Al cadalso por el mundial

02 jun 2018 - 00:00

Solía decir Roberto Fontanarrosa que había personas que organizaban sus recuerdos en función de los mundiales. He escuchado a testigos bajo juramento dar razón de sus dichos, en relación a qué pasó el día de tal o cual partido.

Hay personas a quienes todavía resuenan las bocinas con las que inocentemente se festejó el Mundial 78 y hasta aquellos que sienten el calor del cuerpo de aquel abrazo que dieron el 29 de junio de 1986 a las 16:48, cuando el juez Arpi Philo decretó que Argentina era nuevamente campeón en México.

He visto a chicos y grandes vestidos de celeste y blanco llorar apretujados en un aeropuerto de EE. UU. cuando Chiquito Romero atajó el penal de Sneijder en la semifinal del Mundial de Brasil 2014.

Conozco simples empleados tan estructurados como sus días que han ahorrado durante años para ir a un Mundial o a profesionales de habitual ceño fruncido que viajan a Rusia con sus amigos como si se tratara del viaje de egresados de la secundaria.

Sé de familias que tienen rituales y cábalas insólitas como el sentarse en el mismo lugar o estar vestido con aquella vieja camiseta de piqué, guardada en el cuarto cajón del ropero. Cuestiones todas que deben ser respetadas a rajatabla, no vaya a ser cosa que nos vaya mal por no cumplir minuciosamente con el protocolo.

Es que la memoria emotiva registra y trae a nuestros días aquellos momentos en que fuimos felices. Un lugar amable, un aroma, una vuelta a la infancia y a aquellos seres queridos que también disfrutaron con cuestiones del fútbol.

Sé que he de fracasar en mi cruzada por explicarlo desde lo racional, pero igual he de intentarlo.

Muchos sostienen que el Mundial es un gran espectáculo que edición tras edición se encarga de embaucar a más personas incautas, elementales y desprevenidas que abrevan en sus encantadoras aguas. Puede ser cierto, pero no en el caso de muchos argentinos. Mi teoría es que quienes viven el Mundial del modo en que lo he expresado saben perfectamente que se les vende una ficción e igualmente la compran gustosos. ¿No es ello acaso lo que buscamos cuando vamos a ver una buena película, una obra de teatro o un recital que nos sacuda los tuétanos?

Pero a diferencia de lo que sucede con otras manifestaciones artísticas, el fútbol produce un efecto emocional real que abre puertas y hasta derriba muros comunicacionales.

No es casual escuchar decir a un técnico como Ariel Holan que sólo se daba un abrazo con su padre cuando hacía un gol el equipo de sus amores o a Eduardo Sacheri evocar a José Omar Pastoriza por ser el puente que lo unió con su padre.

Hay historias de abuelos, padres e hijos que sólo pueden ser contadas en términos futboleros.

Gente que empieza una conversación o manda un mensaje a quien quiere y está lejos hablando de tal o cual jugada. Whatsapps cómplices, que recorren miles de kilómetros entre quienes no se pueden tocar y comparten un sentimiento a través de una imagen.

Es que debajo del serpenteo de un río estruendoso subyace la profundidad del afecto. Es allí donde el fútbol hace de las suyas, ofreciendo un vergel por el que el sentimiento aflora.

Para aquellas personas más reservadas el lenguaje del fútbol es una bendecida manera de reducir distancias, de transmitir aquello que por otra vía no sabe o no puede expresar. Una metáfora que viaja, en forma de pelota.

El Mundial no nos ha de solucionar los graves problemas con los que vivimos a diario, pero seguramente cuando juegue la selección nos encontrará unidos e ilusionados. Algo para lo que la política ha demostrado con creces ser incompetente.

Más encontrar estos espacios de concordia puede ser una buena manera de sentir más y pensar menos. De autopreservarse y guarecerse por un momento de los flagelos con los que muchos conviven a diario.

Pues bien, si aún tras tan infructuosa explicación están los que con dedo acusador piden el cadalso para los que pretendemos sólo una licencia futbolera de un mes, nos declaramos plenamente culpables de tener que ejecutar la pena de 48 meses, hasta que llegue el próximo Mundial.

*Abogado, profesor nacional de Educación Física y docente universitario

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