Los tiempos están cambiando

07 dic 2018 - 00:00

Ya se han ido los días en que una ortodoxia política, teológica o cultural podría durar siglos, cuando no milenios, como en los casos de Egipto y China. En la actualidad, cambios a primera vista revolucionarios se suceden con tanta rapidez que lo que era considerado normal una veintena de años antes puede parecer anticuado sin que los emotivamente comprometidos con ello hayan logrado adaptarse a las nuevas circunstancias. Por cierto, no conseguirán hacerlo los seguidores de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Matteo Salvini y muchos otros de mentalidad similar, cuando descubran que no les sea dado restaurar el mundo de ayer por el cual tantos sienten nostalgia.

Hace apenas cinco años, casi todos creían que el futuro pertenecería a los partidarios del consenso progresista que imperaba en las regiones más prósperas de Europa occidental y América del Norte donde, después de un breve interregno protagonizado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hasta los conservadores juraban respetar los principios reivindicados por los herederos de la izquierda democrática que, luego de ser derrotados en el terreno económico, optaron por concentrarse en temas sociales y culturales.

Aunque algunos contestatarios irascibles se afirmaban alarmados por lo que atribuían a una “larga marcha a través de las instituciones”, como la recomendada por el marxista italiano Antonio Gramsci, o a un programa de subversión cultural ideado por La Escuela de Frankfurt, se trataba de las quejas de una minoría pequeña. Tanto en los países más ricos e influyentes como en otros como la Argentina, en un lapso muy breve se produjeron grandes cambios en todo lo relacionado con la sexualidad, el matrimonio y la inmigración.

Propuestas progresistas que antes hubieran motivado polémicas furibundas apenas encontraban resistencia entre los dirigentes políticos y quienes llevaban la voz cantante en los ámbitos culturales, entre ellos los mediáticos.

Puede entenderse, pues, el desconcierto que sentirían los comprometidos con un orden que creían estaba en vías de consolidarse al enterarse de que muchos, tal vez la mayoría, de sus compatriotas no lo querían para nada por creerlo propio de elites metropolitanas privilegiadas.

Para ellos, 2016, el año en que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea y los norteamericanos entronizaron a Trump, marcó el fin de una etapa signada por el optimismo y el inicio de una pesadilla.

Cada vez que una agrupación que se opone al ya debilitado proyecto “centrista” obtiene un buen resultado electoral, los defensores de la ortodoxia que está bajo ataque reaccionan de la misma manera. Hablan de la amenaza planteada a la convivencia multicultural por “la ultraderecha”, “el populismo”, “el fascismo” e incluso el “nazismo” con la esperanza de mantener tales horrores fuera de la arena política.

Es lo que están haciendo aquellos españoles que ven en la irrupción en el parlamento andaluz de una docena de miembros del pequeño partido Vox una señal de que el franquismo, sediento de venganza, está de regreso.

Además de no querer que España se rompa en pedazos, Vox pide la expulsión de los inmigrantes sin papeles y de aquellos que los tienen en regla pero cometen delitos, medidas que en el pasado reciente pocos hubieran creído inaceptables.

Aunque algunos progresistas sí intentan entender lo que está sucediendo, la mayoría prefiere limitarse a insultar a los preocupados por el desmantelamiento del viejo sistema de valores al que se habían acostumbrado y, sobre todo en Europa pero también en Estados Unidos, por la llegada atropellada de millones de personas procedentes de países que son notorios por la violencia y en los que es escaso el respeto por los derechos de la mujer. Los tildan de “cavernarios”, “deplorables”, “xenófobos” y así por el estilo, para entonces insinuar que no valdría la pena prestar atención a sus puntos de vista.

Desde que el mundo es mundo, tales actitudes son típicas de sectores acomodados cuyos integrantes están convencidos de su propia superioridad, atribuyéndola a los títulos de nobleza adquiridos por sus antepasados, su riqueza o, como suele suceder hoy en día, a los diplomas académicos que poseen.

Les cuesta entender que, aun cuando la desigualdad así supuesta pueda justificarse según los valores “meritocráticos” vigentes, siempre es peligroso manifestar desprecio por quienes se sienten marginados social o culturalmente, como en efecto hacen los asustados por la proliferación de movimientos nacionalistas hostiles a la política de fronteras abiertas que, hasta que Angela Merkel decidiera ponerla en práctica, gozaba del apoyo de buena parte de la elite política, económica y cultural del mundo desarrollado.

Aunque algunos progresistas sí intentan entender lo que está sucediendo, la mayoría prefiere insultar a los preocupados por el desmantelamiento del sistema de valores al que se habían habituado.

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