Buscan señales en la tumba de Silvestre II





Dice la leyenda que la tumba de mármol donde reposan los restos mortales de Silvestre II, un papa que nació en el año 950 reputado por sus lazos con el diablo y acusado en su época de esoterismo, rezuma humedad cuando barrunta la muerte de la máxima autoridad de la Iglesia Católica.

En estos momentos en que el mundo entero está pendiente de la salud de Juan Pablo II, son bastantes los curiosos que se acercan a la basílica de San Juan de Letrán para ver alguna señal sobre el futuro del santo padre. La curiosidad ha llevado a Nuria e Ignacio, dos jóvenes españoles de Asturias, hasta la tumba de Silvestre II, en realidad un mármol esculpido en relieve en una columna de la monumental basílica construida en tiempos de Constantino, que la donó al Papa convirtiéndola en el poder temporal papal.

«No creo ni dejo de creer», dice Ignacio, aunque considera que «es bastante difícil que ese pedazo de mármol esculpido sude». El encargado de la tienda de 'souvenirs' de la monumental basílica, que prefiere omitir su nombre, un católico practicante, no opina. El nunca ha visto la tumba «sudar» pero no por eso deja de creer que pueda ocurrir. No obstante, asegura, su fe, ganada a los 35 años por una experiencia personal que lo marcó, no depende de ello. Los buscadores de fenómenos aseguran que en ninguno de los momentos en que Karol Wojtyla se ha encontrado en peligro de muerte, en particular cuando el turco Ali Agca descargó su revólver en su estómago en 1981, la escultura de Gerbert d'Aurillac -el verdadero nombre del primer papa francés de la historia de la Iglesia Católica-, se ha inmutado.

«En 50 años en esta basílica no he visto nada», asegura monseñor Giovanni Battista Proja, el arcipreste de la basílica. «Es simplemente una piedra de mármol. No tiene nada de verdad científica ni popular», subraya a la AFP.

Monseñor Proja asegura, no obstante, que muchos especialistas en la Edad Media y del Papa, así como turistas se acercan para estudiar esta tumba. Según Guillaume Godell, autor de una Crónica fechada entre 1135 y 1175, la humedad que rezuma de la tumba de Silvestre es tan abundante cuando la muerte de un papa es inminente que se llega a producir incluso una especie de barro en el suelo. En cambio, si se trata de la muerte de un cardenal o de otra persona de alto rango en la jerarquía de la Iglesia católica en la Santa Sede, la humedad se limita a la tumba. Para el arcipestre de San Juan de Letrán, especialista en exorcismo, el problema es que Silvestre II fue un papa muy erudito y la «población de aquella época no conseguía entenderlo, por lo que pensaba que su cultura era una forma de magia y que Silvestre era un mago benéfico». (AFP)

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