Luis Agote y las transfusiones indirectas de sangre

21 sep 2006 - 00:00

Desde el siglo XIX se hicieron experiencias de transfusión directa de sangre entre personas, a veces con consecuencias fatales por ignorancia de las incompatibilidades sanguíneas. La difícil tarea requería conectar una arteria del dador con una vena del receptor mediante una no trivial intervención quirúrgica. Se necesitaba un lugar con asepsia extrema, no se podía medir bien la cantidad de sangre transferida, el dador necesitaba mucho tiempo para recuperarse y se exponía a infecciones, embolias y trombosis. En el año 1900 el investigador austríaco Karl Landsteiner identificó algunas de las sustancias sanguíneas responsables de la aglutinación de los glóbulos rojos, logrando por primera vez identificar los grupos sanguíneos y sus incompatibilidades, iniciando así la incorporación sistemática de las transfusiones de sangre como método terapéutico.

Hasta comienzos del siglo XX las transfusiones sólo podían hacerse directamente de donante a paciente, porque no se sabía cómo conservar inalterada la sangre extraída, que luego de pocos minutos comenzaba a coagularse hasta solidificarse casi completamente. La coagulación, defensa del organismo contra las hemorragias, es un complejo proceso bioquímico en el que intervienen tanto sustancias siempre presentes en la sangre como otras producidas por los tejidos lesionados y, en particular, las sales de calcio que contiene. El médico argentino Luis Agote, motivado por las graves consecuencias de las hemorragias en pacientes hemofílicos, encaró el problema en el Hospital Rawson de la ciudad de Buenos Aires, con ayuda del laboratorista Lucio Imaz. Sus primeros intentos, como el uso de recipientes especiales y el mantenimiento de la sangre a temperatura constante, no tuvieron éxito. Buscó entonces alguna sustancia que, agregada a la sangre, impidiera el proceso de coagulación sin causar luego daño a sus futuros receptores. Después de muchas pruebas de laboratorio in vitro y con animales, Agote descubrió que el citrato de sodio (sal derivada del ácido cítrico existente en frutas como el limón) interrumpía la formación de los coágulos, siendo bien tolerado y rápidamente eliminado por los organismos sin problemas ulteriores. En esa época no se conocían todavía todos los detalles de la coagulación de la sangre, aunque había abundante información sobre procesos similares, como el de la leche y la clara de huevo (albúmina). Hoy se sabe (y es posible hacer sencillos experimentos caseros para verificarlo) que en todos estos casos el efecto preventivo del citrato de sodio se debe a su capacidad de capturar el calcio.

La primera vez en el mundo que una persona recibió una transfusión de sangre conservada con citrato de sodio fue el 9 de noviembre de 1914. En un aula del Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson, en presencia de calificados testigos, el portero Ramón Mosquera recibió una transfusión de 300 cm3 de sangre así conservada. Tres días después, totalmente restablecido, fue dado de alta. Un profesional argentino, investigando a tiempo parcial en un hospital argentino, lejos de los centros científicos más importantes y avanzados, logró resolver un problema que angustiaba a miles de médicos de los ejércitos europeos de la Primera Guerra Mundial entonces en curso. Fue un gran aporte a la medicina mundial, que contaría desde entonces con un método de transfusión de sangre simple, inocuo y fácil de ejecutar por un profesional idóneo, aún en pleno campo de batalla. El periódico estadounidense "New York Herald" publicó una síntesis del método de Agote y percibió sus proyecciones futuras, profetizando que tendría muchas otras aplicaciones además del tratamiento de hemorragias agudas.

Luis Agote nació en la ciudad de Buenos Aires el 22 de setiembre de 1868. Hizo sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires e ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1887, donde se graduó de médico en 1893. En 1894 asumió como secretario del Departamento Nacional de Higiene y en 1895 se hizo cargo de la dirección del lazareto de la isla Martín García. En 1899 fue designado médico de sala del Hospital Rawson (ciudad de Buenos Aires), donde más tarde fue jefe de sala. En 1905 fue nombrado profesor suplente de la Facultad de Medicina y en 1915 profesor titular de Clínica Médica, cátedra que tuvo a su cargo hasta su renuncia en 1929. En 1914 fundó el Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson, donde llevó a cabo un vasto programa de investigación, enseñanza profesional y asistencia a enfermos. Allí fue donde desarrolló y puso en práctica su método de conservación de la sangre. Además de trabajos de medicina, Agote escribió varias obras literarias e históricas. Durante sus dos períodos como diputado nacional (1910 y 1916) fue autor de los proyectos de ley que fundaron la Universidad Nacional del Litoral y el Patronato Nacional de Menores Abandonados y Delincuentes, logrando también la incorporación del Colegio Nacional a la Universidad de Buenos Aires.

Ya finalizada la Primera Guerra Mundial, el belga Albert Hustin (de la Academia de Ciencias Biológicas y Naturales de Bruselas, Bélgica) y el estadounidense Richard Lewisohn (del Mount Sinai Hospital de New York, EE.UU.) se atribuyeron el descubrimiento del método. Se inició entonces un largo intercambio epistolar entre Agote y estos científicos, y se acumularon entrevistas, artículos, comunicaciones y citas en distintas revistas médicas sobre la discutida prioridad. En todo este despliegue, sin acaloramientos ni acusaciones, el tecnólogo argentino se limitó a señalar objetivamente fechas y procedimientos. Probablemente se trató de investigaciones independientes que dieron su fruto en forma más o menos simultánea, aunque difícilmente un investigador del Primer Mundo, trabajando con los últimos adelantos tecnológicos, reconocerá el mérito de uno "más atrasado". Por poco que sepamos sobre las íntimas intenciones de Agote, dos hechos son evidentes. El primero es su valoración de la vida humana por encima del rédito económico, ya que no trató de patentar su resultado, lo comunicó de inmediato a medios de prensa, a representaciones diplomáticas de todos los países entonces en guerra y a revistas médicas internacionales. El segundo es que hizo su descubrimiento trabajando en las pocas horas libres que le dejaba su (muy fructífera, como ya vimos) tarea como diputado nacional. Sería muy bueno que nuestra sociedad, en vez de los personajes de la farándula que tanto exaltan algunos medios de comunicación, tuviese muchos modelos como Luis Agote.

 

CARLOS EDUARDO SOLIVEREZ (Doctor en Física y diplomado en Ciencias Sociales).

Especial para "Río Negro"

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