Ahorrando energía: guerra a la "luz mala"

12 ene 2008 - 00:00

Aunque hay intereses que todavía lo niegan, caben pocas dudas de que la generación de energía con combustibles fósiles es la principal causa del calentamiento global. Aunque el consumo per cápita sea mucho mayor en los países más industrializados, todos debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad en disminuir el desperdicio de energía. Los chicos son más receptivos a estos planteos altruistas de responsabilidad por el planeta y las futuras generaciones, los adultos son más sensibles a argumentos prácticos como disminuir la factura de "luz" y evitar los cortes y los políticos se inclinan por evitar que les echen la culpa si hay escasez.

La primera medida racional de ahorro de energía eléctrica es la eliminación de pérdidas de la instalación eléctrica domiciliaria. Frecuentes en las instalaciones viejas, las pérdidas son corrientes derivadas a tierra vía los caños de luz y las paredes a causa de cables defectuosos (con revestimientos agrietados por vejez o carbonizados por recalentamiento) y filtraciones de humedad. El diagnóstico de las pérdidas no es necesario para los que tienen instalado un disyuntor diferencial, que en tales casos "salta". Los que no lo tienen (pero deberían tenerlo para proteger la vida de todos los habitantes de la casa) pueden verificar su existencia de modo muy simple: apaguen o desconecten todos los aparatos eléctricos y verifiquen si el medidor de luz sigue "andando" (el disco de aluminio gira). En mi caso personal, la eliminación de estas pérdidas por un técnico electricista me redujo el consumo a casi la mitad (en casa del herrero...).

Los tubos fluorescentes que conocemos hoy comenzaron a comercializarse en 1938 y fueron la norma en ambientes donde las luces están continuamente encendidas durante mucho tiempo y se quiere muy buena iluminación. No se usaron masivamente en las casas porque hasta hace poco las instalaciones y artefactos eran caros, pero ya no es más así. Como hoy podemos reemplazar la lámpara incandescente de un portalámparas común por una fluorescente de bajo costo, el camino está expedito para su reemplazo generalizado. A igualdad de iluminación, una buena lampara fluorescente (no todas lo son, compren marcas conocidas) consume un quinto de la electricidad que una incandescente; además, se calienta poco, haciéndola segura en sitios donde pueden ser tocadas sin querer, como los veladores. La regla general es, así, reemplazar todas las lámparas incandescentes por fluorescentes, pero hay excepciones que deben ser bien especificadas.

A diferencia de la incandescente (que tiene "inercia térmica"), la lámpara fluorescente titila. Esto se verifica agitando la mano con los dedos abiertos entre la lámpara y los ojos: se verán dos o tres manos, dependiendo de la velocidad. Aunque el efecto usualmente no se nota, los que trabajaron mucho tiempo con un monitor de PC de baja frecuencia de "refrescamiento de pantalla" (claramente titilante) saben que después de un tiempo se obtiene un fuerte dolor de cabeza. Por eso no es recomendable usar una única lámpara fluorescente (si son varias, el efecto tiende a atenuarse) para trabajos prolongados de lectura o escritura (por ejemplo, en un velador o lámpara de escritorio). En este caso se puede ahorrar energía (aunque con una inversión inicial unas diez veces mayor) usando focos hechos con varios leds (típicamente unos 20), cuyo consumo es de sólo un watt, dan luz bien concentrada y tienen larguísima vida. Un efecto más sutil, que puede manifestarse en condiciones especiales, es que las lámparas fluorescentes emiten algo de radiación ultravioleta. Una cama solar está equipada con tubos similares a los fluorescentes pero sin el recubrimiento blanco, hecho de compuestos fosforados que transforman la invisible radiación ultravioleta en visible.

Las/los que se maquillan no deben usar fluorescentes como iluminación porque, aunque el ojo no lo perciba cuando se acostumbra, su luz es de color verdoso (los fluorescentes "luz de día" atenúan el problema, pero no lo eliminan) y corren el riesgo de lucir como espantajos a pleno sol. El cambio de colores se pone claramente en evidencia al tomar una fotografía con luz fluorescente, fenómeno que los fotógrafos caracterizan con el término técnico de "temperatura color" y corrigen con filtros o dispositivos electrónicos especiales.

