Los mendigos y el sultán

26 ene 2008 - 00:00

El sultán de Mongo, estrechamente flanqueado por sus consejeros, increpó duramente al jefe de la guardia de palacio:

- No has cumplido bien mis órdenes, los mendigos invadieron anoche los jardines del palacio, se llevaron los restos del festín y algo de vajilla, también.

El anciano guerrero, cansadamente, replicó:

- Sólo quieren saciar su hambre, excelencia. No hacen daño a nadie y yo me ocuparé de que devuelvan lo que tomaron prestado sin permiso.

- ¿Interrumpir la paz de esta corte no es daño? Espanta su sola vista: andrajosas vestiduras y sucios cuerpos. Tan molesta como su falta de modales, su insoportable olor y el ruidoso y molesto enjambre de tábanos que es su prole.

- Excelencia, ahora que hacemos nuestras ropas con suntuosas sedas de Oriente, sus tejidos no tienen mercado. Cuando los expulsamos de la vera de los ríos para hacer nuestras mansiones, campos de cultivo y de pastoreo, construyeron sus chozas en eriales sin agua. Sus hijos, de cuya mano de obra no pueden prescindir, juegan mientras trabajan. Entre ellos es virtud vivir de las sobras de los ricos, no ser asaltante o malhechor como unos pocos inescrupulosos.

- El asalto es a nuestra bien ganada tranquilidad de espíritu. Esto debe terminar o rodará tu cabeza...

Terció entonces, demasiado abruptamente, el más reputado de los consejeros:

- Excusadme, excelencia, tengo una propuesta que podría resolver el problema.

El sultán, algo amoscado por la interrupción, desganadamente le concedió su atención en honor a los numerosos servicios prestados:

- Está bien. Os escucho, consejero.

- Evitaríamos esta molesta invasión cotidiana si nuestros súbditos más prósperos, en vez de tirarlas contaminando las aguas y los campos, entregaran sus sobras en lugares apropiados, tal vez agregando algo por buena voluntad. Allí las separaríamos y repartiríamos ordenadamente sin turbar la tranquilidad de tan dignos vasallos. Algunas de esas sobras, con adecuados controles de higiene, podrían ser usadas para preparar comidas para nuestros sirvientes; comidas tal vez no sabrosas pero sí nutritivas. También podríamos -y sus ojos fulguraron por un brevísimo instante- darles a tejer ropas para nuestros niños y jóvenes, que tan rápidamente las desgastan.

Un denso murmullo se propagó pesadamente entre los restantes consejeros, atónitos ante tan poco ortodoxa propuesta. El sultán, sorprendido, los interrogó con su penetrante mirada. El largo y hondo silencio subsiguiente fue finalmente roto por el más joven de los consejeros, bien conocido por su escaso respeto a las milenarias tradiciones del reino:

- Tal vez así nos libraríamos de ellos sin tener que cortarles la cabeza. Podríamos probar...

A lo que, dubitativamente, finalmente asintió el sultán y al instante todos los consejeros, aunque con desigual entusiasmo. Más allá del resultado final, cuya consecución es parte de otra mucho más larga historia, la propuesta trocó la desconfianza y preocupación de los cortesanos en la noble ocupación de cambiar el "destino" de sus miserables.

El sultán y sus consejeros de hoy, los políticos y sus funcionarios, podrían inspirarse en esta muy antigua y siempre revivida historia para ayudar a los más emprendedores de nuestros indigentes de hoy, los cartoneros, que inventan un trabajo sin pedir limosnas. Para las muchas personas que no tienen acceso directo a los indispensables productos de la naturaleza, poder tener trabajo es el más importante de los derechos humanos, porque sin él no pueden conservar su único bien valioso: la vida.

 

CARLOS E. SOLIVÉREZ Especial para "Río Negro" Doctor en Física y diplomado en Ciencias Sociales.

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