La época colonial

20 feb 2006 - 00:00

Por CARLOS EDUARDO SOLIVEREZ (*)

Especial para "Río Negro"

Hacia fines del siglo XVI, luego de medio siglo de exploraciones guerreras, los conquistadores castellanos del actual territorio argentino abandonaron definitivamente la quimérica búsqueda de tesoros como los aztecas e incaicos. Sus fundaciones de ciudades fueron inicialmente afirmaciones de poderío militar, intolerancia religiosa y control político, evidenciados en nombres como el de Santiago del Estero, la primera ciudad del territorio (Santiago era el santo patrono de los ejércitos castellanos), y Santa Fe. El proceso de transición de conquistadores a pobladores —ya sugerido en nombres que evocaban el suelo natal, como Córdoba de la Nueva Andalucía y Todos los Santos de la Nueva Rioja— mostró su máximo ímpetu con la fundación de las primeras ciudades exclusivamente creadas por su potencial mercantil: Salta (1582) y Jujuy (1593). Durante el período comprendido entre fines del siglo XVI y la creación del virreinato del Río de la Plata (1776), se produjo un laborioso y complejo proceso de formación de la sociedad colonial, de asentamiento, de reconocimiento de las capacidades productivas del territorio y de conformación del intercambio comercial.

La sociedad colonial fue en lo formal —las leyes de Indias— una confusa mezcla de absolutismo castellano con feudalismo catalán y declaraciones de buenas intenciones. En la práctica construyó reglas propias amparada en la falta de buenas tecnologías de las comunicaciones: una consulta al Consejo de Indias, administrador de las colonias, demoraba bastante más de seis meses entre ida, resolución y vuelta. Es crucial conocer las prácticas sociales de entonces porque buena parte de ellas perduran hasta nuestros días y condicionaron fuertemente nuestro desarrollo en todos los órdenes, en particular el tecnológico. Un destacado ejemplo del divorcio entre la teoría y la práctica fueron las ordenanzas dictadas en 1613 por el oidor de Lima y visitador del Río de la Plata, Francisco de Alfaro, luego incorporadas a las Leyes de Indias. Las ordenanzas de Alfaro prohibieron el trabajo obligatorio de los indígenas, el que debía ser reemplazado por el pago de un tributo fijo en especies. La resistencia fue tan intensa y generalizada (la protagonizó la casi totalidad de los miembros más poderosos de las colonias rioplatenses, con la honrosa excepción de un obispo) que la corona optó por "hacer la vista gorda": no las puso en práctica (lo que hubiera causado una revolución) ni las derogó (lo que hubiera sido una pérdida de autoridad). La anomia argentina, que tanto autores redescubren periódicamente, se remonta al mismo origen de nuestra sociedad y está sintetizada en la popular frase de la época "se acata pero no se cumple".

La organización (y por ende el funcionamiento) de una sociedad está determinada por la manera en que sus miembros se relacionan entre sí, en particular por la forma en que asignan el poder. Este determina a su vez el acceso al patrimonio social (cargos políticos, militares y eclesiásticos; prestigio; saberes) y su reparto, así como el usufructo y toma de posesión de los recursos naturales. Mientras que en los reinos españoles el poder estaba monopolizado (como lo fue el comercio por la corona) por la gran nobleza de los títulos nobiliarios y eclesiásticos, en la sociedad colonial fue inicialmente propiedad exclusiva de la pequeña nobleza y los primeros conquistadores y colonos, a los que se agregaron después los comerciantes mayoristas. Los últimos se incorporaban a la "nobleza colonial" por casamiento con sus miembros más pobres, donde "ellos aportaban los doblones y ellas los blasones". Este estamento gobernante se repartió los cargos militares, políticos y eclesiásticos y las encomiendas (la mano de obra y los excedentes productivos indígenas), los únicos con renta inmediata asegurada. La posesión de la tierra no tenía entonces valor económico, sólo importaba el usufructo (asignado por el estamento gobernante) de las aguas, los bosques, las praderas y los ganados que en ella pululaban. Las necesidades vitales y suntuarias del estamento gobernante se satisfacían, en consecuencia, sin necesidad de medios tecnológicos de gran eficiencia, ya que casi todos los recursos naturales y humanos estaban a su arbitraria disposición.

