“¿Civilización o barbarie?”
El diccionario define “bárbaro” como violento, cruel, y también como inculto, grosero y tosco. Salir a la calle en la anomia de esta Argentina implica quedar a merced de todos estos calificativos. Ni hablar cuando no es preciso llegar a la calle sino simplemente abrir la puerta de la casa y salir a la vereda. Vivo en Cutral Co, ciudad otrora pujante y próspera que tuvo el sabor amargo de ver truncado su sueño de seguir creciendo, ver cómo su realidad se hundía en poco tiempo y ser incapaz, hasta el día de hoy, de encontrar un nuevo camino para salir de la mera subsistencia. ¿Quién guía los destinos de una comunidad? Sin duda los habitantes, pero ¿cómo podrían éstos convivir en armonía y pujanza sin reglas ni autoridades que organicen la vida diaria de los habitantes? Hace cinco años, aproximadamente, comenzamos a tener un problema con nuestros vecinos. El problema era puntual y tenía una solución. Ellos tienen un negocio y querían ver césped en su vereda pero no que se lo arruinaran. Cerraron la vereda de su negocio con cintas de plástico y las han mantenido por cinco años. Claro… quieren que entren muchos clientes a su negocio pero ¿por dónde van a hacerlo? Por nuestra vereda. Clientes, proveedores y sus familiares han entrado por nuestra vereda hacia su negocio caminando, en bicicleta o en cuatriciclo e incluso han estacionado sus autos en nuestra entrada de garaje para ir a hacer sus compras. A fin de facilitarles el camino, nuestros vecinos construyeron una bajada-badén entre su vereda y la nuestra de manera de guiar a sus clientes, proveedores y familiares por el ingreso de nuestro garaje hasta su negocio. Este problema simple hubiera sido sencillo de solucionar si hubiera habido algún lugar al que recurrir en el municipio de nuestra ciudad. Pero no lo hay, nadie escucha los problemas “simples” y, por supuesto, nadie los soluciona. De no ser así, alguien en la municipalidad de Cutral Co hubiera respondido la carta que presentamos en tres oportunidades diferentes cuando sentíamos que la situación volvía a desbordarse en la convivencia con nuestros vecinos. El “simple” problema inicial fue derivando con el correr de cinco años en otros numerosos problemas de convivencia hasta el punto de no poder salir nosotros a la vereda sin tener que enfrentar algún conflicto pues nuestra casa se encuentra ubicada entre la casa de mis vecinos a nuestra derecha y su negocio a la izquierda; la situación se convirtió en una verdadera “barbarie”. Nuestra situación es aún peor porque al salir de nuestra casa lo hacemos generalmente con mi hermano que tiene ya 36 años y padece un severo daño cerebral ocasionado por un accidente durante el parto. La fuerza, la grosería, la violencia y la crueldad se impusieron en medio de una ciudad que se identifica como civilizada. Hemos recurrido a la jueza de Paz y a la jueza de Faltas, pero no son estos organismos en sí los que pueden solucionar estos problemas de convivencia vecinal “ignorados”. A veces la buena voluntad de ciertas personas no alcanza para contrarrestar la irracionalidad de ciertos habitantes de una ciudad. Sin embargo en Cutral Co las reglas existen. Las hay para estacionar autos, para arrojar basura, para diseñar veredas, para instalar negocios que se dedican a vender comidas, sobre ruidos molestos, etcétera. Lo que no hay en esta ciudad es empleados que se encarguen de hacerlas cumplir. De hecho, el inspector que solía recorrer las calles controlando problemas como el de las veredas murió hace un par de años y no se designó a nadie para reemplazarlo. Si uno va a la división de Bromatología y consulta sobre cuáles son las medidas que se deben tomar para vender comida sin que esto signifique un perjuicio para nadie, contestan: “No te preocupes, si alguien se queja vos estás trabajando”. Es cierto, trabajar es importante y todos cuidamos nuestros empleos. Pero para trabajar, como en cualquier otra cosa de la vida, aunque les pese a muchos no es posible compartir los espacios, las veredas, las calles, los barrios, la ciudad, etcétera, con otros sin “respetar reglas”, y así como los demás tienen sus derechos yo también tengo los míos. Los derechos tienen siempre un límite: el derecho de alguien más. Es una simple ecuación del sentido común, de la racionalidad, de esa cualidad tan suprema que nos hace no sólo adultos sino seres humanos, lo que simplemente nos distingue de los bárbaros o de las bestias. María Daniela Venencia, DNI 23.214.502 Cutral Co
María Daniela Venencia DNI 23.214.502 Cutral Co
