Ciencia y conciencia
El norteamericano que con mayor claridad unió los conceptos de ciencia y conciencia fue Linus Pauling. La ciencia fue su pasión. No tenía mucho que decir acerca de la conciencia, ya que hablar de ella habría sido filosofar, y la filosofía tenía pocos encantos para él. No era la conciencia, sino la conciencia en funciones lo que le interesaba a Pauling. El suyo era un mundo en que las consecuencias seguían a las acciones. Era la clase de robusta perspectiva que uno asociaba con el oeste estadounidense, del cual provenía.
Esto fue tanto una fuerza como una debilidad en la tradición norteamericana. Logra hacer las cosas. Con bastante frecuencia es lo correcto. Sin embargo, un europeo, viviendo (figurativamente) a una distancia desde la que podría caminar hasta Atenas, tiene más probabilidades de aceptar la postura de que la filosofía, nos guste o no, subraya todo lo que hacemos.
Estando mis propias raíces en Europa, me siento inclinado a reflexionar sobre el significado de las palabras. La primera de ellas es «ciencia», que viene, por supuesto, de «scientia» (conocimiento). La utilizamos para denotar el conocimiento derivado de la observación del mundo exterior. La segunda palabra es «conciencia», la cual está relacionada con la ciencia. La con-ciencia tiene la misma raíz que la ciencia, pero es el conocimiento que llevamos dentro de nosotros.
El tipo de conocimiento que todos llamamos «ciencia» está inevitablemente relacionado con el tipo que llamamos «conciencia». La razón es que nuestras observaciones del mundo exterior sólo pueden transmitirse a un sitio, nuestra mente, que alberga la conciencia.
Es cierto que como científicos intentamos, en pos de la objetividad, separar estos aspectos de nuestro ser; separar lo que vemos de lo que sabemos. No queremos, como los antiguos pintores de Australia, cuya capacitación comenzó en Inglaterra, pintar olmos en un terreno dominado por eucaliptos. Sabemos que sin nuestra brújula interior no podemos tener la esperanza de navegar por el mundo exterior. No tenemos más opción que llevar la ciencia a tener contacto con nuestra conciencia.
De hecho, la ciencia es en sí misma una actividad cultural parecida a la pintura. Un pintor lleva un registro de la naturaleza. También un científico. Al hacerlo, el científico y el pintor están involucrados en hacer declaraciones sobre el mundo que ven.
En su búsqueda de patrones, los científicos han estado tomando apuntes de la naturaleza en tiempos recientes con el efecto de haber transformado la perspectiva aceptada sobre la materia, la energía, el espacio, la vida, la muerte y el Universo. Haciendo esto, reconformaron el mundo en que vivimos, extendiendo y enriqueciendo la vida humana y, al mismo tiempo, proveyendo la maquinaria más avanzada para la muerte. Nunca en la historia hubo antes un renacimiento que tan fundamental y tan aceleradamente haya transformado al mundo.
Felizmente, la naturaleza de la transformación ha sido lo opuesto de lo que predijeron los más grandes profetas del siglo pasado: Aldous Huxley y George Orwell. Desde que el individuo se volvió prisionero de la tecnología, son los tiranos quienes han sido aprisionados y el pueblo el que ha sido liberado al caer, una tras otra, las fronteras que lo dividían. Esto no quiere decir que la equidad y la tranquilidad prevalezcan, sólo que nunca ha sido más evidente la necesidad de ambas.
Debido al poder de la ciencia para cambiar nuestro mundo, muchos buscan masía en ella. Lo llaman «prueba científica», y piensan que es incontrovertible. Felizmente para la humanidad, no existe esto. Siempre hay campo para la duda. Es el alcanzar el consenso lo que tomamos como prueba de haber llegado a la verdad. Y es éste el momento en el cual juzgamos que una proposición científica ha quedado «demostrada».
El alcance de este consenso es posible por el hecho de que respetamos no sólo nuestra propia experiencia, sino también la de los demás. Llegamos a un acuerdo sobre la naturaleza de la creación, sobre la base de valores que sostenemos en común. «Esto -decimos luego de un largo debate- es como es». Ello corresponde a lo que sabemos. Para avanzar con seguridad de la ciencia hacia la conciencia es necesario analizar con mayor detalle a la comunidad científica que hace este juicio. Un factor de distinción es que es internacional. Pero lo que logra que funcione como una comunidad es la ética. Tiene un ideal compartido, que es el avance de la verdad por sobre la ventaja personal.