El resultado fue que la época se caracterizó por el uso mínimo de tecnologías, y sus mejoras no estuvieron dirigidas a aumentar la capacidad productiva de la mano de obra indígena y africana sino a posibilitar las producciones críticas para la alimentación, vestimenta, vivienda y transporte. Estas se satisficieron casi exclusivamente con las más simples tecnologías americanas (maíz, papas, tejidos de lana de llama y algodón nativo, edificios de adobe, alfarería) y eurasiáticas (harina de trigo, carne vacuna, lana de oveja, algodón, telares de pie, caballos y carretas tiradas por bueyes). Castilla tenía en la época una economía predominantemente ganadera donde no existían obras de irrigación artificial como las diaguitas, las que se destruyeron deliberadamente para acabar con la resistencia a la conquista. El hierro (salvo un pequeño y breve uso del meteorito del Chaco) y todos los útiles y armas debían importarse d Europa a altísimo costo. El estamento gobernante fue el único capaz de importar productos no esenciales como sedas, muebles y vinos finos, porcelanas, papel y libros y otras comodidades entonces comunes en Eurasia. La única producción regional de gran escala (de tecnologías artesanales pero muy precisas) que perduró durante todo el período colonial fue la fabricación de vinos y aguardientes en Cuyo (tanto la domesticación de la vid como las técnicas de fermentación de la uva son de origen europeo). Esta producción tuvo dos rasgos distintivos: 1) Los colonos de Cuyo no tuvieron mano de obra indígena porque los encomenderos (violando no sé cuantas leyes de Indias) trasladaron a los indígenas huarpes allende la cordillera a explotar las lucrativas (para los encomenderos) y mortales (para los huarpes) minas de oro chilenas. Los colonos no tuvieron entonces más remedio que usar su propia mano de obra e ingenio. 2) La vid es una planta resistente a la sequía, por lo que sus instalaciones de riego no requieren tener alta eficiencia y bastaba un mantenimiento mínimo de los originales embalses y acequias indígenas de los Andes. La necesidad, si no es extrema, favorece el desarrollo tecnológico.

El amor al saber y la férrea disciplina de los jesuitas los convirtió en los más destacados practicantes de saberes tecnológicos del territorio. El complejo integrado y con división de funciones que formaban todas las misiones les permitió desarrollar actividades como el cultivo de árboles de yerba mate, la impresión de libros, la fundición de campanas, la ganadería de corral, la fabricación de instrumentos musicales, la arquitectura de ladrillo y teja, el uso de motores hidráulicos y muchas otras casi inexistentes en el resto de las colonias. Respetaban las costumbres guaraníes (como sus viviendas colectivas) en tanto no contradijeran la doctrina católica (como la poligamia de los caciques), les hablaban en su idioma y les permitían retener un porcentaje importante del producto de su trabajo. Las misiones jesuíticas fueron probablemente el único lugar de la América colonial donde se aplicaron a rajatabla las Ordenanzas de Alfaro. Como los guaraníes habían sido perseguidos por los traficantes portugueses de esclavos (los bandeirantes), fue crucial su entrenamiento para la guerra (incluyendo la fabricación de cañones de caña), y sus ejércitos muchas veces acudieron en defensa de poblados españoles como Asunción del Paraguay. El resultado fue una enorme y próspera comunidad de unos 140.000 guaraníes organizados por menos de un centenar de sacerdotes jesuitas a través de alcaldes y corregidores también guaraníes, con importantes y variadas producciones comerciales entre las que se destacaba la más fina de las variedades de la yerba mate, la "caaminí" o yerba sin palos. Tanto éxito y prosperidad, en contraste con lo que sucedía en el resto del territorio, debía tener consecuencias. Los españoles desconfiaban de los jesuitas por ser frecuentemente extranjeros (franceses, italianos, alemanes...). Los bandeirantes los odiaban porque les habían quitado su fuente de esclavos. Los encomenderos de Asunción del Paraguay les reprochaban haberlos privado de la mano de obra indígena y la explotación de la yerba mate. Los funcionarios reales resentían el poder de los ejércitos guaraníes, las riquezas que no pasaban por sus manos (ya que sucesivos monarcas eximieron a las misiones del pago de impuestos locales) y el no poder ejercer su patronato religioso (ya que la orden de Loyola no estaba sujeta a la autoridad de obispos nepóticamente designados, sino directamente a la del Papa). El casi previsible resultado de su éxito fue la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles, en 1767, y el rápido y total desmantelamiento de las misiones. La disposición final de los cuantiosos y mayoritariamente productivos bienes jesuíticos del virreinato –haciendas, molinos, obrajes textiles, imprentas, corrales, edificios...– cuyo no divulgado detalle consta en los inventarios que están en los archivos históricos argentinos, fue asignada a las poco conocidas Juntas de las temporalidades. Hay numerosas quejas registradas en actas de cabildo por la manera arbitraria en que estas juntas dispusieron de estos bienes, a veces asignados a familiares, a veces robados, a veces "misteriosamente" desaparecidos. Este primer gran emprendimiento tecnológico del actual territorio argentino, aunque teocrático y paternalista, fue de tal magnitud e impacto social que algunos historiadores y políticos consideran que su destrucción fue un paso imprescindible para alcanzar la independencia de España.