El diccionario define “bárbaro” como violento, cruel, y también como inculto, grosero y tosco. Salir a la calle en la anomia de esta Argentina implica quedar a merced de todos estos calificativos. Ni hablar cuando no es preciso llegar a la calle sino simplemente abrir la puerta de la casa y salir a la vereda. Vivo en Cutral Co, ciudad otrora pujante y próspera que tuvo el sabor amargo de ver truncado su sueño de seguir creciendo, ver cómo su realidad se hundía en poco tiempo y ser incapaz, hasta el día de hoy, de encontrar un nuevo camino para salir de la mera subsistencia. ¿Quién guía los destinos de una comunidad? Sin duda los habitantes, pero ¿cómo podrían éstos convivir en armonía y pujanza sin reglas ni autoridades que organicen la vida diaria de los habitantes? Hace cinco años, aproximadamente, comenzamos a tener un problema con nuestros vecinos. El problema era puntual y tenía una solución. Ellos tienen un negocio y querían ver césped en su vereda pero no que se lo arruinaran. Cerraron la vereda de su negocio con cintas de plástico y las han mantenido por cinco años. Claro… quieren que entren muchos clientes a su negocio pero ¿por dónde van a hacerlo? Por nuestra vereda. Clientes, proveedores y sus familiares han entrado por nuestra vereda hacia su negocio caminando, en bicicleta o en cuatriciclo e incluso han estacionado sus autos en nuestra entrada de garaje para ir a hacer sus compras. A fin de facilitarles el camino, nuestros vecinos construyeron una bajada-badén entre su vereda y la nuestra de manera de guiar a sus clientes, proveedores y familiares por el ingreso de nuestro garaje hasta su negocio. Este problema simple hubiera sido sencillo de solucionar si hubiera habido algún lugar al que recurrir en el municipio de nuestra ciudad. Pero no lo hay, nadie escucha los problemas “simples” y, por supuesto, nadie los soluciona. De no ser así, alguien en la municipalidad de Cutral Co hubiera respondido la carta que presentamos en tres oportunidades diferentes cuando sentíamos que la situación volvía a desbordarse en la convivencia con nuestros vecinos. El “simple” problema inicial fue derivando con el correr de cinco años en otros numerosos problemas de convivencia hasta el punto de no poder salir nosotros a la vereda sin tener que enfrentar algún conflicto pues nuestra casa se encuentra ubicada entre la casa de mis vecinos a nuestra derecha y su negocio a la izquierda; la situación se convirtió en una verdadera “barbarie”. Nuestra situación es aún peor porque al salir de nuestra casa lo hacemos generalmente con mi hermano que tiene ya 36 años y padece un severo daño cerebral ocasionado por un accidente durante el parto. La fuerza, la grosería, la violencia y la crueldad se impusieron en medio de una ciudad que se identifica como civilizada. Hemos recurrido a la jueza de Paz y a la jueza de Faltas, pero no son estos organismos en sí los que pueden solucionar estos problemas de convivencia vecinal “ignorados”. A veces la buena voluntad de ciertas personas no alcanza para contrarrestar la irracionalidad de ciertos habitantes de una ciudad. Sin embargo en Cutral Co las reglas existen. Las hay para estacionar autos, para arrojar basura, para diseñar veredas, para instalar negocios que se dedican a vender comidas, sobre ruidos molestos, etcétera. Lo que no hay en esta ciudad es empleados que se encarguen de hacerlas cumplir. De hecho, el inspector que solía recorrer las calles controlando problemas como el de las veredas murió hace un par de años y no se designó a nadie para reemplazarlo. Si uno va a la división de Bromatología y consulta sobre cuáles son las medidas que se deben tomar para vender comida sin que esto signifique un perjuicio para nadie, contestan: “No te preocupes, si alguien se queja vos estás trabajando”. Es cierto, trabajar es importante y todos cuidamos nuestros empleos. Pero para trabajar, como en cualquier otra cosa de la vida, aunque les pese a muchos no es posible compartir los espacios, las veredas, las calles, los barrios, la ciudad, etcétera, con otros sin “respetar reglas”, y así como los demás tienen sus derechos yo también tengo los míos. Los derechos tienen siempre un límite: el derecho de alguien más. Es una simple ecuación del sentido común, de la racionalidad, de esa cualidad tan suprema que nos hace no sólo adultos sino seres humanos, lo que simplemente nos distingue de los bárbaros o de las bestias. María Daniela Venencia, DNI 23.214.502 Cutral Co
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