China y el mundo



Cuando un elefante como el país del Sol Naciente se ha puesto en marcha y crece como estamos viendo, no sólo los economistas y politólogos se empeñan en analizar el peso y alcance de sus potencias, hasta los historiadores se esfuerzan en desentrañar antecedentes sobre el ejercicio de ellas. Una de las últimas expresiones de ese propósito es el trabajo que publicó Gavin Menzies, un oficial retirado de la Royal Navy, con título “1421: el año en que China descubrió el mundo”, en el que afirmó que los chinos llegaron a América 70 años antes que Colón con una majestuosa flota que tocó las playas del Pacífico y dio la vuelta al mundo. Los chinos (no Colón, que habría llegado después, o los vikingos que según algunos llegaron antes) serían los verdaderos descubridores de América. El libro, presentado en el 2002 en Nueva York y convertido inmediatamente en best-seller, no tardó en ser cuestionado por eruditos que apreciaron su aseveración como una mera teoría antes que como una realidad histórica. Así lo hace ahora definitivamente Edward Dreyer, un historiador inglés especializado en la dinastía Ming (1368 – 1644), con un libro que titula “China y los océanos 1404-1433” y cuyo tema es específicamente el poderío marítimo de ese país durante su apogeo histórico imperial y la personalidad del conductor legendario de sus escuadras, el almirante Cheng Ho.

Resulta curioso el hecho de que este poderoso capitán fuese un eunuco (su mismo nombre, un sobrenombre impuesto por el emperador, quería decir, nos aseguran, “eunuco que vale tanto como tres piedras preciosas”). Pero es que en los tiempos de la dinastía Ming estos personajes eran considerados, por lealtad e inteligencia, los mejores funcionarios del Estado estos emperadores reclutaron cientos y hasta miles para su Corte y Cheng Ho era famoso entre todos por bravo y competente.

El despliegue de una inmensa flota de siete escuadrillas al servicio de un Estado y bajo comandancia estricta de un almirante fue el mayor de la época de navegación a vela, con los barcos de madera más grandes conocidos transportando una masa de 30.000 soldados profesionales. Los barcos chinos eran formidables de los 200 que constituían cada armada más de 60 tenían 400 pies de largo y su técnica era tal que hasta el propio Benjamin Franklin la recomendaría después a los norteamericanos de su tiempo. El almirante Cheng Ho, el eunuco que algunos comparan con Colón, Vasco da Gama y Magallanes, condujo en la más celebrada de sus expediciones una flota que recorrió el océano Indico y las costas de Africa dejando regalos espléndidos en los países que visitaba, un ejemplo opuesto al de los portugueses, famosos por sus exacciones y atropellos. De los pueblos en los que echaban anclas sólo traían al regresar animales raros para el zoológico del emperador: una jirafa fue el mayor regocijo de la Corte y el asombro del pueblo. Todos los países visitados por esas regias embajadas manifestaban extrañeza de que una armada tan poderosa no tuviese una intención bélica sino, a lo más, la de recoger tributos amistosos para el emperador. El último regreso fue en 1433, año en que precisamente murió el famoso Cheng Ho.

Hacia el 1436 los burócratas confucianos que estuvieron siempre en sorda competencia con los eunucos en la Corte y que los despreciaban dieron vuelta las cosas en cuanto a poder y detuvieron la construcción de grandes navíos y las expediciones lejanas demasiado caras y nada retributivas. China se retiró de los mares y ésta fue una de las tantas medidas que acompañaron el llamado “Gran Repliegue” de China, un enigma de múltiples aspectos (¿por qué la moderna revolución científica se inició en Europa y no en China, donde la técnica estaba más avanzada? es la pregunta de Needham(1), historiador de la ciencia) que ha desvelado a estudiosos y dado lugar a hipótesis diversas. China, considerándose orgullosamente a sí misma como centro del mundo, eligió de nuevo mirarse el ombligo en tiempos cuando precisamente Europa comenzaba su expansión capitalista e iniciaba sus conquistas coloniales.

 

Un elefante benévolo

 

El comportamiento del Imperio y de las flotas chinas del siglo XV que no imponían estando en posesión del mayor poder naval del planeta y en contraste con lo que ha sido la historia de las potencias europeas guerra ni exacciones a otros pueblos, se presta para referencia de una particular idiosincrasia pacífica del país y así lo proclaman algunos de sus líderes actuales. Las expediciones de las flotas por el sudeste de Asia y las costas africanas como mensajeras de un imperio benigno son presentadas por ellos como ejemplo paralelo y confirmatorio de la seriedad del eslogan “China's peaceful rise” (“El ascenso pacífico de China”) de la actual República Popular. Esta es una presentación que, comprensiblemente, no calza demasiado bien en los esquemas prospectivos de muchos geopolíticos que atisban desconfiadamente al elefante desde el otro lado del Pacífico.

 

(1) Es muy conocido el caso del inglés Joseph Needham, quien escribió su monumental “Science and Civilization in China” que comenzó a publicarse en 1954 y llegó a 15 tomos (hasta su muerte en 1995 a los 90 años) de los 24 proyectados para iluminar 30 siglos de descubrimientos e invenciones. El destacó que el genio que los hijos de El Celeste Imperio mostraron en la Antigüedad es referido comúnmente a inventos clásicos como la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta. Pero en modo alguno se agota con ellos. Needham estudió otros que hacen casi interminable el listado: la porcelana, los engranajes, las bombas, el estribo, la sombrilla, los fósforos, el paracaídas, el brandy, el compás, el sistema decimal, la astronomía, los barcos con compuertas herméticas, la hélice, la sembradora, el reloj astronómico, la vacuna antivariólica… Los chinos, señalaba este enamorado de sus talentos, tenían pólvora pero no la usaban para la guerra, sólo para fuegos artificiales.

 

HECTOR CIAPUSCIO (*)

Especial para “Río Negro”

(*) Doctor en Filosofía.


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