Chile potencia frutícola: ¿por qué ese país pudo y el Alto Valle no?

Está claro que independientemente de las críticas constructivas que se puedan hacer del modelo frutícola trasandino, éste no deja de ser ejemplo de éxito en todo el mundo.



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javier lojo / jlojo@rionegro.com.ar

No hay que ir muy atrás en la historia. Sólo remontarnos a mediados de la década del ‘70.

En ese entonces, Chile exportaba 35.000 toneladas de frutas, dispersas en distintas especies. El cierre estadístico de la temporada pasada refleja que el comercio externo, para este tipo de productos, alcanzó las 2,7 millones de toneladas. Un salto algo más que importante en poco menos de medio siglo.

La manzana es, junto con la uva de mesa y el kiwi, uno de los tantos casos de éxito que puede mostrar la industria frutícola chilena al mundo. En 1975 el vecino país exportaba unas 15.000 toneladas de esta especie. Para el cierre de la temporada 2010 ese volumen alcanzó las 837.000 toneladas. Si bien las comparaciones son odiosas, en ese mismo período el Valle productivo de Río Negro y Neuquén pasó de exportar 249.000 a 154.000 toneladas de manzanas.

¿Cómo llegamos a esta situación? O mejor dicho ¿cómo pudo Chile hacer lo que hizo y nosotros estar donde estamos?

Sencillo: a un país le falto programación estratégica y al otro no.

Intentaremos resumir todo este importante proceso que vivió la fruticultura chilena en tres conceptos que, a mi entender, son clave para comprender el éxito del sistema frutícola transandino.

- Desde fines de la década del ‘40 las autoridades políticas chilenas comienzan a realizar estudios de factibilidad para el desarrollo de una importante superficie destinada a la producción frutícola. El presidente Eduardo Frei Montalva, formado en las filas del Partido Conservador y uno de los fundadores de la Falange Nacional, da inicio al proceso productivo que estaba frenado, por diversas circunstancias, desde mediados de los ‘50. Con el fin de su mandato, en diciembre de 1970, llega el gobierno de Salvador Allende al poder, apoyado por la Unidad Popular, un conglomerado de partidos de izquierda. Su ministro de Agricultura, profundizó la reforma agraria iniciada por Eduardo Frei Montalva y mantuvo la ayuda para sostener el proyecto frutícola iniciado por su antecesor. La abrupta salida de Allende del poder, en septiembre de 1973, tras el golpe de estado dado por la derecha chilena cuya cara visible fue el general Augusto Pinochet, no fue escollo para sostener activo el programa frutícola sobre el que ya se venía trabajando. Es más, el gobierno militar destinó importantes sumas de dinero para el proyecto, al que incorporó técnicos y empresas de los Estados Unidos como socios estratégicos para poder dar con el “know how” de la actividad, tanto desde el punta de vista productivo como comercial. Es hacia fines de los ‘70 donde se consolida el proyecto frutícola trasandino con el inicio de exportaciones a escala.

¿Que nos muestra esta cronología de acontecimientos? A simple vista podemos decir que Chile pasó en este período de un gobierno “falangista-cristiano” a otro de izquierda para terminar en uno cruzado por la derecha liberal y, sin embargo, en nada esto afectó al proyecto de desarrollo frutícola. Nunca se detuvo, independientemente de los colores políticos que gobernaron el país en esos 15 años, el proceso estratégico impulsado para la actividad. Es difícil pensar que eso pudiese ocurrir en la Argentina. En nuestro país, la política nunca tuvo la madurez como para entender lo que significa la defensa de los intereses de la Nación. El que asume el gobierno destruye todo lo realizado por su antecesor, como queriendo mostrar que la historia nace con su llegada al poder. Hoy en día, lamentablemente, esto sigue siendo así.

- El segundo tema que es importante de resaltar es el armado de una primera estrategia que compromete a los tres principales actores de la actividad. Estos son Estado, empresas y productores. A principios de los ‘80 se redirecciona la estrategia productiva y comercial de la actividad hacia una triple concentración. Una de especies, donde predomina la uva de mesa y la manzana como oferta exportable predominante; otra de mercados, con destino Estados Unidos y, en menor medida, Europa; y la tercera de empresas exportadoras, con el 50% del comercio externo frutícola en manos de menos de una decena de empresas.

Este esquema permitió:

1) el reposicionamiento de la fruta chilena en el exterior con dos especies “insignias” de alta calidad, que terminó abriendo las puertas al resto de las frutas trasandinas;

2) acuerdos comerciales con estos dos importantes mercados de alto consumo de frutas, que mejoraron la posición de competitividad respecto de otros oferentes;

3) la posibilidad de obtener mejores precios en destino al estar concentrada la oferta en sólo una decena de empresas.

