Cambalache electoral

Por Redacción

Los perfiles de los aspirantes a suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner son tan difusos que, a pocos días de las elecciones, muchos aún no han decidido a quién les convendría votar. De una manera u otra, todos han adaptado su discurso para que refleje lo que, según sus respectivos asesores, son los presuntos deseos de la mayoría. Si bien el oficialista Daniel Scioli sigue siendo el favorito a pesar de su incapacidad aparente para superar la barrera del 40% en la intención de voto, una proporción sustancial de los simpatizantes del gobernador bonaerense quiere más cambio que continuidad y por lo tanto teme que, en el caso de que gane, tenga que esforzarse por prolongar la vida del “modelo” económico actual, mientras que los atraídos por tal alternativa sospechan que en el fondo es tan liberal como Mauricio Macri. En cuanto a éste y Sergio Massa, el otro candidato declaradamente opositor que, en teoría por lo menos, podría alcanzar el poder, ambos están procurando hacer pensar que apoyar al rival, o a la candidata muy minoritaria Margarita Stolbizer, equivaldría a sufragar a favor de Scioli. No extraña, pues, que muchos se hayan sentido desorientados al oír hablar de voto “útil” o “estratégico”. Se trata de una forma de advertir al electorado de que virtualmente cualquiera podría terminar ayudando al candidato que menos quiere. Aunque a juzgar por las encuestas de opinión más recientes sectores muy amplios rezan para que el statu quo se perpetúe por algunos años más, los duros datos concretos dicen que el próximo gobierno se verá obligado a cambiar muchas cosas porque está agotándose el dinero. Si bien Scioli, como siempre ha sido su costumbre, ha mantenido una postura ambigua en tal sentido al resistirse a romper abiertamente con la política reivindicada por Cristina pero así y todo dar a entender, cuando se encuentra con empresarios o inversores extranjeros en potencia, que sabe muy bien que está por llegar a su fin una etapa socioeconómica determinada y empezar otra muy distinta, Macri y Massa no han sido mucho más explícitos. Por el contrario, lo mismo que Scioli, los dos han hecho gala de un grado de optimismo que en otras circunstancias sería considerado irracional por miedo a correr el riesgo de perder los votos de los muchos que tienen razones de sobra para temer ser víctimas de un ajuste. En la campaña electoral que, con balotaje o sin él, está por culminar, el realismo ha sido lo de menos puesto que, a su modo particular, todos los candidatos significantes dependen de un “relato” propio que esperan que resulte más atractivo que los elaborados por sus contrincantes. Puede que, como ha sucedido en otros países, buena parte del electorado hubiera respaldado a un candidato dispuesto a hablarle con franqueza acerca de las dificultades que el sucesor de Cristina tendrá forzosamente que enfrentar, pero no lo sabremos nunca porque ninguno se ha animado a hacerlo. A esta altura, no serviría para nada tratar de analizar las convicciones ideológicas de Scioli, Macri y Massa. No las tienen: los tres son centristas habituados a dejarse influir por las tendencias en boga. Aunque parecería que el porteño se ha visto perjudicado por la noción de que es un hombre de la derecha liberal, no hay motivos para suponer que sus ideas económicas y sociales difieran de las de sus rivales. He aquí una razón por la que la campaña electoral ha resultado ser tan aburrida. Como sucedió en aquel debate televisivo en que participaron todos los sobrevivientes de las PASO, para anotarse ventajas los candidatos no han hecho mucho más que aludir a episodios presuntamente negativos en la trayectoria de sus adversarios coyunturales o a presuntos casos de corrupción –o peor, protagonizados por sus colaboradores–, además de criticar su forma de intentar congraciarse con los votantes. En cierto modo, el que las ofertas de los principales candidatos se asemejen tanto podría considerarse muy positivo, pero por ser tan graves los problemas que le esperan, el eventual ganador no tendrá más opción que abandonar el facilismo electoralista para asumir actitudes mucho más antipáticas, lo que entrañaría el peligro de que muchos reaccionen como hicieron tantos brasileños frente al engaño electoralista practicado por la reelegida presidenta Dilma Rousseff.


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