Camino de sirga

Por Rolando Bonacchi



El pensamiento político mayoritario en la Argentina, tal como lo expresan las dos grandes alianzas electorales, que han sumado casi todas las expresiones partidarias, exhibe un proceso de empobrecimiento. Como el camino de sirga que sigue la ribera del río, en su recorrido, sin separarse, la política se subordina al pasado militar y a la economía. Esta situación de precariedad se expresa en que las ideas carecen de fuerza atractiva, y que no cuentan para modificar la realidad. Los argentinos desconfían de los mensajes o se blindan de escepticismo, no prestan atención a las promesas electorales, en la creencia de que sólo son instrumentos de persuasión transitoria, una retórica identificada con el resultado, sin conexión con la vida colectiva. Esta situación ha creado el sentimiento de que la política es como un trabajo o un oficio que se cumple para obtener ingresos, o puestos que lo brinden. Esta sensación de vaciedad despoja a la democracia de su principal sostén cultural: la admisión de que los objetivos sociales son una creación permanente.

La Argentina se encuentra con problemas propios de una sociedad emergente, no sólo limitada por su pasado dilapidador y el irresponsable manejo de la economía, con la carga de que con la imprenta de la Casa de la Moneda era posible resolver los retos del crecimiento. Sino también con una democracia en transición, donde la usina antimilitarista ya no persuade. La transformación del estatismo a la privatización, de la regulación imperativa al mercado, ha tenido consecuencias favorables, pero nos ha sumido en la misma perplejidad que Europa, y en efectos semejantes, pero con mayor incidencia de exclusión social… Frente a este escenario aparece un hecho nuevo: los partidos se han vaciado de sus consignas fundadoras. Atrás ha quedado, enterrados en la globalización el programa de Avellaneda, y la Constitución del 1949. El populismo de base sindical ha agonizado. Y el estatismo socialdemócrata de los radicales progresistas es hoy una fantasía. A diferencia de Europa, donde la socialdemocracia gobierna como los conservadores, con los mismos instrumentos y programas, nuestra economía es más débil para amparar el desempleo y crear políticas de contención. Italia es más que el Brasil y la Argentina sumados, y el 'Estado de bienestar' en crisis en una sociedad rica, no es comparable con los dilemas de la precariedad. Pero, ¿qué camino adoptar que no signifique el resignado acompañamiento de un sendero costero? Sin duda es necesario crear una nueva esperanza en la política como instrumento de transformación. Si no colman las expectativas los partidos se erosionan, y se desvanecen. Existen indicios en el panorama electoral. El Justicialismo se ha convertido en un partido de gobierno neoliberal al estilo moderno, y Duhalde no puede remontar con símbolos añejos las banderas arriadas. De la Rúa no guarda conexión alguna con el pensamiento romántico de Franja Morada, ni los economistas que nutren su programa tienen vinculación con el credo de la mayoría del Frepaso. El idilio del triunfo electoral no asegura un gobierno de mayoría con consistencia de objetivos. Por el contrario lo previsible es que el rumbo decepcione y los escépticos aumenten. Una democracia exige algo mas que una restauración moral, que sin dudas será una bandera que la Alianza levantará con apoyos. La democracia requiere una sinceridad en las propuestas que fije con realismo finalidades posibles. El pueblo debe ser informado antes acerca de que el ajuste no sólo seguirá sino que será duro. Que el desempleo no cesará por la elección presidencial, que la política exterior no se alterará, en fin que lo substancial de nuestra circunstancias no tendrá modificaciones. Pero también de que es razonable mejorar el sistema institucional, la seguridad -que ha desaparecido en todos los ámbitos-, los servicios y la calidad que se requiere, la educación básica y universitaria, estancadas en disputas sin horizontes, y la investigación científica, temas precisamente ausentes en esta campaña electoral, signada por un economicismo cerrado.

La contracara del vacío de ideas es Chávez, ese venezolano golpista que quiere terminar con la historia. Cegando el pasado con concepciones que deslumbran a los crédulos con el viejo caldo del autoritarismo. La Argentina tiene que renovar sus ideas. Los cimientos están en la Constitución pero faltas muros y espacios por llenar. No será con nostalgia, consignas y emociones que se levante esta construcción. Se requiere un pensamiento que no sea meramente del pasado, ni del presente, sino que se adentre en el futuro.


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