La mecánica de todo este complejo esquema fue acordado por los actores mencionados al inicio de este párrafo y la clave del éxito estuvo en que las tres partes lo defendieron en toda circunstancia, por encima de los intereses particulares de cada uno ellos.

En definitiva, se respetaron los acuerdos. Intentemos reflexionar que es lo que habría pasado en el Valle con la aplicación de esta estrategia. Obtendríamos miles de respuestas -dependiendo de a quien se lo consulte- que terminarán todas por argumentar el fracaso en el que continuamos sumergidos como actividad.

- La flexibilidad fue otra de las características que marco el éxito del sistema frutícola chileno. Hacia principios de la década de los ‘90 la fruticultura del vecino país comienza a visualizar problemas para seguir con su crecimiento. Esta situación se debió a tres factores: el rápido aumento del valor del peso con relación al dólar durante este período; el ingreso de nuevos competidores en los mercados globales de fruta; y un creciente proteccionismo en los mercados de las economías avanzadas. Todo eso condujo a una disminución significativa en el valor real de las ganancias por exportación de fruta, las cuales en 1994 alcanzaron su punto más bajo en ocho años.

Este nuevo escenario dio origen a una significativa reestructuración tanto de la parte productiva como la comercial. La crisis golpeó de lleno en muchos de los productores que no pudieron reconvertirse para hacer frente a esta nueva realidad que demandaba el mercado. Para el sector primario llegó la necesidad de lograr una mayor productividad por hectárea, la diversificación de variedades y especies, y las nuevas escalas productivas para lograr bajar sus costos fijos. El sector comercial comenzó a trabajar el la apertura de nuevos mercado, con la ayuda de la Cancillería del país. El gobierno colaboró (y lo sigue haciendo) en la promoción de las exportaciones de frutas a través de campañas para incentivar el consumo en el exterior.

Este nuevo trabajo coordinado en conjunto por las tras partes del sistema (productor, empresa y Estado) permitió reorientar la oferta exportable chilena de fruta volviendo a crecer con fuerza en valores y volúmenes exportados a partir de 1997. Producto de esta nueva estrategia, a la fecha Chile logro la firma de 35 Tratados de Libre Comercio (TLC) con distintos países del mundo y algo más de 60 acuerdos de reducciones arancelarias con diversas naciones a las que les exporta sus frutas. Sobre este punto, innumerables son las diferencias que separan a Chile en materia de comercio exterior de lo que es hoy la Argentina. Poco se puede seguir aportando

Algunas reflexiones

Esta claro que independientemente de las críticas constructivas que se puedan hacer del modelo frutícola trasandino, éste no deja de ser ejemplo de éxito en todo el mundo.

Sin lugar a dudas la clave de todo este proceso estuvo fundado en la organización de un modelo dinámico estructurado sobre la base del productor, del exportador y del Estado.

La flexibilidad con la que trabaja el sistema trasandino es importante de volver a destacar en todo este proceso. En la década pasada, la fruticultura chilena se recompuso de la crisis de los ‘90 volviendo a crecer en forma importante. Tomemos otra vez a las manzanas para referenciar este acontecimiento. El volumen de las exportaciones mundiales de esta especie aumento 50% en el período 2001-2010 pasando de los 5,2 millones de toneladas a 7,9 millones en el lapso mencionado tal como lo señalan las cifras del Centro de Comercio internacional (CCI). En tanto, el valor de las exportaciones mundiales de manzanas creció 140% en esa década, al pasar de los 2.446 millones de dólares en 2001 a los 5.882 millones en 2010. Chile en este mismo período creció 92% en volumen y 170% en valores.

Esto nos muestra en definitiva que el sistema frutícola del vecino país aprovecho eficientemente la expansión del comercio internacional de manzanas ganando mercado y dólares para su economía. La estadística oficial que refleja la evolución de la manzana del Valle en ese período dista mucho de la realidad que se menciona para el vecino país.

Pero no todo es color de rosa en el camino que inició hace años Chile para ser hoy uno de los líderes del comercio frutícola internacional.

A pesar del éxito del sector exportador en una escala macroeconómica, se mantiene una gama de tensiones entre productores y empresarios. Tales conflictos, han evolucionado en gran parte debido a la incapacidad del Estado chileno para reglamentar con mayor rigurosidad el impacto de las fuerzas económicas globales en el sistema.

La rápida adaptación a los cambios estratégicos genera “grises” en el sistema que deben ser eliminados por el Estado. Esta claro que la globalización del comercio y el desigual desarrollo rural en América Latina no debe tomarse como el paradigma ortodoxo para cumplir con los objetivos a los que se aspira a largo plazo.

En este punto, el sistema frutícola chileno también deja una suma positiva en su corta historia, pese a los problemas todavía pendientes de resolver.


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