Canciones, con la libertad como eje
En apenas tres minutos, lo que suele durar una canción, también reside el mérito de un poema hecho melodía. Algunos cantautores no han necesitado acudir a metáforas grandilocuentes ni extensas para conmover e imponer agudos pensamientos.
El tema de la libertad se cuenta entre los preferidos. Con trece años de diferencia se conocieron dos temas: “El oso” (1970) y “Carta de un león a otro” (1983). Moris y Chico Novarro, sus autores respectivamente.
En el primer caso, es ese plantígrado quien refiere sus desventuras pero el que, después de sufrir un prolongado y severo cautiverio en un circo, obtuvo la tan ansiada libertad. Todo transcurrió en un lugar poco vigilado donde, para su suerte, alguien olvidó cerrar el candado. “Era una noche sin luna y yo dejé la ciudad…”, aclara. Su remate final, una eufórica confesión: ”Ahora piso el suelo de mi bosque. Otra vez, el verde de la libertad. Vuelvo al bosque. ¡Estoy contento de verdad!”
En “Carta de un león a otro”, se plantea el diálogo epistolar entre un león, en un zoológico, y otro, también en un circo, de vasta recorrida por el orbe. Aquí, el sometido “estable” le dice al trotamundos que ambos, de alguna manera, habían caído en la misma selva. Que respiraban el mismo aire viciado de humo y muerte. Por eso, un interrogante clave resuena: “¿Quién puede anticipar su suerte?”. En el final, toda una certeza: “No hay un zoológico de gente. ¡Cuídate hermano: yo no sé cuándo pero, ese día, viene llegando!…”
Finalmente, qué decir del folclorista Chango Rodríguez que, mientras cumplía una condena por asesinato, compuso la zamba “Luna cautiva” (1967). Pagó su culpa y dejó, para la posteridad, una obra que permanece vigente. Después de varios años, su romance con la fiel compañera nocturna continuó. Pero fuera del penal, claro.
Ni las cadenas ni los rigores laborales son tan poderosos y duraderos como para adueñarse de las mentes. No hay barrote ni penitenciario cruel que pueda sojuzgarlas.
Alejandro De Muro, DNI 5.081.245.
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