Cámara lenta
Se eleva. En su punto máximo parece detenerse y cae, mansamente. Fijamos la mirada en la espuma. En las gotas que se desprenden como lluvia. Y, por último, en el rulo previo al estruendo de la rompiente. Un lobito marino observa desde la orilla. Adoro el mar cuando veo las olas moverse en cámara lenta, me dice ella sin quitar sus ojos del océano. El sol se oculta y los enormes acantilados de La Lobería cubren de sombras la playa. Es momento de partir. El reloj indica que pasamos dos horas entre risas y contemplación. Pero dudo: frente al mar y con cálida compañía nos sentimos capaces de detener el tiempo y administrarlo a nuestro antojo.
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