Chinos, a reproducirse

Redacción

Por Redacción

En 1979 la dictadura comunista de Pekín puso en marcha la tristemente célebre política de hijo único por suponer que el aumento rápido de la población era incompatible con el crecimiento económico, lo que podría haber sido cierto en épocas preindustriales pero que dejaría de serlo en una en la que el desarrollo dependiera más de los recursos humanos. Aunque a pesar de los esfuerzos del régimen China sigue siendo el país más poblado del planeta, un privilegio que pronto perderá ya que en dicho ámbito la India está a punto de superarla, sus problemas actuales tienen menos que ver con la cantidad de habitantes que con las distorsiones que fueron provocadas por la decisión oficial de impedir más nacimientos. En la actualidad hay un superávit enorme de solteros –aproximadamente treinta millones de hombres jóvenes que nunca podrán casarse–, y también de ancianos que, sin hijos dispuestos a ayudarlos como sucedía en el pasado, para subsistir dependen de lo poco que el Estado está en condiciones de darles. Asimismo, a las empresas chinas les está resultando cada vez más difícil encontrar mano de obra adecuada, lo que hasta cierto punto es positivo, ya que las obliga a concentrarse en mejorar la productividad. Por tales razones, el régimen nominalmente comunista acaba de abandonar el intento de controlar la evolución demográfica con las medidas draconianas que en China son rutinarias. Si bien los voceros oficiales dicen que en adelante las parejas tendrían que limitarse a dos hijos, sorprendería que les preocupara si algunas optaran por tener más. Sea como fuere, mientras que en muchas partes del mundo subdesarrollado el aumento constante de la población sigue planteando problemas, en sociedades más avanzadas la caída abrupta de la tasa de natalidad ha causado otros que son igualmente graves. Parecería que el progreso económico, acompañado por la educación de las mujeres, constituye un profiláctico que es mucho más eficaz que el ordenado por el muy autoritario régimen chino. Según voceros del régimen, de no haberse prohibido a partir de 1979 a las familias tener más de un hijo, en la actualidad habría 400 millones chinos más, pero a juzgar por la experiencia ajena, exageran mucho. De por sí, el desarrollo económico rapidísimo que se inició hace 36 años luego de decidir el entonces presidente Deng Xiaoping reemplazar las peores que inútiles recetas marxistas o maoístas por otras capitalistas hubiera sido más que suficiente como para hacer bajar la tasa de natalidad, como en efecto ha ocurrido en un lapso muy breve en el Japón y los países de Europa. Las autoridades chinas claramente esperan que, de resultas del abandono de la política del hijo único, el perfil demográfico de su país se haga más “normal”, pero sorprendería que cambiara mucho. Lo más probable es que, lo mismo que sus equivalentes japoneses y europeos, los jóvenes de la ya inmensa clase media china antepongan sus propias prioridades personales a las del conjunto para conformarse con, a lo sumo, familias nucleares por temor a los costos, en dinero y tiempo, que les supondrían criar y financiar la educación de más de un hijo o dos. De todos modos, aun cuando muchos aprovecharan la oportunidad concedida por la dictadura para tener más hijos, no habrá posibilidad alguna de que las distorsiones ya existentes se vean atenuadas en las décadas próximas. Nadie sabe cuáles serán las consecuencias de haber permitido que la cantidad de varones exceda por mucho la de mujeres –según se informa, el año pasado nacieron 116 por cada 100–, pero podrían incluir estallidos de violencia o contribuir a alimentar la agresividad nacionalista que ya está motivando alarma en los países vecinos. También está ocasionando mucha angustia el envejecimiento acelerado de la población. Mientras que en Europa sociedades ya relativamente ricas se sienten incapaces de continuar soportando sistemas previsionales que fueron ideados cuando las circunstancias demográficas eran radicalmente distintas de lo que actualmente son, China sigue siendo un país pobre, con un ingreso per cápita inferior al argentino, de suerte que no le será del todo fácil encontrar la forma de costear jubilaciones mínimas y atención médica para los centenares de millones de personas que pronto saldrán del mercado laboral.