Cualquier científico que no crea que esta objetividad, no duraría mucho en la ciencia. Si un científico pone en acción ideas de tan pobre ética al, por ejemplo, falsificar información, él o ella quedarían desprestigiados eternamente dentro de la comunidad de la ciencia. Lo mismo, por supuesto, es cierto no sólo para la ciencia, sino para cualquier empeño académico.
Este compromiso con la verdad, debe enfatizarse, es al mismo tiempo un compromiso con las bases de lo que llamamos los «derechos humanos». Pues la verdad, no siendo un monopolio de una raza, religión o nacionalidad, está abierta a todos y merece nuestro respeto desde donde quiera que venga. Además, la devoción hacia la verdad es el compromiso con un viaje inacabable, pues a cada paso debemos estar dispuestos a tolerar el disenso, pues son quienes lo practican aquellos que señalan el camino hacia adelante. Lo que estoy describiendo es, de hecho, el funcionamiento de una sociedad democrática.
Del reconocimiento de los derechos humanos, que está en el corazón de una sociedad democrática, debe fluir un sentido de responsabilidad para la salvaguarda de estos derechos. Al florecer la responsabilidad individual en la sociedad en general en el curso de las décadas últimas, también lo ha hecho entre los científicos. Ya no se considera ético ponerse una bata blanca y llevar una vida de devoción monástica a la propia vocación. Los científicos son ciudadanos. Mejor todavía, son ciudadanos globales.
Linus Pauling fue un científico de la era pre-atómica, antes del advenimiento de la energía nuclear y de las armas nucleares. La opinión prevaleciente en aquella época era que los científicos no debían involucrarse en el debate de las cuestiones sociales. Si lo hacían, se creía, contaminarían el flujo puro de la lógica científica con los juicios de valor que informan a la política. Pero he estado discutiendo que los juicios de valor son parte de la ciencia. Dudo que Pauling lo reconociera así. Pero bien podría haber notado que sus valores como activista de la paz reflejaban aquéllos de científico: visionario, lleno de principios y temerario.
Pues fue incuestionablemente valiente. En su campaña por prohibir las pruebas nucleares arriesgó su carrera, sus fondos para investigación, su empleo y reputación. Mostró que el verdadero visionario de la ciencia puede tener algo comparable que ofrecer (faliblemente) a la sociedad.
¿Qué es, entonces, lo que los científicos tienen que ofrecer como ciudadanos? Saben de números y de letras. Pertenecen a una comunidad internacional con un compromiso con la objetividad y con lazos de confianza. Pero no tienen un camino certero hacia la verdad. Y no siempre son infalibles.
No he pensado mucho sobre la impresionante naturaleza de la comunidad a la que pertenecen los científicos. Es una comunidad verdadera con líderes, leyes, relaciones personales e historia. Sorprendentemente, se ha sostenido durante siglos sin un gobierno formal, sin un privilegio heredado y sin violencia, policía o prisiones. Es suficientemente tolerante como para invitar realmente al disenso. No quema a sus herejes en la estaca, sino que los considera héroes.
Esta no es, por supuesto, una sociedad de ángeles. La ambición personal es una de las principales fuerzas impulsoras. Pero esta fuerza queda dominada por una meta común. Esta meta es la meta humana de la comprensión. Si la sociedad o la ciencia pudieran, a través de los ejemplos, dar a los humanos esto como su destino común, sería el regalo más grande para la humanidad.
* Nobel de Química 1986
El norteamericano que con mayor claridad unió los conceptos de ciencia y conciencia fue Linus Pauling. La ciencia fue su pasión. No tenía mucho que decir acerca de la conciencia, ya que hablar de ella habría sido filosofar, y la filosofía tenía pocos encantos para él. No era la conciencia, sino la conciencia en funciones lo que le interesaba a Pauling. El suyo era un mundo en que las consecuencias seguían a las acciones. Era la clase de robusta perspectiva que uno asociaba con el oeste estadounidense, del cual provenía.
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