Calais, Serbia



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A la intemperie o en almacenes decrépitos, cientos de migrantes tosen, sufren sabañones, sarna y están cubiertos de piojos a causa de las terribles condiciones en las que viven en medio del frío glacial del invierno de Belgrado.

Desde el cierre de las fronteras de la Unión Europea (UE) en marzo de 2016, Serbia está bajo presión.

Pero a la presencia de centenares de jóvenes migrantes en almacenes insalubres, Ivan Miskovic, del comisionado serbio para los refugiados, afirma: “no creemos que pueda surgir un nuevo Calais (en referencia al campamento improvisado de migrantes desmantelado recientemente en el norte de Francia) cerca de la estación de Belgrado”. “No permitiríamos algo así”, advierte.

La semana pasada, por primera vez en la capital, la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) instaló cinco carpas en un terreno baldío lindante con la estación, cerca de los edificios sin agua corriente ni electricidad.

El objetivo es proteger a los más débiles, explica Stéphane Moissaing, representante en Serbia de la oenegé.

Sobre todo los niños, como el afgano Aziz Rahman, de 8 años, que espera a que su padre purgue diez días de detención por haber cruzado la frontera de forma ilegal, cuenta su tío de 17 años.

La iniciativa de MSF “no nos ayuda a convencer a esta gente de que acuda a centros de refugiados”, lamenta Miskovic. Con la apertura de nuevos centros, “el gobierno serbio demostró que toma en cuenta la urgencia del invierno”, afirma Moissaing, pero esto “no basta para albergar a todo el mundo”.

La mayoría de los 7.300 registrados en Serbia por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) duerme en una de las 17 estructuras oficiales. Pero hay más de mil afuera, con frecuencia menores de edad. Por la noche las temperaturas bajan hasta 15 º bajo cero.

Los casos de sabañones “aumentarán en los próximos días”, advierte Momcilo Djurdjevic de MSF, que enumera otros problemas: piojos corporales, afecciones respiratorias, sarna. En el almacén más grande, se les oye toser repetidamente, bajo las mantas grises.

Algunos reconocen que no quieren ir a un campamento oficial por miedo a ser expulsados, a alejarse de la frontera de la UE, cortar con los traficantes que merodean alrededor de la estación o acabar en campamentos cerrados, como el de Presevo, donde se restringe la libertad de movimiento.

Otros se rinden. Cuando las autoridades serbias abrieron la última semana un nuevo campamento en un antiguo cuartel en Obrenovac, a una treintena de kilómetros de Belgrado, fue ocupado inmediatamente por 225 hombres, en su mayoría menores de edad.

A veces hay que fijarse mucho para ver que son jóvenes. Tienen los párpados hinchados y los rostros enrojecidos, marcados por el dolor. Otros están agotados por las caminatas, necesitan “comida, agua, médicos, zapatos…”.

Aquí, “todo es un problema enorme”, “dormir”, “el agua”, “darse una ducha”, enumera un adolescente que dice llamarse Liaqat Khan y proceder de Bajaur, en las zonas tribales paquistano-afganas.

Cuenta haberse cruzado con varios centros “llenos”. Explica haber intentado veinte veces cruzar las fronteras hacia la UE y afirma que la policía húngara y croata lo expulsaron brutalmente a Serbia y le confiscaron el teléfono móvil.

Khan acabó volviendo al almacén de Belgrado. “Aquí todo el mundo padece problemas respiratorios”, afirma el joven.

Aparte del frío soportan la concentración de humo de las fogatas encendidas para calentarse. Los extractores instalados por las ONG no los disipan y acaban provocando efectos tóxicos.

*DPA

Algunos reconocen que no quieren ir a un campamento oficial por miedo a ser expulsados, a alejarse de la frontera de la UE, o acabar en campamentos cerrados.

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Algunos reconocen que no quieren ir a un campamento oficial por miedo a ser expulsados, a alejarse de la frontera de la UE, o acabar en campamentos cerrados.

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