Los Oscar y la globalización necesaria de la Argentina

27 feb 2015 - 00:00

La Argentina de hace 100 años se ubicaba entre los diez primeros países en términos de ingresos per cápita, superada sólo por Bélgica, Suiza, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos. Las exportaciones e importaciones de mercancías argentinas, entre 1865 y 1914, se habían multiplicado por catorce y once, respectivamente. En el mismo lapso la llegada de millones de inmigrantes provocó que la población argentina creciera cuatro veces, de 1,75 a 7,2 millones de habitantes; para 1914 la población extranjera alcanzaba casi la tercera parte del total del país. Las inversiones extranjeras financiaban diversas actividades, como la obra pública, ferrocarriles, viviendas, sector financiero, frigoríficos, puertos, telégrafos, tranvías, teléfonos, red de agua y electricidad y el comercio. Las inversiones extranjeras provenían mayoritariamente de Inglaterra (principal potencia económica del planeta), seguidas de las francesas, alemanas y norteamericanas. Así, el 50% del stock de capital invertido se había logrado gracias a las inversiones del exterior.

Los datos anteriores reflejan la enorme integración que nuestro país tenía con el mundo en materia comercial, financiera e inmigratoria. En otras palabras, la Argentina estaba claramente insertada en el proceso de globalización, lo cual mejoraba sustancialmente su nivel de vida, medido no sólo por el elevado y creciente ingreso per cápita, sino en altos estándares (para la época) educativos, sanitarios, habitacionales, etc. No por nada la Argentina se convirtió en un “imán” para millones de habitantes que emigraron mayoritariamente de Europa.

Desde 1930 y hasta la actualidad prácticamente la economía argentina se ha caracterizado (con excepciones parciales y temporales) por una estrategia de sustitución de importaciones. Esto es: cerrar el mercado interno a la competencia del exterior con el objetivo de impulsar la producción local regalándoles a los empresarios autóctonos el mercado interno. El resultado es contundente: el ingreso per cápita argentino se ubica 75º en el mundo, con niveles de pobreza que rondan el 30%, una inflación récord para estándares internacionales que nos hacen merecedores del segundo o tercer lugar a nivel mundial, una economía que sólo participa con menos del 0,3% de las exportaciones e importaciones mundiales (en 1910 eran del 3%), para mencionar algunos números. La estrategia de crecimiento económico de la Argentina de las últimas ocho décadas ha sido un rotundo fracaso nacional.

Según la Heritage Foundation, que publica anualmente un índice de libertad económica, nuestro país, junto con Venezuela, ha sido uno de los que más han retrocedido en materia de libertad económica, ubicándose en los diez últimos lugares de la muestra de 177 naciones. Esto se refleja en el bajo nivel de integración comercial y financiera del país: control de cambios, declaraciones juradas de importaciones, prohibición de importar y exportar determinados bienes, elevadísimos impuestos al comercio exterior (aranceles y retenciones), prohibición de girar dividendos al exterior, etc., etc. En definitiva, no hemos aprovechado el proceso de globalización creciente que hace que, por ejemplo, países de nuestra región nos hayan superado, que naciones desconocidas hace unas décadas hoy sean vergeles económicos o a punto de serlo (Hong Kong, Singapur, Taiwán, Botswana, Mauricio, etc.) y que mil millones de personas de China y la India hayan dejado la pobreza en las últimas tres décadas.

En nuestro país, tanto la mayoría de la población como los dirigentes políticos, sindicales y empresariales temen integrarse al mundo. Claro, para “ingresar” y “pertenecer” al mundo hay que competir y para competir hay que ser productivo. Y esto significa un esfuerzo conjunto. De parte del Estado, de mejorar los servicios públicos básicos (infraestructura, educación, salud, justicia, seguridad) y lograrlo de la manera más austera posible para de esa manera no “matar” al contribuyente con una creciente presión tributaria. De parte del empresariado, de invertir, mejorar procesos y calidad de los productos, tomar riesgos. De parte del sindicalismo, dejar de presionar por mayores privilegios (costos de producción) para los trabajadores en actividad que sólo generan un creciente mercado laboral informal. Todo esto supone un “giro copernicano” en materia institucional que podría resumirse en un par de palabras: libertad, competencia y garantías de los derechos de propiedad. La existencia de estos tres elementos forzaría a muchos funcionarios públicos, empresarios y sindicalistas a ser más eficientes y eficaces, condición necesaria para integrarse al proceso de globalización.

Usted se preguntará ¿qué tiene que ver todo esto con los premios Oscar? La película premiada, “Birdman”, refleja claramente de qué se trata la globalización: director mexicano, guionistas argentinos, actores norteamericanos y, seguramente, cientos de personas que trabajaron en el filme provenientes de muchos rincones del planeta. Los dos argentinos que crearon el guión no son extraterrestres o “iluminados”, si bien deben ser muy talentosos. Son argentinos de carne y hueso que trabajan para un gran mercado mundial, donde las reglas de juego son mayoritariamente respetuosas de aquellas tres condiciones necesarias para incrementar las probabilidades de éxito: libertad, competencia y derechos de propiedad. Si Bo y Giacobone, los dos guionistas argentinos en cuestión, hubieran aplicado la estrategia de sustitución de importaciones que siguió nuestro país por décadas, hoy estarían trabajando para un “pequeño” mercado de 40 millones de personas y no de casi 8.000 millones, con productos de peor calidad y relativamente costosos. Hoy Bo y Giacobone nos muestran el camino que nuestro país debe seguir para salir del proceso decadente de las últimas ocho décadas.

PABLO GUIDO

Doctor en Economía. Director Académico de la Fundación Progreso y Libertad

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