entidades que integran defensa civil, funcionó todo a la perfección. Sólo que esta vez fue la vida real, y es entonces cuando adquieren sentido los ensayos, las evaluaciones y las correcciones posteriores.

La que sigue es una descripción somera, que carece del rigor técnico de un experto en abordaje de catástrofes. Se pretende justamente así porque la mirada proviene de un simple observador, que al llegar al lugar como periodista esperaba hallar un infierno. Lo era, pero organizado hasta el detalle.

Se dispuso un corredor de seguridad para el paso de las ambulancias, tanto en la ciudad como a lo largo de los 43 kilómetros entre San Martín y la traicionera “curva” en pendiente del lago Falkner, sobre Ruta 40.

Se movilizaron rescatistas, profesionales y paramédicos para atender a los heridos, practicar las acciones que resultasen más apremiantes según la condición, inmovilizarlos en camillas rígidas y clasificarlos por orden de prioridad para su evacuación.

Se acondicionó el hospital para recibir tal cantidad de víctimas en breve lapso, y se puso a todo el personal a disposición, incluso a aquellos que tenían día libre. Se organizó el traslado de los ilesos en un segundo ómnibus, provisto por la propia empresa. Pero, sobre todo, jamás se abandonó la sensibilidad sin por ello desdeñar el trato profesional. Rescatistas, bomberos, enfermeros, médicos, hablaban a las víctimas que esperaban su traslado sobre las camillas. Las tapaban con mantas, les hacían sentir el contacto de una mano, les daban ánimo con susurros al oído.

En el hospital decenas de personas aguardaban desesperadas por conocer el estado de sus familiares y amigos; pero los directivos y profesionales coordinaron una ronda de partes médicos regulares para informarles.

Todo accidente de semejante porte, al menos en sus primeras horas, lleva asociado una cuota de confusión, de conmoción, de personas que no aparecen o están en camillas sin identificar. Las autoridades pusieron el cuerpo a ese momento con sentido humanitario, y hasta previeron la atención de los familiares que amagaban con el desmayo.

Queda mucho por decir. Habrá que esperar el resultado de las investigaciones que permitan comprender los entresijos de este incidente, así como determinar responsabilidades criminales y civiles, si caben. Pero una cosa es segura: en la emergencia hubo buenas manos.

Fernando Bravo

rionegro@smandes.com.ar


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