“Los ingleses fueron un rodillo sobre nosotros”

Emilio Nani tiene 65 años y es teniente coronel retirado. Un parche sobre un ojo cubre el hueco que le dejó un balazo durante el ataque al regimiento de La Tablada en 1989. Y ha superado las dos heridas sobre su pierna con las que volvió de Malvinas. Hoy trabaja en procura de juntar voluntades opuestas en el pasado para reflexionar sobre la violencia política.

13 ago 2012 - 00:00

— Si se sigue su historia, se puede concluir que usted en materia de heridas en combate en el Ejército, cosecha tantas como Gregorio Araoz de la Madrid, cuyo cuerpo era puro tajo de sable. ¿Cómo lo hirieron en Malvinas?

— Llegué a Malvinas el 13 de abril integrando el Grupo de Artillería 3 que comandaba el entonces teniente coronel Balza. Fui oficial de enlace de artillería de esa unidad con el Regimiento 7 de Infantería, o sea quien coordina los pedidos de apoyo de artillería que requiere la infantería. Estuve destinado en la punta de la bahía en la que está Puerto Argentino: una altura amesetada llamada Wireless Ridge, cerca del cuartel que había ocupado los Royal Marine.

— ¿En el despliegue defensivo de Puerto Argentino, el 7 estaba en la primera línea de fuego?

— Tanto que fue la unidad de combate terrestre con más muertos. En tanto enlace, hice toda la campaña con ellos. En la madrugada del 14 de junio, en pleno combate, muy cerca de mí estalla un obús inglés y yo siento un repiqueteo en el muslo derecho. Creí que era turba desparramada por la explosión, pero me palpo y encuentro sangre. Cortaduras. Después supe que tenía seis esquirlas. No sentía dolor, seguimos combatiendo. Ya muy de madrugada, al arremeter los británicos y combatiéndose desde posiciones muy cercanas, recibo un balazo en el gemelo de la pierna derecha, y ahí sí el dolor fue intenso. Nuestras posiciones se estaban deshaciendo y el 7 comenzaba a replegarse. Quedo aislado por un rato, me las arreglo para arrastrarme hacia abajo... estoy solo. Hacía 20 bajo cero y tenía amagues de desvanecimiento.

— ¿Pensó que moría?

— Y... me encuentran dos soldados que se replegaban, me acercan a una posta sanitaria y de ahí al hospital militar de Puerto Argentino. Luego, al buque hospital Bahía Paraíso. No fui prisionero de guerra, sí vi a los ingleses entrar al hospital.

— ¿Lo trataron bien?

— Sí, sí... en todo caso, ni nos trataron.

— Dice la historia que el 13 de junio, su noche y la madrugada del 14, el combate fue muy duro. ¿Cómo vuelve hoy a usted aquellas horas?

— No me persigue.

— ¿No fue necesario ningún respaldo psicológico, psiquiátrico?

— No. Soy un soldado. Estuve donde tenía que estar.

— ¿Qué imágenes, qué sonidos, qué polifonía guarda de aquellas horas finales de la guerra?

— La contundencia con que nos atacaban, un fuego infernal de armas portátiles... la noche iluminada por las rayas que genera la munición. ¡Impresionante! El escenario que abren las bengalas. Además, veníamos de horas y horas de estar bajo fuego de artillería de campaña, fuego naval, fuego aéreo. Un hostigamiento intenso, permanente, destinado a quebrar nuestra voluntad de lucha. Aguantamos a pie firme, pero venían a todo el aliento... ¿Imágenes..? Un soldado con una esquirla en el estómago que entra en mi posición, sangrando. Alcanzamos a derivarlo, se salvó. Otra imagen fuerte: durante el combate de Prado del Ganso, los helicópteros trayendo heridos a Puerto Argentino.

— ¿Cómo definir el “todo aliento” con que atacaban los británicos el 13 y 14?

— Un rodillo sobre nosotros, nuestras posiciones. Querían terminar la guerra. Tenían problemas logísticos.

— ¿O sea que usted acuerda con lo que han escrito los máximos mandos británicos —el almirante Sandy Woodward, el brigadier general Julian Thompson, entre otros—, en cuanto a que ellos tenían pocos días para garantizar el triunfo?

— Fue así. Y apuran sabiendo que nuestras posiciones eran débiles. Estaban integradas desde una mala previsión. Nuestros mandos no computaron dictados tácticos que vienen de muy lejos en la historia militar de Gran Bretaña. Creían que atacarían por Puerto Argentino. Sin más. No tomaban en cuenta que los británicos son los reyes de la aproximación indirecta. Nunca atacan si no tienen posibilidades terminantes de ganar rápido el centro más importante del enemigo. Se organizan en otro punto, dan los combates que tengan que dar, pero siempre en dirección a aproximarse al núcleo central del enemigo.

— ¿La batalla de Prado del Ganso fue una consecuencia de esa táctica?

— Sí. Y muy dura. Ellos involucraron dos regimientos e incluso cayó muerto el teniente coronel Jones, jefe de una de las unidades. Tras desembarcar en San Carlos, podían haber ido directo a Puerto Argentino, pero apelaron a la táctica de aproximación indirecta y fueron primero a Prado del Ganso.

— ¿Cuando partió para las islas lo hizo convencido de que habría guerra?

— Sí. Y también estaba convencido de que no la ganábamos. Conocía nuestras Fuerzas Armadas. Estábamos preparados para el 2 de abril, para la recuperación que motivara una negociación que abordara el tema de la soberanía. No preparados para lo que se abrió a partir del 3. No sería el “toco y me voy...”

— En relación al proceso que se abrió, ¿cuál era la percepción que, con el correr de la guerra, se iba construyendo la oficialidad que estaba en el terreno?

— Cualquiera fuera la percepción que se tuviera, había un compromiso: combatir y ser dignos en el combate. Y siete años después, el 23 de enero del ´89, me hieren en La Tablada, pierdo un ojo. Era teniente coronel, jefe del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 101 de Ciudadela.

— ¿Y por qué va usted a La Tablada?

— Llegué a mi unidad a las 6.30 y me informan que los “carapintadas” intentaban tomar el regimiento de La Tablada. Me pongo en contacto con esa unidad, donde ya hacía más de una hora que se combatía, y un suboficial me dice que no se trata de “carapintadas”. Ya había muerto el segundo jefe de La Tablada, el mayor Fernández Cutielo. Alisté mi unidad, armé un grupo de cuadros en términos de infantería y, si bien solicité ordenes, no esperé mucho: me largué hacia el lugar. Llevaba tres piezas de artillería y, al llegar al lugar, el jefe del operativo Recuperación, el general Arriagada, me ordenó atacar por el frente del regimiento, por la avenida Crovara. Ingresamos y, al intentar llegar a la Guardia de Prevención donde había soldados secuestrados por los terroristas, ahí recibo un disparo en el ojo derecho y me lastiman la carótida. Un oficial de policía me presiona la carótida, me suben a una ambulancia cuyo tanque de nafta se desprende en el marco de la lucha... todo era confusión, fuego, disparos... todo muy temerario. Y bueno, un helicóptero, el hospital Churruca y acá estoy.

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