Elogio de la bicicleta

23 feb 2007 - 00:00

Aunque hubo varias versiones anteriores, el precursor más parecido a la actual bicicleta salvo los neumáticos de caucho que se introdujeron pocas décadas después fue el velocípedo que se popularizó en Francia a mediados del siglo XIX. Con la posterior introducción de frenos, sistemas de engranajes de reducción y el uso de materiales livianos de alta resistencia, la bicicleta alcanzó finalmente su forma actual. De todos los vehículos de transporte individual de pasajeros, es el de más bajo costo, gastos de operación y mantenimiento; el de mayor rendimiento en la conversión de energía en movimiento; el único no contaminante y cuyo uso regular mejora la salud física del conductor.

En las crecientes congestiones de tránsito de las grandes metrópolis, la velocidad de circulación de las bicicletas es muchísimo mayor que la de cualquier otro vehículo. Por esta razón, varias grandes ciudades del mundo han reservado zonas completas del microcentro exclusivamente a la circulación de bicicletas, obligando a dejar los automóviles en su perímetro. En algunas, se proveen gratuitamente y son retiradas y dejadas en lugares especiales para su libre uso en trayectos infinitamente variados. En varias ciudades de Holanda hay carriles especialmente reservados a su circulación, con sus propios semáforos y amplios lugares de estacionamiento. A quien le preocupe que la bicicleta exponga su cuerpo a la lluvia y el frío, cualquier buen montañista le confirmará que los avances tecnológicos en vestimenta pueden protegerlo muy eficientemente en las condiciones climáticas más extremas.

La bicicleta es, asimismo, fuente de importantísimos saberes prácticos. Ilustra todos los principios básicos de la mecánica: palanca de frenos, tornillos varios, plano inclinado (caso de los caminos en pendiente o rampas), ruedas, poleas, engranajes, rozamiento, conservación de la energía (como cuando nos deslizamos cuesta abajo sin pedalear). Sería difícil comprender siquiera los principios más elementales de la pneumática si no usáramos infladores y tuviéramos cámaras con pinchaduras que parchar.

La bici también refresca periódicamente nuestros conocimientos anatómicos cuando, después de varios meses de no usarla, redescubrimos adoloridos músculos que ya habíamos olvidado tener. Arreglar una enseña a manejar variadas herramientas. Desarmarla completamente y volverla a armar es uno de los mejores ejercicios prácticos de tecnología para el adolescente curioso (así como una rica fuente de arandelas sobrantes). El uso masivo de estos pequeños vehículos disminuiría el de automóviles para trayectos cortos (con el consiguiente ahorro de combustible y mejora de la limpieza del aire) y haría mucho por la salud de sus usuarios.

Para ello hay que resolver primero algunos problemas. La bicicleta brinda variadas oportunidades a los transgresores, a los adictos a la adrenalina y a los prepotentes. He visto a ciclistas avanzar por una vereda llena de peatones, lo que obligó a los jóvenes a saltar fuera de su camino e hizo que algunas viejitas desparramaran el contenido de sus bolsas de supermercado. También los he visto zigzaguear a toda velocidad entre los carriles de una autopista y ponerse a sí mismos y a los demás en grave peligro.

El modo de manejarse de los conductores de automotores replica los peores comportamientos sociales. Los vehículos más elegantes, cómodos, grandes, fuertes, rápidos y duros que las bicicletas (los poderosos) obligan a los ciclistas (los débiles) a cederles el paso para no poner en riesgo sus bienes y su vida. Los poderosos se reservan las partes más lisas, mejor conservadas y más anchas de la ruta, donde cualquier intrusión de los débiles es duramente castigada: en el mejor de los casos, de manera simbólica (bocinazos) y usualmente contestada de la misma manera (dedo medio hacia arriba); en el peor, con pasajes rozantes que generan torbellinos de aire que expulsan prontamente al intruso. Los gobiernos hacen cuantiosas inversiones (aunque reconozcamos que en general insuficientes) en el pavimento y sólo ínfimas en los sectores a los que son relegados los ciclistas: las banquinas (usualmente prístinas reservas naturales, con lagunitas y arbustos librados a su evolución natural) y los empalmes con calles de tierra (usualmente depósitos de cantos rodados capaces de dar por tierra con cualquier ciclista desprevenido).

Tanto la cantidad de ciclistas como su seguridad aumentarían mucho con: buenas campañas educativas tanto para los conductores de bicicletas como para los de los otros vehículos; la sanción de legislación protectora de los ciclistas similar a la que ya existe para los peatones; el establecimiento de bicisendas urbanas y circuitos de uso turístico, así como la mejora de las banquinas y empalmes; la provisión de lugares de estacionamiento abundantes y seguros. Esto ayudaría a las personas de menores ingresos, disminuyendo grandemente sus gastos de transporte; mejoraría la salud de los sedentarios y mejoraría los saberes prácticos de todos; atraería turistas a los lugares con buenos paisajes y bicisendas que permitieran disfrutarlos sanamente y con mayor tranquilidad; disminuiría la contaminación del aire, el consumo de combustibles fósiles y, en consecuencia, el calentamiento global. Los beneficios serían muy grandes en relación con la simplicidad y bajo costo de la bicicleta y las relativamente pequeñas inversiones necesarias para promover su circulación.

 

CARLOS E. SOLIVEREZ (*)

Especial para "Río Negro"

(*) Dr. en Física y diplomado en Ciencias Sociales.

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