Condicionantes culturales del desarrollo tecnológico

22 oct 2005 - 00:00

por CARLOS E. SOLIVEREZ

Especial para "Río Negro"

Contrariamente a las predicciones de los economistas de los países más industrializados, la brecha tecnológica entre esos estados y el resto del mundo (donde se incluye Argentina) se agranda año a año. Como las tecnologías son hoy en día los medios indispensables para proveer las necesidades esenciales de todos (y también los deseos suntuarios de los ricos), el resultado es el sostenido aumento de la pobreza y la indigencia en el tercer mundo. Podría dar aquí las pavorosas cifras que prueban esta afirmación, pero la finalidad de este trabajo es otra: explicar por qué aún el país más rico en recursos naturales y con todos los capitales económicos e intelectuales necesarios para explotarlos puede ver seriamente trabado su desarrollo por condicionantes culturales. Personalmente creo que éste es el caso de Argentina, tierra dotada de incomparables ventajas naturales, abundantes capitales (los de origen argentino depositados en el exterior superan holgadamente la deuda externa), razonable nivel de alfabetización y con saberes tecnológicos nada despreciables.

Las actividades tecnológicas son altamente organizadas: separación de materiales, fabricación de partes con formas precisamente especificadas, disponibilidad y uso de técnicas apropiadas para cada tarea, organización del personal y sus actividades, obtención de insumos y servicios en lugar, tiempo y forma, transporte y distribución de los productos, cobro de la producción y distribución de los ingresos. La flexibilidad en la organización de estas actividades es muy reducida, cada función o secuencia debe cumplirse con escasos márgenes de variación. Comparemos esto con lo que sucede en las tres grandes categorías de objetos que constituyen el mundo en que vivimos: los inorgánicos (tierra, agua y aire); las plantas y animales; y las personas.

La materia inorgánica se organiza o desorganiza en base a las fuerzas exteriores que le dan ubicación, circulación y forma. La fuerza gravitatoria dio su forma casi esférica al planeta y atrae los meteoritos que periódicamente devastan partes de su superficie. La radiación solar distribuye el agua y los vientos de maneras mayoritariamente imprevisible aún a corto plazo, como lo ejemplifican las sequías, inundaciones y avalanchas. La energía almacenada en forma de calor en el interior de la tierra es el motor de los volcanes que periódicamente arrasan algunas zonas. La imprevisibilidad y el desorden son la regla general de comportamiento del mundo inorgánico. Las tecnologías lo organizan creando un mundo artificial mucho más hospitalario para las personas.

Lo orgánico es en cambio altamente ordenado y una mirada superficial podría hacernos creer que es un modelo para las actividades tecnológicas. Cada ser vivo es capaz de replicarse a sí mismo, a veces en enormes cantidades, con escasas diferencias de forma. ¿No es justamente lo que sucede en un proceso de fabricación industrial de cualquier tipo? Un análisis cuidadoso muestra que la semejanza es sólo aparente. En primer lugar, cada organismo viviente sólo puede fabricar organismos idénticos a sí mismo, y cuando las diferencias son excesivas el resultado es la incapacidad o la muerte. En segundo lugar, pero no menos importante, las fuerzas que dan forma a los organismos son predominantemente interiores (reacciones químicas controladas por información genética), no exteriores como en el mundo inorgánico. Estas fuerzas interiores provienen de estructuras funcionales capaces -gracias a información también interna- de producir el mismo resultado en circunstancias muy variables, pero siempre acotadas. Una planta puede sobrevivir y reproducirse en terrenos más secos o más húmedos, pero no siempre en terrenos desérticos o en pantanos. Un animal puede soportar usualmente un amplio rango de temperaturas ambientales, pero raras veces mayores de 45ºC o menores de 10ºC. El orden del mundo orgánico es grande, pero acotado. Este orden es además un producto histórico de centenares de miles de años de evolución. Las tecnologías fabriles se basan en la aplicación de fuerzas e información exteriores a los materiales y son capaces de producir gran cantidad de réplicas también casi exactamente iguales, pero sus productos pueden ser variados y modificados por la voluntad humana en plazos mucho menores que la vida humana. Si las tecnologías se rigieran por el mismo proceso de desarrollo que los organismos biológicos, habría tal vez un nuevo modelo de computadora cada mil años y un artefacto totalmente novedoso cada millón de años.