La duración de un fluorescente es igual o mayor que la de una lámpara incandescente (salvo las de exterior en clima muy frío, donde la última estalla al encenderse por la brusca dilatación). Hay, sin embargo, un efecto que puede disminuir su vida útil (rara vez indicado en sus envases), que es la cantidad de encendidos. Cada vez que se prende una lámpara fluorescente hay un desgaste importante de su filamento interior (pequeño y no incandescente). Por esta razón los fluorescentes costosos no son recomendables en lugares donde hay que encenderlos y apagarlos con frecuencia, como los pasillos de poca circulación, ya que su vida útil disminuirá mucho. Son, en cambio, óptimos como luces de exterior en los climas fríos pero en artefactos cerrados. En este caso, si se usa una celda fotoeléctrica para evitar que quede inadvertidamente encendida durante el día (otra importante forma de ahorrar energía eléctrica) hay que emplear las celdas especiales para fluorescentes.

La Secretaría de Energía no parece haber detectado que las vidrieras comerciales usan frecuentemente otro tipo de lámparas, las dicroicas, que dan luz concentrada de alta intensidad y consumo (las de neón son "buenas"). Una vidriera grande con lamparitas dicroicas puede consumir tanto como diez casas chicas y los reemplazos naturales aquí son las de led, no las fluorescentes. Algo similar sucede con las luminarias de las calles, donde el consumo de las lámparas de mercurio es mucho mayor que el de las de sodio, por ser más calientes. Nadie parece haberse acordado tampoco de que cuando un fluorescente se gasta, hay que disponer de él. Hoy se tira como basura común, pero no lo es. El muy tóxico compuesto fosforado que recubre el interior de los tubos se desprende libremente cuando éste se rompe o corre agua por su interior. Cuando el número de tubos se multiplique el riesgo sanitario va a ser muy alto; cuando muera la primera persona (quizá un cartonero que por ignorancia los recolecte como fuente de vidrio) algún funcionario invocará al destino y las catástrofes "naturales", alegando la imposibilidad de su previsión. Como los hechos diariamente atestiguan, en Argentina el único fenómeno "natural" es la incompetencia de los funcionarios. Es necesario, al igual que para las pilas y otros compuestos tóxicos, disponer de lugares especiales de recolección y disposición final.

La solución del gobierno nacional a la crisis energética (las nuevas centrales demorarán algunos años más) es ir casa por casa canjeando unos 25 millones de lámparas incandescentes por fluorescentes, lo cual (ya que estamos) es una buena manera de dar trabajo temporario a algunos amigos. ¿No sería más lógico establecer centros de recambio donde la gente pueda ir a canjear sus lamparitas en vez de esperar una amable visita que tal vez nunca llegue? Nadie colecciona lamparitas y las usadas (si se quiere evitar que alguien las compre baratas para canjearlas por caras) se reconocen fácilmente por el leve oscurecimiento de su interior o por la suciedad exterior. Ojalá que dentro de algunos meses no leamos una pequeña noticia donde se informe de su venta por comerciantes inescrupulosos (¿estarán especialmente marcadas?). Más importante todavía, ¿quién proveerá las lamparitas? Estamos hablando de una inversión de más de un centenar de millones de pesos, suficiente para instalar una fábrica, hoy inexistente, de fluorescentes argentinos. Los más directos beneficiarios a corto plazo serán las industrias brasileña y china y el importador. ¿Habrá una licitación o se contratará directamente la compra a algún buen amigo usando las para estos casos utilísimas leyes de emergencia económica?

El gobierno nacional focaliza la resolución del problema energético en el recambio domiciliario de dos lamparitas voraces de energía eléctrica (la "luz mala") por dos frugales y una posterior concientización vía folletito. Algunos lo leerán, algunos de esos algunos lo entenderán y algunos de algunos de algunos tal vez pondrán en práctica otras medidas de ahorro si están claramente propuestas. Se implantó también el cambio nacional de hora (antes era provincial) aunque, como todo estudiante secundario debería saber, la hora de salida y puesta del sol depende de la longitud geográfica (no es la misma en Buenos Aires que en Mendoza) y la duración de la luz solar depende de la latitud (es muy diferente en La Quiaca y en Ushuaia). Se recomienda asimismo usar menos los acondicionadores de aire, pero no habrá reparto gratuito de hielo; las estufas eléctricas tal vez vendrán después. El camino correcto es una buena campaña nacional de esclarecimiento del problema energético por todos los medios de difusión, con la amplitud y persistencia que sólo el gobierno puede y debe usar en estos casos. Esta campaña debe ser permanente, porque el problema de desperdicio, que hoy se centra en la "luz mala" de origen eléctrico (tipo de energía cuya generación sólo es térmica en un 58%) existe, de modo tanto o más grave, en todos los tipos de consumo de energía.

 

CARLOS SOLIVÉREZ (*)

Especial para "Río Negro"

 

 

(*) Doctor en Física y diplomado en Ciencias Sociales

csoliverez@gmail.com

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