Indígenas y conquistadores

por CARLOS EDUARDO SOLIVEREZ (*)

13 feb 2006 - 00:00

Especial para "Río Negro"

Argentina produce el triple de los alimentos necesarios para su población, pero tiene varios millones de niños desnutridos. Aplica las últimas tecnologías en su producción de soja, incluyendo las transgénicas, pero no proporciona agua potable ni de riego ni control de inundaciones a millones de sus habitantes. Pasa, en pocos años, de ser uno de los mayores morosos incobrables del planeta a tener un gran superávit fiscal y a cancelar anticipadamente algunas deudas. Su carencia o disponibilidad de tecnologías para la producción y la atención social no pueden entonces explicarse por falta de recursos naturales, de inteligencia o de capital, los factores más invocados por los estudiosos del tema. El estudio de la historia del uso de las tecnologías por los argentinos da algunas claves que desarrollaré progresivamente en estas notas. La constaté en todos los períodos: conquista, colonización, inserción en el mercado productivo internacional, industrialización y "financierización" (si se me permite el neologismo) es la lucha, a veces violenta, por la apropiación de las fuentes y los medios de generación de formas de la riqueza. Si la codicia es la puja por una porción de riqueza en exceso de la media, no creo exagerado afirmar que la totalidad técnico-social-ambiental del fenómeno tecnológico argentino puede comprenderse como el conflicto entre la codicia, la satisfacción de las necesidades humanas vitales y la preservación del medio ambiente. Las necesidades vitales, cuya falta de satisfacción necesariamente acarrea grave o seguro riesgo de muerte, son: la seguridad personal, la alimentación, la vivienda, la vesti- menta, la relación social, la salud y la comprensión del mundo. Las cinco primeras necesidades vitales pueden satisfacerse mediante tecnologías basadas en saberes empíricos obtenidos por el método de "el ensayo, el error, la corrección y el vuelta a empezar". La sexta y la séptima necesidad (salud y comprensión del mundo) tienen como requisito la existencia previa de saberes científicos auxiliados por tecnologías complejas (como las de registro de información y de fabricación de instrumentos) imposibles en sociedades sin eficiente división social del trabajo. La preservación del medio ambiente requiere evitar dañarlo (contaminación), no consumir más recursos renovables que los que se pueden reponer, usar muy prudentemente los recursos no renovables. Esta serie de notas intenta explorar como se planteó y resolvió o quedó sin resolver este conflicto a lo largo de la historia argentina, hasta nuestros días.

América era una posesión personal de los reyes de Castilla y en tiempos de la conquista no tenían acceso a ella los vasallos de otros reinos, aun los aliados a Castilla. Con muy escasas excepciones, los conquistadores provenían de dos de los tres estamentos bien diferenciados de la sociedad castellana: la gran nobleza, la pequeña nobleza y la plebe. La gran nobleza –los condes, duques, marqueses, príncipes y reyes que se consideraban "primos" entre sí– disfrutaba de suficientes honores y riqueza como para emprender la dudosa aventura de "hacer la América". El estamento superior de los conquistadores era el de la pequeña nobleza: los "hidalgos segundones", las nobles hermanas y los hermanos menores (y sus descendientes) del primogénito varón que heredaba la mayor parte de la fortuna familiar. El estamento inferior era el de los plebeyos sin "nobleza de sangre", que sólo podían aspirar a alcanzar "nobleza de privilegio" en premio por servicios muy destacados: Francisco Pizarro, el analfabeto hijo bastardo de un empobrecido hidalgo extremeño, fue designado marqués en mérito a las 30 toneladas de oro que envió en concepto de participación real en el saqueo del imperio incaico. Sin necesidad de alcanzar estos extremos, fue un importante germen de democracia el que –según rezaba un popular dicho de la época– "en las Indias, vale más la sangre vertida que la heredada". La pequeña nobleza por sangre o por mérito podía aspirar a cargos de funcionario cuyos requisitos de designación (influencias aparte) eran básicamente tres: limpieza de sangre (no ser descendiente de moros, judíos, indios o negros), firme creencia en la doctrina católica (ser "cristiano viejo", pues se desconfiaba de los conversos), y que el pretendiente y todos sus antepasados hasta por lo menos la quinta generación no hubieran ejercido nunca "oficios viles y mecánicos" (entre los que se incluían además de todas las labores manuales, artesanales y técnicas, las artísticas como la pintura de cuadros). La aspiración común de la mayoría de los conquistadores era alternar entre la gloria de la guerra y el ocio rodeado del máximo bienestar material. Esta desvalorización cultural de las técnicas (en esa época necesariamente manuales) fue uno de los principales condicionantes de las actividades tecnológicas de los creadores de Hispanoamérica.

