El país de los ganados

por Carlos E. Soliverez (*)

03 mar 2006 - 00:00

Especial para "Río Negro"

La creación del virreinato del Río de la Plata (1776) y la Revolución de Mayo (1810) concentraron el poder político en la provincia de Buenos Aires, justo cuando comenzaba el despegue de sus producciones ganaderas, a las que estimuló y protegió. Las guerras de la independencia (1810-1820) y el agotamiento minero de Potosí, si bien no cerraron completamente el mercado boliviano y peruano, lo disminuyeron mucho, al tiempo que las producciones regionales sufrieron la competencia de las industrias inglesas. La resignación de autonomías provinciales durante las guerras civiles (1820-1842) y el régimen rosista (1835-1852) favorecieron así la producción y el modelo económico ganadero de la provincia de Buenos Aires en desmedro de las producciones del resto del territorio. Los economistas liberales describen peyorativamente a esta época como una "estancada economía de subsistencia". "Estancada" porque no había aumento de la población ni gran generación de ganancias. De "subsistencia" porque la producción estaba orientada a la satisfacción de las necesidades básicas de la población. La estimación del producto bruto interno en base a los diezmos parroquiales brinda una visión muy diferente. En 1810 –antes de la devastación de las guerras de la independencia– el valor anual de la producción agrícola duplicaba el valor de las monedas acuñadas en 1790 en Potosí (antes de su gran declinación posterior), mientras que el comercio de cueros era una vez y media este valor.

Cuando la ideología laicista prevaleció sobre la cruzada conversora de la Conquista –proceso que se inició con la expulsión de los jesuitas en 1767 y culminó en Argentina con la creación del Registro Civil (que hasta fecha muy reciente no permitió el uso de nombres indígenas) y la Ley de Educación Laica– se requirieron otros argumentos que los de la fe para la justificación de la tutela sobre los indígenas. Uno de los principales argumentos blandidos por los economistas fue su incapacidad de progreso medida por sus excedentes económicos. Como vimos en las notas previas, fue justamente la apropiación de esos excedentes económicos lo que posibilitó la conquista y colonización. Los excedentes indígenas desaparecieron justamente en este período cuando la revolución tecnológica inglesa produjo textiles mucho más baratos que los artesanales indígenas que fueron libremente introducidos al territorio por la apertura indiscriminada del comercio. Los excedentes expropiados de las encomiendas indígenas no fueron usados en la modernización de los grandes obrajes textiles (que desaparecieron completamente) y se invirtieron (como fue la regla a lo largo de toda la historia argentina) en la siguiente oportunidad de grandes y rápidas ganancias: la ganadería. La incapacidad indígena de efectuar maniobras similares fue estigmatizada con el calificativo de "economía de subsistencia". En realidad su situación era mucho peor, ya que es

taba en franco retroceso la capacidad indígena de satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vestimenta y vivienda (por no hablar de las de seguridad personal, salud, participación social y de comprensión del alocadamente cambiante mundo circundante). Durante todo el período hubo un gran trasvasamiento de nómades a asentamientos rurales unifamiliares (con la consiguiente ruptura de los tradicionales vínculos y economías tribales) y comienzó la transición de las tecnologías alimenticias de caza y recolección a las agrícolas (como demuestran los cultivos indígenas encontrados en la Campaña del Desierto). En tal contexto el término "estancamiento" sólo enmascara la ignorancia sobre los complejos fenómenos culturales y económicos que se estaban produciendo en el territorio.

Durante todo el período la ganadería fue lo que los economistas denominan el sector más "dinámico" de la economía: el mayor generador de lucro para los grandes productores (los dueños de los saladeros) y los grandes exportadores e importadores (los comerciantes mayoristas de Buenos Aires). Los saberes técnicos del territorio eran escasos porque habían pocos artesanos portadores y transmisores de saberes y muchos menos libros técnicos y lectores capaces de interpretarlos. Los intentos de crear escuelas técnicas —como los de Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia— casi siempre fracasaron, con la gloriosa excepción de la Escuela de Medicina de Buenos Aires cuyos profesores Miguel O'Gorman y Cosme Argerich introdujeron y aplicaron en el país la vacuna antivariólica muy poco después de su invención en Inglaterra por Eduardo Jenner. La mano de obra (los nómades gauchos) era escasa y cara (ya habían desaparecido las encomiendas indígenas y el ganado cimarrón les brindaba alimento suficiente) y sus destrezas naturales no eran fabriles, ni siquiera artesanales, sino ecuestres. La tierra era todavía barata pero el capital era caro, no por demasiado escaso sino porque sus grandes poseedores preferían gastarlo en bienes suntuarios (como evidencian minuciosamente los testamentos de la época), hábito que se prolongaría en el tiempo. El transporte interior era muy deficiente, no se construyeron caminos nuevos, casi no se mantenían los viejos y los pocos barcos que se fabricaban en el Litoral eran pequeños y rudimentarios. Los fletes eran, en consecuencia, una elevada fracción del costo final de productos lejanos a los mercados consumidores, y sólo era buen negocio exportar productos de muy alto valor en relación con su volumen y peso (lo que no se cumplía, por ejemplo, para el trigo ni su harina). La producción pampeana que se adaptaba de manera óptima a todas estas circunstancias fue la de los productos de la ganadería, en especial los cueros.

