Cesarismos de izquierda



La expresión “cesarismo” se ha incorporado a la literatura política como un concepto útil para describir aquellos gobiernos caracterizados por la presencia de un líder carismático al que se le atribuyen condiciones especiales para conjurar peligros internos o externos. El término proviene del gobierno autoritario y despótico que ejerció Julio César en la Antigua Roma. No obstante, según Antonio Gramsci, frente a un cesarismo regresivo puede existir también un cesarismo progresista y el significado exacto de cada forma de cesarismo debe ser reconstruido analizando la historia concreta de cada país.

León Trotsky, por ejemplo, en “La revolución traicionada”, consideraba al estalinismo como una forma de cesarismo que se daba en el Estado obrero, desgarrado por el antagonismo entre la burocracia soviética organizada y armada y las masas trabajadoras desarmadas. Cuando el cesarismo se daba en el Estado burgués prefería utilizar la expresión “bonapartismo”. La izquierda argentina utilizó este último calificativo para caracterizar al peronismo.

Históricamente, los movimientos revolucionarios de izquierda favorecieron el surgimiento de liderazgos fuertes que terminaron consolidando dictaduras personalistas que tendieron a hacerse vitalicias y que bien podemos caracterizar como cesarismos de izquierda. La lista es larga: Lenin, Stalin, Mao, Tito, Ceausescu, etcétera. Y en América Latina el más eximio representante de esta saga es sin duda Fidel Castro, al que ahora intentan emular Hugo Chávez y algunos otros ilustres mandatarios afines a la “revolución bolivariana”.

En general, la izquierda latinoamericana ha abandonado la idea de la toma violenta del poder y se encauza por una vía democrática, pero existe todavía una corriente extremadamente condescendiente con el cesarismo de izquierda. Lo evidencia la simpatía que aún despierta entre sus integrantes una dictadura tan ineficiente, ramplona y despótica como la que se perpetúa en Cuba. Al punto que la posición que se adopta frente a la dictadura castrista es la prueba del algodón que divide las aguas entre la izquierda democrática y la izquierda dogmática (llamada izquierda borbónica por Teodoro Petkoff porque, al igual que los borbones, “ni olvida ni aprende”).

La explicación de esta dificultad de la izquierda más radical para apreciar el fenómeno del autoritarismo reside en que pone todo el acento en el tema de la igualdad social que, como bien señala Norberto Bobbio (“Derecha e izquierda”), es la esencia de la distinción entre la derecha y la izquierda. Pero junto con la díada derecha-izquierda Bobbio contempla una estructura binaria diferente: la de libertad-autoridad, que pertenece a un universo político donde lo que está en juego no es el concepto de igualdad sino el de libertad.

Por consiguiente, el mayor o menor valor que se atribuya al ideal de la libertad, que está en la base de los gobiernos democráticos que protegen ciertos derechos personales y civiles, permite una segunda distinción, que se da tanto en el ámbito de la derecha como en el de la izquierda, entre una posición democrática y otra autoritaria. De allí que Bobbio pueda distribuir el espacio político entre cuatro corrientes principales: en la extrema izquierda, los movimientos que son a la vez igualitarios y autoritarios; en la centroizquierda las doctrinas igualitarias y libertarias; en la centroderecha los movimientos que son libertarios pero no igualitarios y, finalmente, en la extrema derecha las doctrinas y movimientos antiliberales y antiigualitarios como el fascismo y el nazismo.

El cesarismo de izquierda, situado en el espacio de la izquierda autoritaria, arrastra un problema irresoluble. Como señala Karl Popper, una de las dificultades que debe enfrentar un dictador benévolo es la de establecer hasta qué punto los efectos de sus medidas concuerdan con sus buenas intenciones. El autoritarismo fomenta el silencio de toda crítica, de modo que el dictador benévolo no tendrá a su alcance medio alguno para conocer el resultado de sus medidas. Se verá en la obligación de suprimir las críticas irrazonables pero, junto con éstas, se irán suprimiendo también, invariablemente, las críticas razonables.

Otro problema que afecta al cesarismo de izquierda, inspirado a veces por elevados ideales utópicos, es que necesita mucho tiempo para cumplir con los objetivos de ingeniería social que se propone. Esto obliga a tratar de encontrar un sucesor igualmente benévolo o a mantener indefinidamente en el poder al actual. Una empresa utópica de enorme magnitud requiere un tiempo superior a la vida de un ingeniero social o de un grupo de ingenieros. Esto explica que los partidarios de la revolución bolivariana propicien reformas constitucionales dirigidas a obtener presidencias vitalicias mediante reelecciones sucesivas, objetivo que ya ha alcanzado Venezuela.

Las reflexiones de Popper permiten apreciar el riesgo que conllevan los ideales demasiado remotos. Los ideales son necesarios porque son el combustible de la crítica a las injusticias del presente. Pero debemos cuidarnos de la embriaguez que ocasionan los llamados a construir un mundo ideal de amor y belleza. Si los ideales se hallan muy lejanos, corremos el riesgo de no poder establecer si nos acercamos o nos alejamos de ellos. El infierno está empedrado de buenas intenciones y en muchas ocasiones el infierno que el hombre ha sabido construir para sus semejantes ha estado inspirado en los nobles deseos de traer el cielo a la tierra.

ALEARDO F. LARíA (*) Especial para “Río Negro”

(*) Abogado y periodista

ALEARDO F. LARíA


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