Las etnias aborígenes que los castellanos encontraron a su llegada ocupaban el actual territorio argentino hacía más de 10.000 años. Aunque las luchas por el usufructo de los territorios eran parte normal de sus vidas, los indígenas habían resuelto hacía mucho tiempo sus necesidades vitales mínimas de alimentación, vestimenta, vivienda y relación social, en algunos casos con exceso. Pero ninguna de ellas tenía el oro, la plata y las piedras preciosas que inicialmente atrajeron a los conquistadores a estas latitudes, como ilustran los contundentemente metálicos nombres dado al Río de la Plata y a la posterior nación Argentina.

Las etnias más pobres de la Tierra del Fuego y sur de la Patagonia, entre las que se encontraban los onas, no merecieron ni interés ni atención de los conquistadores. Nada les interesaba obtener de ellas y les disgustaban sus costumbres y su aspecto físico. Se extinguieron casi completamente por la inevitable reducción de su número, causada por su escasa mestización y la inevitablemente creciente ocupación de sus territorios originales.

Las etnias del interior y costas patagónicas, casi exclusivamente cazadoras o pescadoras, se vestían toscamente con pieles sobadas de animales y usaban refugios temporarios de ramas y cueros. Las tribus de de las planicies patagónicas y pampeanas eran muy guerreras, no tenían productos de interés ni estaban dispuestas a ser mano de obra para los conquistadores y colonos. Por el contrario, sus ma

lones eran un peligro constante para las poblaciones de europeos y criollos. Se produjo, en cambio, el fenómeno inverso. La fantástica multiplicación natural de los equinos y vacunos euroasiáticos en la pampa húmeda (a fines del siglo XVIII el agrimensor real Félix de Azara estimaba unos 10 millones de vacunos, 2 millones de caballos y gran cantidad de ovinos), dio a los indígenas pampeano-patagónicos una más eficiente fuente de alimentación y materia prima (los toros, vacas y yeguas) así como un medio de transporte y una poderosa arma guerrera (los caballos). Asimismo, durante mucho tiempo fue común ver, en las calles céntricas del misérrimo pueblito que era entonces Buenos Aires, a indígenas patagónicos y pampeanos trocando pieles y artesanías por artículos que ellos no podían fabricar, como los cuchillos de acero. Pero los ganados cimarrones de las pampas comenzaron a disminuir rápidamente. La primera causa fueron las vaquerías en las que se mataba a los animales a campo abierto para sacarles los cueros y venderlos a Europa. Luego se produjo su creciente apropiación privada por los estancieros como materia prima de la primera industria nacional, los saladeros que procesaban sus carnes, cuero, sebo, cuernos, pezuñas y cerdas. Los tehuelches experimentaron asimismo la presión y mestización de la invasión araucana proveniente de Chile, con el consecuente arreo de grandes manadas allende la cordillera de los Andes. El resultado fue el incremento de la presión tehuelche-aracauna sobre las estancias y las poblaciones: los malones. Los "huincas" tenían intereses primordiales en juego –su seguridad y su prosperidad– y las tecnologías para protegerlos –ejércitos equipados con fusiles de repetición Remington y fortines comunicados por telégrafos, e hicieron lo que "debían hacer" (lo que también sirvió de plataforma de lanzamiento del político que protagonizó casi 20 años de historia argentina, Julio Argentino Roca, pero esa es otra historia). El resultado no fue la aniquilación de las etnias tehuelche y araucana, sino su relegamiento a bolsones de la entonces poco productiva Patagonia. Sería fácil hacer historia-ficción y decir que los tehuelches-araucanos podrían haberse transformado en ganaderos, criando sus propios animales en vez de cazar para ellos (no para los colonos) animales salvajes (la delimitación de campos por alambradas comenzó en el último cuarto del siglo XIX). Su pasaje de la caza del guanaco y el suri a la de vacunos y caballos se produjo en poco más de un siglo, una verdadera revolución en términos culturales. Pero éste fue sólo un cambio de presa y de técnicas de caza; la transición de vida nómade a sedentaria requiere muchos ajustes de todo tipo, incluidos los religiosos, que sólo pueden llevarse a cabo en el transcurso de muchas generaciones y en condiciones especialmente favorables o acuciantes. Parecida suerte sufrieron las nómades tribus guerreras de la etnia tupí-guaraní que ocuparon el Gran Chaco hasta fines del siglo XIX. A todas ellas la avasalladora "civilización huinca" no les dio el tiempo suficiente para hacer ajustes imprescindibles para su integración.

