De Lombroso a la moderna ciencia forense

21 oct 2009 - 00:00

Cesare Lombroso (1835-1909) fue una figura señera en cuestiones médico-legales, a punto tal que sus escritos pueden ser, en cierto sentido, considerados una subespecie de literatura legal en lo que atañe a la prueba y a sus procedimientos. (1)

Contrariamente a lo que suele creerse, sin embargo, no basó toda su obra en razones estrictamente genéticas -o traducidas en el aspecto físico de los delincuentes- sino que, amén, estudió factores complementarios para la génesis de la actividad criminal tales como el clima, la densidad poblacional, el nivel socio-económico del sujeto, el alcoholismo y la instrucción alcanzada.

A pesar de ello, lo que más sobrevive de su trabajo es, precisamente, lo que hoy podría considerarse la parte menos importante, aquella que correlaciona el comportamiento delictivo con estigmas físicos externos o internos: orejas grandes, en asa; asimetría craneal; miembros "desproporcionados" y fóvea craneal, entre otros.

Estos pensamientos, atribuidos al maestro italiano, no son, sin embargo, tan originales del mismo como se piensa habitualmente: tienen su inicio con el desarrollo de las primeras autopsias -especialmente las de carácter forense-, algunos de cuyos registros más fidedignos datan del primer decenio del siglo XIII. Por otra parte, como agudamente señala Pedro Laín Entralgo: "...siempre hubo hombres de mentalidad ´localizadora´ o ´materializadora´, espíritus inclinados a representarse como un juego de ´cosas visibles´ todos los fenómenos del universo". Así, ya en los siglos XVI y XVII, en un impresionante trabajo recopilado por Teófilo Bonet (1620-1689) se hallan relatos fantásticos sobre el hallazgo de "corazones velludos" en sujetos muy audaces o "anomalías musculares" en la mano de ciertos ladrones. (2)

Por todo lo antedicho, no es de extrañar que Lombroso, formado aún bajo el imperio de estas doctrinas, buscara y reprodujera los hallazgos que luego lo hicieran famoso: para su época, las lesiones anátomo-patológicas eran, sin duda, la clave diagnóstica de todo problema médico que se considerase. Incluso, en ocasiones en que la lesión era un mero hallazgo, constituía la llave del problema a resolver. En esta corriente de pensamiento, Laplace, por ejemplo, definía como "sabio a quien era capaz de conocer con certidumbre y exactitud, según leyes fijas". Bichat, en 1801, convenía con este postulado, subordinando todo cuadro sintomático -piénsese, por favor, en el crimen como un síntoma- a la lesión anatómica, al señorío del signo físico.

Pero admitamos, siguiendo a Boerhaave, que "cada arte -y la Medicina es ciencia y arte- tiene su medida y debe reconocer los límites precisos en que su potestad cesa".

A las limitaciones propias del método anátomo-patológico, al cambio de paradigma de pensamiento social que no admite hoy, afortunadamente, los estigmas físicos como indiciarios de criminalidad, se viene a sumar, por otra parte, un hiperdesarrollo de la técnica médica -en detrimento, tristemente, de la vertiente artística- que permite, por ejemplo, estudiar mediante procedimientos no invasivos (una suerte de moderna disección imagenológica y funcional) el cerebro de aquellos sindicados como criminales, o se pergeñan tablas diagnósticas prediseñadas (verbigracia: HCR 20) que pretenden fijar, a una escala numérica, ciertos datos biográficos de la persona sometida a la experticia del médico legista.

Este avance tecnológico al que aludimos -de indudable provecho en muchísimos aspectos diagnósticos y terapéuticos- no deja de representar una mera ilusión, al menos en muchos casos, en lo que atañe al diagnóstico preciso de las causas primigenias de una conducta criminal o del comportamiento futuro (predicción de reincidencia) de la persona que ha delinquido; no sirven, por tanto, como elemento de juicio certero para el profesional que los analiza y son sólo, si apenas, un aporte más al estudio del hombre delincuente que puede solicitar el médico legista o el psiquiatra forense.

