La redistribución bien entendida

18 jun 2009 - 00:00

En Argentina algunas palabritas se pasan de moda, como "justicia social", y otras se ponen de moda, como "redistribución". Sus significados no siempre son los que les atribuye la imaginación de algunos, por lo que es bueno analizarlos. Según el diccionario, "redistribuir" es "distribuir de manera diferente". Nada asegura que "diferente" sea sinónimo de "más justo", pero demos libre vuelo a la imaginación y supongamos que es así.

Sería redistribución de los saberes que hubiera suficientes escuelas técnicas, de oficios, de agricultura, de ganadería, de fruticultura, de cerámica, de textiles, de carpintería, de todas las actividades productivas de todo el país. Así más y más gente podría tener un trabajo más gratificante y mejor remunerado sin tener que abandonar su terruño.

Redistribuir sería usar las tierras fiscales, propiedad de la comunidad, para darles a los que las necesitan y son capaces de hacerlas producir. Sería justa redistribución la regularización de la propiedad de la tierra de las comunidades indígenas y la preservación de sus recursos naturales mineros, forestales e hídricos. También el fomento del trabajo cooperativo para construir viviendas económicas pero confortables y salubres, con materiales locales y sin intermediarios. No es buena redistribución dar créditos hipotecarios al 15% anual para familias con ingresos superiores a los 6.000 pesos mensuales.

Los servicios de salud están mal distribuidos porque, aunque hay suficientes médicos en el país, la mayoría de los profesionales, de los hospitales y de todas las prestaciones sanitarias está en los centros urbanos. Sana redistribución sería crear hospitales rurales bien provistos de medicamentos e insumos de todo tipo y dar incentivos a los médicos jóvenes para que se radicaran fuera de las ciudades. No se necesita mucho dinero para salvar muchas vidas, como lo demostró con su ejemplo personal René Favaloro (lean sus "Memorias de un médico rural"). También sería buena redistribución invertir para el tratamiento de los más de dos millones de argentinos con mal de Chagas (en los que se invirtieron 50 millones de pesos durante el 2008), con mortalidad en el 1% de los casos, en la misma proporción que para los alrededor de 500 afectados por la "gripe chancha" (70 millones en lo que va del año), con mortalidad en menos del 0,5% de los casos.

Redistribución sería que los productos esenciales para la supervivencia como los alimentos y la ropa de trabajo no pagaran impuestos y que fueran muy altos los de los productos suntuarios. Los indigentes, los que no tienen suficiente para comer, tienen que pagar el mismo 21% de IVA que los ricos. El pan se recarga en el mismo porcentaje que el whisky y las alpargatas, que los zapatos de cuero de cocodrilo.

Sería redistribución que hubiera más puestos de trabajo digno en el campo, fomentar en todos los rincones del país producciones intensivas en trabajo con alto valor agregado, como la cosecha de la fruta fina, de la vid y el azafrán, y el de las fábricas de maquinaria agrícola (que hoy están cerrando). Así los campesinos no tendrían que migrar a las villas miseria de las grandes ciudades industriales. Redistribuir sin exclusiones sería crear un seguro de desempleo para que todos pudieran tener el mínimo suficiente para subsistir (computado por un INDEC creíble) sin necesidad de afiliarse a ningún partido o servir a ningún puntero barrial. Los misérrimos planes de trabajo estatales redistribuyen algo de dinero a los indigentes, pero no distribuyen bien la dignidad del trabajo ni la capacitación laboral.

Sería redistribución, o simplemente justicia, impedir que en la cadena de comercialización los productores de verduras y de frutas y de leche y de carne cobraran sólo una ínfima fracción del costo de mostrador como si sus productos hubieran sufrido enormes valorizaciones en su viaje desde el campo. Sería redistribución que los productos del país que van a los mercados asiáticos no tuvieran que pasar por los puertos de Rosario, Buenos Aires y Bahía Blanca sino que pudieran ser directamente transportados en ferrocarriles (el medio de transporte terrestre de larga distancia más económico) a través de la cordillera hasta los puertos del Pacífico ahorrando casi dos semanas de viaje y millones de pesos en fletes.

Redistribuir sería hacer caminos, reactivar ferrocarriles y hacer obras de irrigación en lugares como Formosa y Chaco y dar gas natural en Misiones y Tierra del Fuego. No gravar las operaciones financieras, dar subsidios a oligopolios de la energía y los servicios, otorgar créditos con plata de jubilados para la compra de autos 0 kilómetro por no jubilados, mantener retenciones fijas que sólo favorecen a las grandes empresas, hacer un "tren bala" para ejecutivos, es efecto Dooh Nibor: Robin Hood al revés, robar a los pobres para darles a los ricos. No es buena redistribución usar los aportes de los más débiles, los jubilados, para financiar el déficit del Estado (que fue de 765 millones de pesos en el primer cuatrimestre del 2009) con devolución por otros gobiernos, si es pueden hacerlo cuando tengan que sobrellevar la pesada carga.

Redistribución sería gobernar para todo el país, no para el conurbano bonaerense, donde con sólo el 1 por mil de la superficie se concentra el 30% de la industria del país. Claro está, no es así por capricho ni por azar. Se promueve la concentración de la pobreza en las periferias suburbanas porque esto facilita las operaciones clientelistas, es funcional a la politiquería y -¡qué raro!- al delito. A un campesino que produce lo suficiente para vivir modestamente pero con independencia no se lo compra fácilmente, hay que persuadirlo con resultados, no con promesas de dudoso cumplimiento.

A fin de cuentas, haciendo el balance, la mejor redistribución sería la del poder y la justicia, donde todos pudieran tener sus necesidades básicas cubiertas y aportar lo mejor de sí sin tener su vida en riesgo y tomando sus propias decisiones sin tener que ser clientes/juguetes de nadie. Absurdo, ¿no?, querer redistribuir las cartas mal dadas. Miren los utópicos desvaríos a que puede llevar el libre vuelo de la imaginación.

CARLOS E. SOLIVÉREZ (*)

Especial para "Río Negro"

(*) Doctor en Física y diplomado en Ciencias Sociales

csoliverez@gmail.com

CARLOS E. SOLIVÉREZ

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