Unos pocos grupos semi-sedentarios de la etnia tupí-guaraní tenían un desarrollo tecnológico intermedio que combinaba cultivos temporarios con la caza, pesca y recolección en la región de los ríos Paraná, Uruguay y sus afluentes. Estos poco prósperos y seminómades guaraníes (la denominación incluye muchos grupos diferentes aunque con lenguaje y religión similares) atrajeron la simpatía de los sacerdotes jesuitas, tanto por su atractiva apariencia física y amor por la música como por su creencia en una "tierra sin mal" (¿el paraíso cristiano?) y el carácter divino de la palabra humana, conceptos sorprendentemente afines a la teología católica. El tener conocimientos agrícolas y creencias que los hacían incurrir periódicamente en el pecado capital del canibalismo los convirtió en candidatos irresistibles para que los sacerdotes jesuitas decidieran hacer realidad (salvando la parte de la tolerancia religiosa) la Utopía de Tomás Moro. Las misiones jesuíticas que se instalaron en diversos lugares de América y del territorio argentino tuvieron su máxima concentración y éxito en la actual provincia de Misiones, donde hubo 30 de ellas. Estas misiones –que lograron conquistar a los indígenas por persuasión– protagonizaron la más importante y exitosa empresa tecnológico de la etapa colonial, cuyos detalles daremos en la siguiente nota.

Las etnias tecnológicamente más desarrolladas eran las del noroeste argentino (que, aunque el término es demasiado genérico, englobaré bajo la denominación de "diaguitas"). Tenían variados cultivos bajo riego natural y artificial (donde se destacaba el maíz), animales domesticados (el principal era la llama), tejidos de lana y algodón nativo, alfarería, viviendas de adobe y piedra y organizaciones tribales de señorío con ocasionales alianzas guerreras. Eran tributarios de los incas, quienes además de su religión les proveían de saberes técnicos y de productos inexistentes o escasos en tierras diaguitas, como cobre, plata y oro. Entre ellos había tribus muy guerreras que debieron ser llevadas por la fuerza a lugares lejanos para acabar con su resistencia, caso de los indígenas quilmes instalados en la reducción franciscana que dio su nombre a la localidad del Gran Buenos Aires. Pero también había muchas tribus pacíficas que lograron acordar formas de convivencia con los invasores castellanos. Estos acuerdos (que se violaban más tarde o más temprano) eran el fundamento de cualquier asentamiento estable, ya que le proporcionaban la comida y mano de obra indispensables. Reiteradas experiencias como la de Pedro de Mendoza con el fuerte de Santa María del Buen Ayre –que debió ser evacuado para salvar de la inanición a sus ocupantes– habían enseñado a los castellanos la importancia de lograr que los indígenas se sometieran al Rey e hicieran el correspondiente tributo en forma de productos y servicios personales. Esto se institucionalizó en el sistema de encomiendas –en la teoría un vasallaje, pero en la práctica una esclavitud– que no hubiera existido si los diaguitas (y los guaraníes) no hubieran tenido lo que los economistas denominan "excedentes productivos": la capacidad de producir mucho más que lo que consumían.

Los escasos conquistadores españoles –una composición aproximada de la mayoría de sus ejércitos era un medio centenar de españoles por cada millar de indígenas amigos– necesitaron a los indígenas para alimentarse, vestirse, construir sus viviendas, atacar a y defenderse de las tribus hostiles así como a sus mujeres para satisfacer sus necesidades sexuales y afectivas. Los indígenas, por su parte, aunque hay pocos registros directos de sus opiniones, seguramente esperaban a cambio beneficios como protección contra sus enemigos y útiles como cuchillos y hachas que facilitaban enormemente sus tareas y, por qué no, bienes materiales y el prestigio de estar aliado con el triunfador. Esta cobertura de las necesidades vitales de los conquistadores se hizo mayoritariamente con las tecnologías indígenas y sólo unas pocas tecnologías europeas (ninguna castellana). En primer lugar los artefactos (las carabelas y carracas catalanas ya probadas en el Mediterráneo) y técnicas de navegación de ultramar (brújula, astrolabio y cartas de estrellas) que les permitieron llegar a América. Ya en el terreno, los cascos, armaduras y cotas de malla de acero que protegían a los conquistadores de las lanzas, flechas y garrotes indígenas. Las espadas de acero –ya que los arcabuces eran más estrepitosos que peligrosos y los cañones de difícil o imposible transporte– y los caballos que permitieron ganar las batallas cuerpo a cuerpo aun en casos de gran desventaja numérica.

A fines del siglo XVI los conquistadores castellanos abandonaron finalmente la ilusión de enriquecerse rápidamente con las piedras y metales preciosos indígenas. Recién entonces quedó expedito el camino productivo de la colonización.

 

(*) Doctor en Física

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