Puesto en otros términos: no puede ni debe -bajo ningún supuesto- basarse un informe médico legal única y exclusivamente, ni siquiera en gran parte, en los hallazgos de estudios complementarios (TAC, RNM, SPECT, etcétera) o en tablas prediseñadas o no (por ejemplo, DSM) a tal fin; la tarea de los especialistas en Medicina Legal y/o en Psiquiatría Forense excede, con mucho, esta limitante, la rama estrechamente científica de la Medicina. No considerarlo así significaría, absolutamente, persistir en un modo de discernimiento pretérito; "lo último en el conocimiento -señala Laín Entralgo- no es siempre lo óptimo, mucho menos si de materia intelectual, ética o estética se trata".

Enseña el Prof. Dr. Humberto Lucero, y concordamos con él plenamente, esta concepción de no intentar ubicar, como antaño, cada comportamiento con un área específica y determinada del cuerpo de la persona; la cuestión de la conducta humana excede, con mucho, esta restricción. Y ello es lógico analizando, una vez más, la historia misma de la Medicina y de la Filosofía: la eterna discusión entre el problema del universal y el caso individual data de la Edad Media y persiste aún en nuestros días.

Sobre la experiencia del caso particular opera la racionalidad del observador, para llegar a una noción general. Siendo la razón una característica del humano, no puede ser suplida por ningún método complementario, y esto obliga al estudioso a volver, una y otra vez, desde lo general y ambiguo a lo particular y concreto de cada caso analizado; esto se logra, exclusivamente, con el trabajo personal -sin intermediación alguna- del perito médico frente al sujeto periciado, "en una entrevista larga y agotadora como una partida de naipes entre dos fulleros". (3)

Hemos sostenido -en innúmeras ocasiones- que debemos luchar por la revalorización de las ramas médica y psiquiátrica de las ciencias forenses. Asimismo, hemos argumentado nuestra irritación por aquellos magistrados que desprecian este saber. Sin embargo, para lograr este cometido, para alcanzar el reconocimiento que exigimos, no debemos externar toda la responsabilidad y aceptar sin melindres la cuota que a nosotros nos corresponde: no sólo deberemos esgrimir saberes técnicos ni basar preponderantemente en ellos nuestros informes sino que, amén, debemos complementar, indefectiblemente, nuestra formación con materias humanísticas tales como Filosofía, Sociología, Antropología, Criminología, Ética y Metodología de la Ciencia.

Ahora, ¿significa nuestra posición despreciar el saber técnico? Absolutamente no; sólo implica poner en adecuada perspectiva cada nivel de conocimiento. La tecnología, por sí misma, aunque de manera amplificada, no revela más que lo que Lombroso y sus contemporáneos tenían a simple vista. Los métodos complementarios pueden estudiar órganos pero no organismos; la biografía de un sujeto, en cambio, analizada por el perito, es el mejor estudio funcional a que se puede aspirar sobre la persona criminal.

Así y sólo así podremos ser verdaderos médicos especialistas en ciencias forenses, útiles a la comprensión y tratamiento de la criminalidad; lo contrario, el estudio exclusivo de la rama científica de nuestra profesión, apenas nos llevará a la categoría de técnicos.

 

ALEJANDRO BEVAQUA (*) Especial para "Río Negro"

(1) Clark, M. y Crawford, C.: "Legal Medicine in History". Cambridge University Press, Inglaterra, 1994. Pág. 99.

(2) Laín Entralgo, P. Ob. cit. Págs. 179 y 191.

(3) Lucero, Humberto: "Psiquiatría forense". Ficha de cátedra. Curso para la especialización en Medicina Legal. Bahía Blanca, Bs. As., septiembre 2000-septiembre 2002.

 

(*) Médico especialista en Medicina Legal

ALEJANDRO BEVAQUA

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