Durante el período colonial hubo un creciente aumento de los asentamientos españoles (más rurales o más urbanos según la época y las relaciones con los indígenas vecinos) y despoblamiento de los indígenas para escapar de los abusos de los encomenderos. Los asentamientos españoles se produjeron casi exclusivamente a lo largo de las cuatro vías que comunicaban entre sí los grandes centros minero de Potosí y político-comercial de Lima (por la Quebrada de Humahuaca), los centros mineros chilenos (por Mendoza), el contrabando del Atlántico (por Buenos Aires) y las productivas misiones jesuíticas (por el Paraná). El anudamiento de estas cuatro vías estaba en la próspera y docta ciudad de Córdoba, sede de la primera universidad del territorio (creada por los jesuitas), ciudad justa y precisamente fundada por Jerónimo Luis de Cabrera para "abrir la tierra" al Atlántico. Esta gran estructuración del territorio, ya consumada en el momento de la fundación de la primera decena de ciudades estables, todavía se conserva en la vinculación que las grandes rutas nacionales hacen de las miles de actuales poblaciones argentinas. El resultado de la creciente ocupación española del territorio fue que los indígenas perdieron progresivamente sus territorios de caza y recolección (los nómades) y sus terrenos de cultivo (los sedentarios). Comenzaron entonces a depender crecientemente de los caballos y vacunos, cuya fabulosa multiplicación no fue consecuencia del uso deliberado y eficiente de tecnologías de reproducción, sino de su accidental liberación y su espontánea adaptación a las originalmente inhóspitas praderas pampeanas (en las que produjeron una beneficiosa "catástrofe" ecológica).

El comercio masivo de "productos de la tierra" surgió gracias al mercado de la entonces mayor y más rica ciudad del continente sudamericano, la Villa Imperial del Potosí en Alto Perú. Sus fabulosos yacimientos de plata fueron, desde su descubrimiento en 1545 hasta su agotamiento a comienzos del siglo XIX, la principal fuente de ingresos directos de la Corona Española e indirectos de los productores y comerciantes del Tucumán. Se beneficiaron de este comercio "exterior": los propietarios de los obrajes textiles de Tucumán y Córdoba (para vestir a los mineros potosinos); los criadores de mulas y vacunos del norte de Buenos Aires, Santa Fe y sur de Córdoba, y los engordadores de Salta en cuya gran feria se llegaron a comerciar más de 100.000 mulas por año (para transportar las mercaderías y mover los molinos mineros); los productores de yerba mate (para prolongar la jornada de trabajo de los mineros potosinos). Pero los principales beneficiarios fueron los comerciantes mayoristas de Buenos Aires. Durante casi toda la época colonial Buenos Aires no tuvo producciones propias; sólo al final del período comenzó a explotar, en los saladeros, los ganados cimarrones de las pampas circundantes. La Corona Española obligaba a comerciar exclusivamente a través de ciudades y rutas elegidos sólo por su facilidad de fiscalización y percepción de impuestos. Los productos debían viajar de España hasta Panamá, cruzar el istmo para seguir en barco por el Pacífico hasta Lima, después por tierra hasta Buenos Aires y luego por barco hasta Asunción: ¡unos nueve meses de recorrido! El valor de los productos traídos por el Atlántico vía Buenos Aires era menos de la décima parte que el de los traídos por la ruta oficial. Buenos Aires aprovechó entonces la oportunidad que el agraviante monopolio español le regalaba: se especializó en el contrabando de mercaderías y de esclavos africanos. Y de paso, ya que hubiera sido una pena que los barcos volvieran vacíos, contrabandeaban la plata que los mineros potosinos sustraían al control de la Corona. Este fue el origen de la riqueza de los comerciantes mayoristas porteños y de sus perdurables hábitos especulativos.

La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 (con la apertura total de un comercio monopolizado por Buenos Aires), el agotamiento del yacimiento de plata del Potosí y la Revolución de Mayo (que bloquearon, primero, y anularon, después, ese mercado) y las guerras civiles (que articularon nuevas relaciones regionales) signaron la etapa tecnológica argentina que describiré en la tercera nota.

 

 

* Doctor en Física y Diplomado en Ciencias Sociales

csoliverez@gsmail.com

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