Con la especie humana aparece un fenómeno inexistente en la materia inanimada y en los restantes organismos vivientes. Este -que en la vida diaria vagamente denominamos "alma" o "espíritu"- es no sólo la conciencia, aquí y ahora, del mundo que nos rodea -capacidad que compartimos con los animales superiores- y la conciencia de nosotros mismos -que probablemente ningún otro animal tenga-. El aspecto radicalmente novedoso de la conciencia humana es su capacidad de "ver" potencialidades, imaginar cómo podríamos llegar ser tanto nosotros mismos como el mundo que nos rodea, y en particular la capacidad d organizar actividades y materiales para hacer realidad esa visión. Estas destrezas humanas son los requisitos ineludibles para cualquier actividad tecnológica: propósito y eficacia, deseo de cambio y la pericia para obtenerlo.

Todos estos rasgos hacen que las actividades tecnológicas sean totalmente diferentes de las científicas. Las ciencias naturales se basan en la descripción, identificación, clasificación, explicación y -ojalá- previsión de los fenómenos. Están construidas por relaciones de causa-efecto, donde el efecto de una causa actual está en el futuro y la causa de un efecto actual está en el pasado. La formulación puede ser rigurosamente determinista -como en la mecánica- o sólo probabilística -como en la física atómica-, histórica -como en la geología y la biología evolutiva- o casi instantánea -como en los fenómenos eléctricos cotidianos-. Sin embargo esto no cambia su característica de causalidad estricta: causa primero, efecto después. Para algunas tecnologías las ciencias son un medio -caso de la electrónica y la medicina, tecnociencias por excelencia-, pero no para todas. Las tecnologías de satisfacción de las necesidades básicas de alimentación, vestimenta, vivienda, seguridad personal y transporte se desarrollaron mucho antes que las ciencias. A diferencia de los fenómenos naturales, las causas de las actividades tecnológicas están en el futuro, o mejor dicho en la representación de un futuro posible, pero no asegurado, donde el problema de hoy encuentra su solución. Las representaciones más importantes por ser las organizadoras de nuestro futuro, los propósitos últimos o finalidades, están fuertemente condicionadas por los bienes materiales y las ideologías del grupo de social: la cultura en el sentido antropológico del término.

Los productos tecnológicos son también frutos de la división del trabajo. No hay invención sin un inventor que dedique el tiempo y esfuerzo suficiente a realizarla, y alguien tendrá que alimentarlo y vestirlo en el proceso. No es posible la división del trabajo, la especialización técnica, si no hay alguien que haga lo que el otro no puede o no sabe hacer. Es decir, no puede haber actividades tecnológicas sin organización social. No puede haber destrezas técnicas complejas -que son la acumulación interactiva de muchas destrezas simples- sin códigos culturales de transmisión de información -lenguaje vulgar y técnico- y sin el entrenamiento de aprendices por maestros -nadie aprendió a esquiar leyendo un libro-. Las actividades tecnológicas de una cultura están, por todo lo dicho, fuertemente condicionadas por su particular orden social, orden que está históricamente construido, ideológicamente representado, legalmente regulado, tradicionalmente aceptado.

Debemos entonces preguntarnos cuáles son las características culturales argentinas que hacen tan difícil el desarrollo estable de actividades tecnológicas. Los últimos 30 años de historia argentina muestran claramente que son falsas las afirmaciones de los fundamentalistas de la economía cuando dicen que las leyes del mercado, el ingreso (nunca se habla de su inevitable posterior salida) de capitales y el "derrame" de las riquezas de un grupo selecto son suficientes para la satisfacción de las necesidades esenciales de toda la población.

El proyecto de vida, los intereses personales de los que directa o indirectamente tienen el poder para organizar la sociedad no incluyen la provisión generalizada de las tecnologías indispensables para satisfacer esas necesidades esenciales. Por su parte, las mayorías -ahora afortunadamente no tan silenciosas como expresa la muletilla- consideran que las relaciones clientelísticas con el poder son infinitamente más eficaces que las tecnologías para la satisfacción de sus necesidades vitales.

El orden social, a diferencia de los meteoros y las catástrofes naturales, no es fruto del azar. Sus catástrofes se originan en nuestra generalizada incapacidad de visualizar o interesarnos en las consecuencias de mediano y largo plazo de nuestras elecciones. El mundo social y artificial que es su consecuencia se organiza a partir de lo que sus actores creen deseable y consideran posible. El orden que se impone al mundo de otro modo caótico e inhóspito para las personas requiere grandes inversiones de energía psíquica y física, ambas controladas por la información mental que son los propósitos y la conciencia de nuestras habilidades. Cuando estas creencias son fortuita o deliberadamente erróneas sólo pueden ser modificadas con mucho tiempo y esfuerzo mediante la educación.

Todos los estudiosos del desarrollo tecnológico coinciden en que tiene como condición necesaria, aunque no suficiente, un buen sistema educativo. ¿Lo tenemos?

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