Cien años de perdón

Según este análisis, Lenny Kravitz no se destaca por la originalidad, él toma sonidos de íconos de la música y los transforma, sintetizando en su propuesta parte del pop.



Un monstruo de muchas cabezas, y brazos, es lo que demuestra ser Lenny Kravitz. Como una trituradora digiere ritmos e influencias para crear un sonido que viene de todos lados, pero al que termina por darle identidad.

No es de sorprenderse que esto suceda en un hombre que fue criado en la más que cosmopolita Nueva York de madre bahameña y padre de origen judío y creció escuchando jazz y rythm and blues.

No pasó tanto tiempo. Sólo doce años transcurrieron desde que editó su primer disco “Let Love Rule” y más allá de que alguna vez se le endilgó el título de “gran ladrón americano” él sigue encabezando los charts con sus discos, primero en los Estados Unidos y ahora en todo el mundo. Fascinación de la que la Argentina no queda exenta y que demuestra con colocando su última producción entre los diez más vendidos con “Lenny Kravitz Greatest Hits” que supo mantener unas semanas en el segundo puesto.

Nunca fue un revolucionario, su música no aportó ninguna innovación que le vaya a dar un lugar destacado en la historia. Y así como algunos se asumen como buitres culturales -caso David Byrne y Peter Gabriel- y toman los sonidos étnicos de distintos lugares del globo para recrearlos y conseguir algo nuevo, él hurga en la cultura pop norteamericana de fines de los sesenta y principios de los setenta para remixarlos.

Su mezcla puede no ser demasiado original, pero es efectiva. Y su habilidad para conectar con el gusto popular es envidiada por muchos. También es notable que aunque durante mucho tiempo mantuvo una línea bastante pareja y después hizo un cambio importante que no le hizo perder su esencia. Siempre conservó una calidad pareja que no lo deja caer nunca en lo excesivamente obvio y chabacano por mantenerse prendido en el gusto popular adaptándose a las modas del momento, que en tan poco tiempo fueron muchas.

Doce años y sólo cinco discos de estudio, el sexto es la recopilación de grandes éxitos que sólo tiene como novedad la balada “Again”, armaron para Kravitz una carrera que comenzó con el ya citado “Let Love Rule”. Ese disco lo apuntó en el panorama del rock norteamericano, aunque no le dio demasiada notoriedad. Fue su tarjeta de presentación y allí mostró lo que quería que los demás vieran en él: un músico que quiere mantener vivo lo mejor del pop en su etapa de oro del sesenta y setenta. No es un ladrón de guante blanco, no, el roba con todo, y es más lo reconoce.

Así en su disco debut toma mucho de Hendrix, y se apega en la mayoría de los temas al rock más tradicional, ayudado por su pasión por la grabación analógica que lo hacía sonar a “viejo”. En temas como “Mr. Cab Driver” usa un contrapunto guitarra-bajo muy beatle. En otros como el que le da título a la placa se permite regresar a los sonidos del hogar y juguetea un poco con el jazz, usando tanto el bajo percutivo a lo Pastorius como solos de saxo, en esta mezcla entran también los coritos de los primeros Beatles, aunque avanza en el tiempo e introduce teclados que parecen salidos del “Album blanco”, si bien al final opta por copiar el teclado de las primeras canciones de los Doors.

Su segunda placa “Mama said” es un poco más funk en general, y allí la influencias más fuertes son las de Earth Wind and Fire y los Jackson Five, y en sus baladas intenta parecerse a Prince muchas veces en el uso de la voz, si bien “Stand by my woman” lo emparenta más al Lennon solista. Sin llegar al plagio en este “deporte” de nutrirse de

los demás en “It ain´t over ´til it´s over” se escucha un fraseo que parece salido de ….. de los Bee Gees, uno de los hitos de la etapa disco de los australianos.

En 1993 salió “Are you gonna go my Way”, término medio de su carrera, que no aportó cambios significativos en su sonido, aunque puede advertirse un poco más de furia, dentro de un marco de rock bastante tradicional. Allí la contundencia de “Are you gonna go my Way” se mezcla con las baladas como “Haven help” o “Believe” en el que experimenta planos sonoros y cuerdas sinfónicas.

Con “Five” Kravitz comienza su romance con las máquinas. La voz no queda en primer plano y los instrumentos por momentos la tapan y mantiene sus solos de guitarra virtuosa. El tema que más pegó del disco fue “American woman” y es quizá la síntesis de su música. En él juega con lo digital, trabaja con planos sonoros, poniendo en primer plano en un momento la voz, en otro la guitarra, y después las bases, destacándose en todas su facetas, ya que él interpreta todos lo instrumentos, hasta se hace sus coros y distorsiona la voz en un final extraño.

Kravitz es un “ladrón” que le quita un poco a todos, y como en la historia de la música siempre alguien toma algo de otro, tiene cien años de perdón.

Silvina Fernández


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