Carreras armamentistas
El mundo asiste, desprevenido, a un renacer de distintas y muy complejas carreras armamentistas. Todas ellas graves de altísima peligrosidad. Veamos, al menos sucintamente, de qué se trata. A menos en las dos principales de esas siniestras carreras.
La primera de ellas tiene como contendores abiertos a Estados Unidos, Rusia y China. Todos ellos están en búsqueda de armas nucleares devastadoras, aunque de menor poder individual destructivo. Más puntuales que nunca respecto de la destrucción de un blanco en particular. Cuyos desarrollos están en pleno, como consecuencia de que una intransigente Rusia hizo fracasar las propuestas norteamericanas del 2010 referidas a la adopción de un nuevo mecanismo para el control multilateral de las armas nucleares.
Estados Unidos gastará en esta nueva carrera nuclear una fortuna: un trillón de dólares en los próximos treinta años. Hablamos de poder, o no, contar con cabezas nucleares más pequeñas (miniaturizadas) que puedan ser transportadas (solas o en conjuntos) por vehículos hipersónicos capaces de burlar las defensas antimisiles hasta ahora conocidas. O por misiles que transporten simultáneamente varias armas nucleares, disparadas al mismo tiempo.
Se trata de armas nucleares más precisas, efectivas y con poder de destrucción limitado al blanco específico que en cada caso resulte elegido. Si ellas cayeran en manos del terrorismo o de irresponsables, el peligro de explosiones nucleares puntuales (presuntamente “mejor controladas”) se incrementaría significativamente.
La segunda tiene que ver con el uso de robots militares, esto es armas que, en su accionar, no dependen de las órdenes que puedan impartirles los seres humanos, desde que cuentan, en cambio, con sus propias “inteligencias artificiales”, con las que hacen sus propias evaluaciones y entran eventualmente en acción, sembrando muerte y destrucción. Totalmente de espaldas al hombre. Automáticamente.
Noventa y cuatro países analizan la forma de prohibir este particular tipo de armas. Poder sembrar la muerte sin que, para ello, haya una decisión humana es una horrible pesadilla, hasta ahora inédita.
El mundo ya tiene robots militares en funcionamiento: para, por ejemplo, eliminar explosivos o interceptar automáticamente misiles ofensivos. Y drones o tanques que podrían activarse sin tener necesariamente que recibir para ello órdenes puntuales en cada instancia o incidente. O misiles que toman sus decisiones finales automáticamente, sin que el ser humano pueda revertirlas, una vez que están tomadas.
El uso y producción de este segundo y terrorífico tipo de armas o sistemas de armas es cada vez mayor. El gasto global en robots militares será, en apenas un quinquenio, del orden de los 7,5 billones de dólares anuales, mientras que el que se dedicará a producir robots con fines pacíficos sería seis veces mayor. No sólo las tres grandes potencias militares trabajan en esto, también lo hacen Gran Bretaña, Noruega e Israel. Y quizás algún otro país, en secreto. Hablamos de armas increíblemente letales, que no requieren que un ser humano las active. Peligrosísimo. Y, además, repleto de complejidades éticas.
* Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas