Clásicos renovados e impecables
Miles de personas escucharon el sábado el impecable show de Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale en Neuquén. "Postales del alma" demostró la capacidad de los músicos para renovar canciones populares en arreglos singulares y sorprendentes. El público disfrutó a rabiar y aplaudió con ganas el espectáculo.
NEUQUEN (AN).- Justo a la medianoche, con puntualidad insólita e inoportuna, el silbato del tren carguero atravesó los compases tenues de «Mirta, de regreso» que Juan Carlos Baglietto entonaba a media voz. Algunos murmullos de quejas se dejaron escuchar en el fondo, pero el recital siguió, sin una arruga, impecable. Fue ese solo instante de perturbación.
Es como dice Lito Vitale: «Tenemos probado un show que funciona».
Aquí pudieron constatarlo cerca de 5.000 (calculó la policía) neuquinos que la noche del sábado fueron a escuchar «Postales del alma», el espectáculo que Baglietto y Vitale vienen ofreciendo por todo el país con mucho éxito.
Cada uno con una original y consistente carrera, decidieron reunirse en una fórmula que ya querrían muchos políticos. (A propósito: la primera fila de sillas frente al escenario estuvieron ocupadas por el intendente Horacio Quiroga, en compañía de su esposa, el titular de Cultura Oscar Smoljan, el diputado nacional Víctor Peláez y el asesor legal César Gass. Todos exultantes).
Con una demora tolerable, poco antes de las diez abrió el concierto Marcelo Piñeiro con Daniel Sánchez en teclados y Miguel Souto en percusión. Su participación fue muy aplaudida y coreada por muchos su versión final de «Quimey Neuquén».
Piñeiro pidió libertad para los estudiantes argentinos presos en México -el intendente alzó los brazos para aplaudir y mostrar su adhesión-, y el locutor en la ocasión, Raúl Valladares, leyó un documento de los organizadores «para que nuestra cancillería actúe por la libertad de estos compatriotas».
Sin más preámbulos, el escenario se iluminó para los músicos que de inmediato arrancaron con «Naranjo en flor», en versión rea de Baglietto a lo Goyeneche. Sentado en una banqueta alta que apenas contenía su vuelco teatral, Baglietto alzó esa voz alta y de timbre ambiguo, y marcó con su sello los más clásicos entre los clásicos temas nacionales. Actuando las letras con gesto dramático, las sufre y las goza, las hace nuevas. («Lejana tierra mía», «El choclo» y «Cambalache» son ejemplos).
Tiene, con su compañero, un diálogo que es primero musical pero también de miradas, sonrisas, complicidades. Ambos han encontrado, en efecto, un show que funciona sostenido en la versatilidad de intérprete de Baglietto y en los arreglos «a lo Vitale» de canciones del repertorio popular: son como juguetes musicales, divertimentos, prólogos renovados que se resuelven inesperadamente. El laboratorio electrónico que, como un prodigio, maneja Vitale mientras ejecuta tres teclados simultáneamente, suelta aerófonos, violines, bronces, acordeones, un piano.
Baglietto puede olvidarse la letra y equivocarse de guitarra (le pasó antenoche y lo tomó con humor, meneando la cabeza): el cuidado diseño artístico permanece imperturbable. A las dieciocho obras del repertorio previsto agregaron dos temas de yapa y se despidieron sin más palabras que las finales. Vitale agradeció, dijo que «además de venir a tocar venimos a vender discos», e indicó los puestos de venta.
NEUQUEN (AN).- Justo a la medianoche, con puntualidad insólita e inoportuna, el silbato del tren carguero atravesó los compases tenues de "Mirta, de regreso" que Juan Carlos Baglietto entonaba a media voz. Algunos murmullos de quejas se dejaron escuchar en el fondo, pero el recital siguió, sin una arruga, impecable. Fue ese solo instante de perturbación.
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