La inicial cacería de vacunos (las "vaquerías") estuvo basada en la existencia de grandes extensiones de pastos naturalmente renovables (las periódicamente inundadas praderas pampeanas) en la que se reproducían naturalmente los ganados; de jinetes indiferentes al derramamiento de sangre (cazaban los animales cortándoles los tendones con especies de guadañas atadas a largas lanzas y los descueraban en el lugar) a los cuales no había que alimentar (pues comían partes de los mismos animales que cazaban), vestir ni albergar. Cuando los ganados cimarrones empezaron a escasear por el exceso de caza, comenzó su apropiación en las estancias pampeanas. El intento fue bastante exitoso con los morosos vacunos, a los que se rejuntaba en rodeos para llevarlos a las aguadas, pero fracasó con los caballos que se dispersaban fácilmente por lo que perduraron más tiempo en estado salvaje. Esto generó continuos conflictos de estancieros con estancieros y agravios contra los gauchos matreros que hacían merienda o cabalgadura del animal más próximo. Justo al final del período hizo su aparición el dispositivo tecnológico que cambiaría radicalmente a los campos y sus moradores: el alambrado. Permitió confinar los animales, viabilizando su mejora por mestización; delimitó las tierras facilitando su apropiación; protegió a los cultivos agrícolas de los animales sueltos, estimulando su expansión; obstaculizó el libre desplazamientos de los nómades gauchos, favoreciendo su radicación.

Durante la primera mitad del siglo XIX se produjo el afianzamiento en todo el territorio de la estancia ganadera como unidad productiva integral de alimentos (carne, ¡leche!, cereales, hortalizas) y materiales (cueros, sebo, fibras textiles...) para la subsistencia. La invasión de productos industriales hechos con tecnologías más eficientes que las del territorio destruyó la mayoría de las fuentes del comercio del interior del país, con la excepción de la ganadería vacuna y equina, imprescindibles para la alimentación y el transporte interior. Hasta las bebidas alcohólicas y la yerba mate tuvieron dificultades por las obsoletas tecnologías del transporte: una carreta demoraba unos tres meses en viajar de Buenos Aires a Jujuy, y otro tanto en su carga y descarga en origen y destino. La primera y entonces única industria ganadera –los saladeros productores de cueros, tasajo, sebo, pezuñas y cuernos– no sufrió, sin embargo, estas limitaciones del transporte. Surgidas en la segunda década del siglo, capitalizaron la eficiencia del transporte marítimo y fluvial (grandes cargas en largos tiempos pero a muy bajo costo, casi una centésima del de igual recorrido terrestre) ubicándose sobre las márgenes fluviales y marítimas de las pampas ganaderas. La enorme movilización de ejércitos causada por las guerras napoleónicas generó a comienzos del siglo XIX una gran demanda de cueros, que complementada con la de tasajo para los esclavos africanos de Brasil y las Antillas (los grandes productores de azúcar de la época), generaron enormes ingresos para los comerciantes mayoristas en Buenos Aires (inicialmente españoles), los porteños dueños de los saladeros y los comerciantes ingleses que hacían el nuevo monopolio del transporte. A esto se sumó el central rol político que tuvo Buenos Aires como sede del gobierno y el económico que le dio la apropiación de todos los ingresos de la Aduana.

Las acciones humanas exitosas generan patrones que tienden a aplicarse en todos los órdenes de la vida, así que veamos la clase de comportamientos que fomenta el manejo de una estancia. La conducción es unipersonal y basada no en normas o principios sino en la experiencia; como "el ojo del amo engorda el ganado", los asuntos importantes no pueden ser delegados y no hay lugar para la valoración del saber ajeno; se puede domesticar y someter a los animales mediante la fuerza o recompensas bien elegidas y cabe aplicar los mismos métodos a las personas; los fenómenos naturales son impredecibles y no modificables. Cualquier parecido con la forma de gobierno de uno de los más eficientes estancieros de su época, Juan Manuel de Rosas, ¿es pura coincidencia? No creo causalidad que sus ideas hayan sido compartidas, avaladas y al menos consentidas por gran parte de la población. Dentro de este esquema mental autoritario, conservador, excluyentemente empírico, fatalista, conductista y desvalorizador de los saberes ajenos hay escasas o nulas posibilidades de cambios tecnológicos, ya que la naturaleza inanimada no puede ser sometida sólo por la fuerza, requiere también el estudio y comprensión de sus leyes, en esfuerzos cooperativos con la participación igualitaria de muchas personas. En contraposición, durante la época rosista algunos intelectuales argentinos exilados desarrollaron a través de periódicos de Chile, Bolivia y Uruguay un intenso proceso de reflexión y discusión pública sobre la Argentina que deseaban construir. Llevaron así a cabo, con el voluntarismo y los errores característicos de los novatos, la primera y más difícil etapa que debe sobrepasar cualquier tecnología innovadora, el diseño de nación se llevó a la práctica durante el período que analizaré en la cuarta nota de esta serie.

(* ) Doctor en Física y

Diplomado en Ciencias Sociales

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