En 1979 la dictadura comunista de Pekín puso en marcha la tristemente célebre política de hijo único por suponer que el aumento rápido de la población era incompatible con el crecimiento económico, lo que podría haber sido cierto en épocas preindustriales pero que dejaría de serlo en una en la que el desarrollo dependiera más de los recursos humanos. Aunque a pesar de los esfuerzos del régimen China sigue siendo el país más poblado del planeta, un privilegio que pronto perderá ya que en dicho ámbito la India está a punto de superarla, sus problemas actuales tienen menos que ver con la cantidad de habitantes que con las distorsiones que fueron provocadas por la decisión oficial de impedir más nacimientos. En la actualidad hay un superávit enorme de solteros –aproximadamente treinta millones de hombres jóvenes que nunca podrán casarse–, y también de ancianos que, sin hijos dispuestos a ayudarlos como sucedía en el pasado, para subsistir dependen de lo poco que el Estado está en condiciones de darles. Asimismo, a las empresas chinas les está resultando cada vez más difícil encontrar mano de obra adecuada, lo que hasta cierto punto es positivo, ya que las obliga a concentrarse en mejorar la productividad. Por tales razones, el régimen nominalmente comunista acaba de abandonar el intento de controlar la evolución demográfica con las medidas draconianas que en China son rutinarias. Si bien los voceros oficiales dicen que en adelante las parejas tendrían que limitarse a dos hijos, sorprendería que les preocupara si algunas optaran por tener más. Sea como fuere, mientras que en muchas partes del mundo subdesarrollado el aumento constante de la población sigue planteando problemas, en sociedades más avanzadas la caída abrupta de la tasa de natalidad ha causado otros que son igualmente graves. Parecería que el progreso económico, acompañado por la educación de las mujeres, constituye un profiláctico que es mucho más eficaz que el ordenado por el muy autoritario régimen chino. Según voceros del régimen, de no haberse prohibido a partir de 1979 a las familias tener más de un hijo, en la actualidad habría 400 millones chinos más, pero a juzgar por la experiencia ajena, exageran mucho. De por sí, el desarrollo económico rapidísimo que se inició hace 36 años luego de decidir el entonces presidente Deng Xiaoping reemplazar las peores que inútiles recetas marxistas o maoístas por otras capitalistas hubiera sido más que suficiente como para hacer bajar la tasa de natalidad, como en efecto ha ocurrido en un lapso muy breve en el Japón y los países de Europa. Las autoridades chinas claramente esperan que, de resultas del abandono de la política del hijo único, el perfil demográfico de su país se haga más “normal”, pero sorprendería que cambiara mucho. Lo más probable es que, lo mismo que sus equivalentes japoneses y europeos, los jóvenes de la ya inmensa clase media china antepongan sus propias prioridades personales a las del conjunto para conformarse con, a lo sumo, familias nucleares por temor a los costos, en dinero y tiempo, que les supondrían criar y financiar la educación de más de un hijo o dos. De todos modos, aun cuando muchos aprovecharan la oportunidad concedida por la dictadura para tener más hijos, no habrá posibilidad alguna de que las distorsiones ya existentes se vean atenuadas en las décadas próximas. Nadie sabe cuáles serán las consecuencias de haber permitido que la cantidad de varones exceda por mucho la de mujeres –según se informa, el año pasado nacieron 116 por cada 100–, pero podrían incluir estallidos de violencia o contribuir a alimentar la agresividad nacionalista que ya está motivando alarma en los países vecinos. También está ocasionando mucha angustia el envejecimiento acelerado de la población. Mientras que en Europa sociedades ya relativamente ricas se sienten incapaces de continuar soportando sistemas previsionales que fueron ideados cuando las circunstancias demográficas eran radicalmente distintas de lo que actualmente son, China sigue siendo un país pobre, con un ingreso per cápita inferior al argentino, de suerte que no le será del todo fácil encontrar la forma de costear jubilaciones mínimas y atención médica para los centenares de millones de personas que pronto saldrán del mercado laboral.

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