Nuestra nueva bandera y el quijote patagónico

09 abr 2009 - 00:00

En estos días se conoció la nueva bandera de la provincia de Río Negro: azul, blanco y verde, en franjas horizontales, y en el rincón del asta y del mismo ancho, un cuadrado con trece estrellas, representando los departamentos de la provincia.

Se puede preguntar para qué la provincia necesitaba una bandera: pero el particularismo, el distinguirse de los demás, la separación parece ser la consigna dominante en tiempos de la globalización. No quiero insinuar que Río Negro quiera separarse de la Argentina: pero cada provincia tendrá pronto su propia bandera, como hace mucho que cada una tiene un escudo.

Pero hay un detalle muy curioso en la nueva bandera: salvo el recuadro con las estrellitas que representan los departamentos -que, a su vez, no tienen función conocida alguna más que dar el trabajo de aprenderlos a los escolares rionegrinos- la nueva bandera es exactamente aquella lanzada por Orélie Antoine de Tounens, un humilde burócrata francés de provincias que vino a Sudamérica, se hizo amigo de los indios, reivindicó su posesión del territorio donde aún hoy malvive medio millón de mapuches reprimidos por el gobierno chileno y se autoproclamó en 1861 Rey de la Araucanía. (1) Luego, por no se sabe qué alquimia geográfica, Orélie se anexó la Patagonia y desde entonces hasta hoy sus descendientes se proclaman Reyes de la Araucanía y de la Patagonia. Debe haber tenido un buen discurso, ya que, a pesar de hablar en francés y a través de un lenguaraz (¿de francés a mapudungun? No se sabe que Orélie hablara siquiera castellano), entusiasmó a los caciques, que no tenían nada que perder y lo siguieron. Desde Francia creó la bandera que ahora es casi la nuestra, llegó a emitir títulos de nobleza (aunque, aclara en la constitución de su reino, éstos no eran más que honoríficos), y en Arauco fue traicionado por un baquiano y entregado a las autoridades chilenas. Éstas no supieron qué hacer con él, lo declararon insano y al final lo rescató el cónsul francés y lo despachó a casa. Desde allí hizo dos tentativas más de instalarse en su reino, entrando desde la Patagonia argentina que, después de todo, formaba parte de sus dominios. La segunda vez llegó hasta Chile y lo volvió a salvar el cónsul francés; pero la tercera vez fue detenido en Bahía Blanca. Sus sucesores siguen creyéndose reyes de algo que nunca fue reconocido por gobierno alguno. Después de volver a la fuerza a su patria, Orélie insistió en mantener su absurda dinastía y desde su exilio francés acuñó monedas con su efigie. La dinastía y sus absurdas pretensiones aún subsisten, aunque nunca pudo ser hereditaria porque ninguno de los reyes de la Araucanía tuvo herederos. Orélie, adepto a crear medallas y títulos nobiliarios, designó a uno de sus más fieles seguidores, Aquiles, quien asumió como Aquiles I; luego hubo un Antoine II, una reina Laura y un Antonio III, todos designados a dedo por un fantasmático Consejo de Estado. El actual rey, Philippe Boiry, reivindica aún su realeza y visitó la Argentina en 1989, lo que hizo una modesta noticia en los diarios.

El quijotesco reino abarcaba sobre todo la VIII y IX Región de Chile (entre Concepción y Valdivia) y todo el resto de la Patagonia argentina, del río Negro hasta el canal de Magallanes, incluyendo nuestra provincia, que ahora parece reivindicarlo. Hasta tenía una capital, el poblado de Perquenco, no lejos de Temuco. Orélie era bastante benévolo, progresista y constitucional, pero no tenía nada que ver con la región, más que el hecho de que defendía los derechos de los indios a sus tierras y había reivindicado las tierras de Arauco para los mapuches, además de hacerse amigo del Toqui Quilapán.

Eran tiempos en que Francia estaba reinada por el emperador Napoleón III y pocos años después (en 1863) intentaba hacer pie en América a través de la aventura del príncipe Maximiliano en México; pero es probable que la conquista de la Araucanía obedeciera más a una locura personal que a un intento imperialista en nuestras tierras. En cierto momento, sin embargo, un barco de guerra francés rondó las costas de Arauco "por las dudas".

Los mapuches estaban en guerra con Chile desde el siglo XVII. Los españoles habían tomado pie más al sur, en Chiloé y en Puerto Montt; pero la zona al sur del Bío-Bío resistía a ser conquistada y, cuando en 1860 el loco francés aterrizó en sus tierras y les propuso proclamar su independencia de Chile, lo escucharon. No está claro por qué aceptaron así nomás un rey blanco que no hablaba ni castellano, pero es probable que Orélie les prometiera el apoyo francés.

Después de volver a la fuerza a su patria, Orélie insistió en su absurda dinastía hereditaria que aún subsiste. Volviendo a las banderas: los mapuches tenían la propia: una estrella de ocho puntas sobre fondo azul. En algunas versiones, este diseño se repetía sobre un rombo escalonado sobre un fondo negro degradé. Ahora, los mapuches usan una bandera llamada Wenufoye, que tiene franjas celeste, verde y roja, bordeadas por una ornamentación típica y un kultrún con su típico diseño en cruz en el centro. O sea: Río Negro no eligió un símbolo que recordara a su población mapuche, sino que eligió la presentada por un pretendido rey extranjero. Probablemente el jurado no lo sabía, pero el ganador del concurso no puede haber elegido justo esos colores por azar. El fantasma de Orélie Antoine de Tounens debe sentirse reivindicado. Esta cuestión de la independencia de la Patagonia es interesante, en una época en que coexisten la globalización y la regionalización. Cataluña y el País Vasco son las regiones más industrializadas de España, y, mezquinamente, no quieren compartir su opulencia con los más pobres. En la Argentina es al revés: al margen del conflicto por las retenciones por la soja -que indican que no existen los ricos solidarios- el Centro y en especial, Buenos Aires, siempre han explotado el resto del país, inclusive a la Patagonia, principal fuente de energía. Imaginémonos que la Patagonia declarara su independencia de la Argentina.

Lo hizo el ingeniero Salvador San Martín en 1984, en un cuento que se encuentra en internet, http://www.esquelonline.com/cuento.html. La metodología propuesta por San Martín para lograr esa independencia era violenta y tan cerca del aniversario de la Guerra de Malvinas, hasta era de muy mal gusto plantear ponerse bajo la protección de Chile y de Gran Bretaña para defender la independencia de los Estados Unidos de Patagonia; pero gran parte de la riqueza energética y minera está en nuestra región y podríamos ser mucho más prósperos si vendiéramos energía al resto del país, como proponía San Martín. Gran parte del petróleo, el viento mejor del mundo, el grueso de la energía hidráulica de la Argentina están en nuestra región. Así que tal vez sea una lástima que nadie hubiese tomado en serio al pintoresco rey francés. Tal vez hoy tendríamos una próspera nación sureña, del Atlántico al Pacífico, que poseería más energía y agua que la Argentina troncal. En cambio la estamos vendiendo de a pedacitos a intereses extranjeros. Pero eso ya no tiene nada que ver con la flamante aunque no muy original bandera rionegrina.

 

TOMÁS BUCH (*)

Especial para "Río Negro"

(*) Tecnólogo generalista

TOMÁS BUCH

NEWSLETTER

Suscribite a “Noticias del día”Recibí todas las mañanas un correo con toda la información.