El dilema educativo argentino: conjugando el verbo "zafar"

Por Carlos Eduardo Solivérez (*)

05 jul 2005 - 00:00

Yo zafo, tú zafas, todos zafan. Según el diccionario, "zafar" es "encubrir", "liberarse de un estorbo", "esconderse para evitar un riesgo", "dar excusas para no hacer algo", "librarse de una molestia", "ser descarado o atrevido" o, según la jerga estudiantil, "hacer lo mínimo indispensable para que el docente nos deje pasar". Todas las acepciones describen la reacción de los educandos ante un sistema educativo cuya función los mismos docentes son usualmente incapaces de justificar. En un publicitado examen de ingreso universitario, una de las preguntas fue "¿Cuándo se produjo la toma de la Bastilla?". Para un adulto, jactarse de saber que fue ¿el 4 o el 14 de julio? ¿de 1776 ó 1789? (sólo señalo algunas de las respuestas más comunes, cuando las hay) sonaría a pedantería. ¿Por qué es importante saber que fue el 14 de julio de 1789? ¿O a fines del siglo XVIII? (respuesta más que válida). Yo le preguntaría, en cambio, a un adulto cualquiera "¿Qué clase social tuvo por primera vez acceso al poder durante la Revolución Francesa?" y seguramente la mayoría contestaría "el proletariado". Bochados, agarren los libros que no muerden, vuelvan a la escuela (¿o eso no se aprende ahí?). Cuando un alumno secundario pregunta al docente de Física "¿Y para qué sirve saber la ley de la palanca?" el docente farfullará (embarazo que indica que tiene plena conciencia de su falta de respuestas válidas) algo como "más adelante te vas a dar cuenta para qué" o "te ayudará a comprender mejor el mundo" (¿social o técnico?). Ninguno de mis amigos que no haya seguido una carrera técnica tiene hoy la menor idea de qué dice la ley de la palanca (un saber que no se usa se pierde rápidamente, dicen los expertos en aprendizajes) ni para qué sirve memorizarla (que no es lo mismo que saber usarla). En un curso de ingreso a una universidad nacional propuse a mis colegas de matemáticas incluir como problema el cálculo de la cantidad de células que se tenía luego de un cierto tiempo de división regular de cada una en dos. Una de ellas me dijo, algo ofuscada, "eso es demasiado abstracto, busquemos problemas más concretos". En una ciudad brasileña (hay un libro escrito sobre el tema, "En la vida diez, en la escuela cero") un canillita de 10 años vendía diarios y daba correctamente los vueltos a sus clientes, pero estaba aplazado en matemática por no saber usar los algoritmos canonizados por la escuela.

El sistema educativo argentino cumple acabadamente la función de "escolarizar". Pero, ¿qué es "escolarizar"? Varias veces, al indagar a algunos de mis alumnos sobre su comprensión de ciertos temas (lo qu requiere plantear un problema similar pero no idéntico al explicado en los textos o en el pizarrón), luego de una larga mirada perdida en la distancia surgió ingenuamente la imploración: "¿Qué quiere que le conteste, profesor?". La escolarización de un educando es justa y precisamente eso, no es desarrollar saberes que le ayuden a vivir mejor (que es, a fin de cuentas, la finalidad principal de la educación) sino adquirir la capacidad de sortear los obstáculos que se presentan en el transcurso del maratón educativo, de prever lo que el docente espera del educando. "Escolarizar" es, nada más y nada menos, en la Argentina de hoy, que el fomento del exquisito arte de "zafar".

No cometas, lector, el error de creer que el sistema educativo argentino carece de fundamentación teórica. La tiene, superabundante y (quizá) hasta rigurosa. Los saberes deben ser verbales y racionales, expresables con sintaxis, gramática y ortografía correctas y en terminología "culta" y según las leyes de la lógica. Los significados de los dichos no importan (la semántica no forma parte de los contenidos escolares normales), sino la forma. Es más correcto decir, como es frecuente leer en los periódicos o escuchar en los noticieros radiales y televisivos, "En el día de la víspera registróse una intensa precipitación nívea" que un tosco, vulgar y lamentablemente escueto "Ayer nevó mucho". Los "saberes previos" de los educandos (los que espontáneamente adquieren durante su experiencia vital) son vistos en el mejor de los casos como puntos de partida y en el peor como "errores, a veces muy persistentes, que es necesario erradicar". Las leyes de la lógica (que tampoco forman parte de los contenidos escolares obligatorios) se consideran imprescindibles para la justificación (criterio de verdad) de cualquier saber, aunque el filósofo Wittgenstein en su "Tractatus logicus philosophicus" (y varios otros pensadores antes que él) señalara que es solamente un artificio exclusivo del lenguaje. El pensamiento racional, pináculo intelectual de la civilización occidental (¿hay acaso otras civilizaciones?), no es visto como la etapa inicial del desarrollo de los saberes científicos sino como su única forma válida, a pesar de que la aplicación de este paradigma en los "sistemas expertos computacionales" durante la década de 1980 terminó en un estrepitoso (pero públicamente no reconocido) fracaso (lean "In search of mind", de Dreyfuss y Dreyfuss).

Los saberes deben ser funcionales a la vida, deben ayudar a resolver los problemas prácticos de la existencia, deben ser operativos, susceptibles de ser llevados a la práctica y no simulados en el compartimento estanco aislado del mundo social (salvando la asistencialista copa de leche) que son las instituciones educativas argentinas. Cuando le planteaba a uno de mis estudiantes del Instituto Balseiro, centro universitario argentino de excelencia, la importancia de vincular la institución con la comunidad de Bariloche (finalidad que en épocas recientes finalmente se está cumpliendo), me contestó: "El instituto podría igualmente estar ubicado en cualquier otra parte del mundo". Los saberes no sirven sólo para comprender el mundo, finalidad básica de las ciencias; nos permiten también transformarlo, función principal de las tecnologías. Y no todas las tecnologías tienen base científica. Las tecnologías básicas para la supervivencia humana (de la alimentación, la vestimenta, la vivienda, la seguridad personal y la relación social) se desarrollaron mucho antes de la aparición de las ciencias. Solamente las de la salud (las tecnologías médicas) y la comprensión del mundo tienen como requisito los saberes científicos.

Cinco son las grandes finalidades por cuya consecución los seres humanos invertimos o malgastamos la vida: la supervivencia, el placer, la belleza, la verdad y el bien. Las artes, las ciencias, la moral y las religiones sirven respectivamente a las tres últimas; las tecnologías, mayoritariamente a las dos primeras. La función principal del sistema educativo debería ser el armónico desarrollo de todas ellas, en un marco ético. En síntesis, la mejor preparación para una vida íntegra y solidaria. ¿Cumple la educación esta función? ¿Por qué no? Si no somos capaces de contestar esta pregunta, la conclusión será, si se me permite parodiar a un "brillante" intelectual argentino, que no somos un país "viable". No lo creo, demostremos que no es así.

 

(*) Doctor en Física

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