Ideología y petróleo

23 nov 2007 - 00:00

Pese a que nuestra industria estaba mucho más madura que durante la Primera, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) causó falta de maquinarias, repuestos e insumos esenciales, especialmente carbón y petróleo. Las locomotoras tuvieron otra vez que quemar maíz y trigo y hasta cáscaras de maní y bagazo de arroz y de caña. A pesar de estas graves limitaciones, en 1943 el producto bruto industrial superó por primera vez al agropecuario. Entre 1942 y 1947, EE.UU. aplicó a la Argentina un severo boicot económico, incluyendo presiones a países como el Reino Unido para evitar la compra de nuestros productos. La directiva oficial estadounidense de 1945 sobre las exportaciones de bienes a nuestro país fue que “es esencial no permitir el crecimiento de la industria pesada argentina”. Las razones públicamente alegadas para el boicot fueron ideológicas: el generalizado sentimiento anti-estadounidense de los argentinos; las simpatías nazi-fascistas de sus gobiernos durante la guerra; la negativa de Perón a alinearse con Estados Unidos. Seguramente tuvo más peso el que durante la guerra nuestros productos agropecuarios compitieran en Europa con los norteamericanos. Como entre los bienes que las empresas  del país del Norte tenían prohibido vender a la Argentina estaban los indispensables para la explotación del petróleo, se estancaron la exploración y producción.

El fin de la guerra inició un nuevo orden planetario cuyos rasgos centrales fueron la Guerra Fría y la asunción de EE. UU. como cabecilla del bando capitalista. Su principal medio de afianzamiento fue la inversión de 13.000 millones de dólares (aproximadamente 10 veces más en dólares de hoy) hecha en Europa occidental por el Plan Marshall (1947-1951), pero hubo varios más. Hasta la década de 1940, la Argentina tenía un desarrollo económico comparable al de Australia, Canadá y muchos países de Europa occidental. Entre 1947 y 1949, EE. UU. subsidió la compra de más de 1.000 millones de dólares adicionales de productos canadienses, lo que promovió un gran crecimiento de su economía. Algo similar ocurrió con Australia. Las producciones argentinas, en cambio, fueron deliberada y sistemáticamente boicoteadas. La situación se agravó en 1947, cuando el Reino Unido congeló los pagos en libras por los productos argentinos (violando el Acuerdo Eady-Miranda de ese mismo año), cuyos montos sólo podían ser canjeados por productos británicos o ferrocarriles, ya sobrepagados por los argentinos pero cuya concesión había sido entregada a perpetuidad. En este contexto de una economía ya muy globalizada y usada para la dominación, la Tercera Posición de Perón, con su explícito rechazo del capitalismo y el comunismo, fue una tal vez loable declaración principista cuya consecuencia práctica, la imposibilidad de actualizar la industria, fue muy negativa para el país. Es a partir de esta época que se inició el acelerado "atraso" argentino respecto de las naciones más industrializadas del planeta.

La mal integrada industria argentina de las décadas de 1940 y 1950 dependía críticamente de las importaciones. Faltaba industria pesada, especialmente petroquímica, siderurgia y la capaz de fabricar motores, máquinas, herramientas y vehículos automotores. La Constitución de 1949 declaró a los recursos minerales propiedad de la Nación, lo que terminó con los conflictos jurisdiccionales provinciales por el petróleo que describimos antes. En 1947, Perón estableció que la política petrolera argentina debía "basarse en los mismos principios en que descansa toda la política económica: conservación absoluta de la soberanía argentina sobre la riqueza de nuestro subsuelo y explotación racional y científica por parte del Estado". A pesar de los ambiciosos objetivos planteados en el Primero y Segundo Plan Quinquenal, la industria no pudo llegar a proveer equipos de perforación petrolífera cuyas tecnologías eran meramente las archiconocidas de la mecánica y la metalurgia.

Durante la época de bonanza económica argentina, el boicot estadounidense impidió a YPF renovar sus anticuadas instalaciones; cuando éste terminó, ya no había fondos. En 1955, YPF tenía 55 equipos de perforación, menos de la mitad del mínimo imprescindible. En mayo de ese año, en el marco de un abultado déficit de la balanza comercial, Perón tiró por la borda su nacionalismo petrolero otorgando una concesión por 40 años a la Compañía California Argentina de Petróleo (subsidiaria de la hasta el día anterior demonizada Standard Oil) para que explotara el petróleo en 50.000 kilómetros cuadrados de Santa Cruz (superficie más del doble que la provincia de Tucumán). Su argumento de que "YPF no tiene capacidad organizativa, ni capacidad técnica, ni capacidad financiera para un esfuerzo de esa naturaleza" fue el mismo que usó después Arturo Frondizi para justificar su análoga pirueta ideológica. Frondizi, presidente de la Unión Cívica Radical, fue el principal crítico de la propuesta denunciando que "los capitalistas extranjeros se transformarán en los dueños de la economía argentina". También se opusieron sectores del gobernante Partido Justicialista, el respetado diputado socialista Alfredo Palacios la calificó de "contrato desgraciado" y el intelectual Adolfo Silenzi de Stagni razonó que llevaría a la Argentina a "la misma situación que la China en el siglo XIX". Perón denigró a sus detractores calificándolos de "nacionalistas de opereta", pero su derrocamiento en setiembre de 1955 le impidió consumar la concesión. Como su plan de desarrollo de la industria extractiva del carbón no tuvo éxito, el abastecimiento energético del país llegó en ese momento al borde del colapso. La adecuada disponibilidad de energía fue un crónico problema tecnológico argentino desde la época colonial y sigue siéndolo en el siglo XXI.

CARLOS E. SOLIVÉREZ

Especial para "Río Negro"

(*) Doctor en Física y diplomado en Ciencias Sociales. Mail: csoliverez@gmail.com

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