Política y economía del miedo

10 nov 2018 - 00:00

Uno de los defectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son”, expresó hace más de 400 años el autor de El Quijote, Miguel de Cervantes. El debate sobre el nuevo presidente de Brasil y sus posiciones políticas verdaderamente fascistas no es ajeno a la realidad de nuestro país.

La irrupción de Bolsonaro como “paladín de la justicia y la seguridad” estuvo perfectamente orquestada desde la informática matemática (big data). A través de ella se obtienen grandes bases de datos de la población-opiniones, gustos, etc., y se ha podido manipular a millones de brasileños a través de noticias falsas y un ejército de personas (trolls) que actúan a través de equipos informáticos introduciendo, mediante perfiles falsos, comentarios en cuanta noticia se vincule con la destrucción del adversario político.

Se aplicó el mismo método que en las últimas elecciones de la Argentina, que detalláramos en estas páginas (“Justicia, geopolítica y poder económico”, 3/5/18), y se utilizó igualmente el sistema de la empresa británica Cambridge Analytica que actuó aquí para apuntalar el triunfo del actual presidente (diario “Folha de Sao Paulo” 25/10/18).

Ello bajo el consejo y dirección del ejecutivo de medios y exasesor del presidente de los EE. UU. Steve Bannon, con intervención de las embajadas locales de ambos países. En el caso de nuestro país equipos de comunicación informática fueron retirados de la misma embajada de los EE. UU. para ser instalados en esa especie del “call center” donde decenas de empleados del Estado argentino se ocupan de deteriorar la opiniones y a personajes públicos de la política, contrarios al proyecto político y económico en curso, de tramo final, por cierto.

El miedo como represión a la política se ha hecho presente en nuestro país. En la hegemonía de los medios de comunicación se trata con violencia verbal a los políticos –todos son ineptos y ladrones–, a los inmigrantes como un peligro porque vienen a estudiar y curarse a nuestros hospitales públicos y a los chorros y narcotraficantes que andan sueltos por la calle es necesario “meterles bala” para poder volver vivir tranquilos en nuestras comunidades. Se ensaya incluso con figuras mediáticas que dicen barbaridades que a muchos les resultan estimulantes.

La ministra de seguridad ha dicho “el que quiera andar armado, que ande armado” y el alabado –por el FMI y el gobierno nacional– senador rionegrino: “Hay que sacar a patadas a los extranjeros que delinquen”, sin especificar a qué delitos se refiere y si la ley tiene algo que decir al respecto. Se trata de golpes de efecto para saciar a una población impotente ante la crisis económica, a la cual no se le explica la verdad del por qué se la ha condenado a nuevos años de subdesarrollo, generando endeudamiento externo en dólares y empobrecimiento acelerado.

El fracaso del actual proyecto de la elite corporativa de nuestro país, como el de muchos políticos que se montan en la especulación de las encuestas de sus propios proyectos personales, ocasiona una pérdida de legitimidad y lleva a una relación distante entre estos últimos y la población.

El dato que se insinúa en nuestro país es que la crisis económica, la marginación, la inseguridad –que por cierto no ha descendido– está fabricando un potencial autoritario que puede ser inducido hacia “iluminados” que, por fuera del sistema político, irrumpan en la institucionalidad democrática. Se trata de la consecuencia que producen los modelos de concentración económica y exclusión social como los aplicados en la actualidad.

Hacer política es por cierto hacer un trabajo emocional, más aún en contextos de crisis. Esas emociones importan, ver donde las personas están emocionalmente, incentivando sus pulsiones autoritarias tratadas como una forma de compensación de aquellas.

La injusticia económica produce miedo al presente, pero también alineación social, moral, psicológica y por cierto política. La Iglesia católica lo padece actualmente ante la irrupción de credos impulsados desde la potencia del norte que intentan darle una contención mágica a los excluidos bajo la esperanza futura del reino de los cielos.

La idea es la desmovilización de la política, un territorio donde las grandes mayorías se colocan en la anomia y el desarraigo con ella. Esto resulta potencialmente funcional a la aparición de discursos y personajes totalitarios, quienes brindan (temporalmente) un alivio a la ansiedad de descarga y revancha ante quienes vendrían a poner en peligro nuestra vida.

Lo que no se dice es que estos “salvadores” nunca enfrentan la tremenda desigualdad de la riqueza que evidencian nuestro país y Latinoamérica, y que son impulsados y financiados por quienes intentan conservar un orden desigual. Lo que no se dice es que traen más violencia.

La seguridad, la lucha contra el negocio del narcotráfico –estrictamente vinculado a la actividad financiera global–, la corrupción, una política inmigratoria inclusiva pero legalmente ordenada, son cuestiones manejables exclusivamente desde una política Estatal, pero con un proyecto de democracia real, dominado exclusivamente por un modelo soberano y de acumulación de la renta para su distribución equitativa entre todos los argentinos.

*Abogado, docente de la Facultad de Economía de la UNC

La idea es desmovilizar la política, donde las grandes mayorías se colocan en la anomia y el desarraigo. Esto resulta funcional a la aparición de discursos y personajes totalitarios.

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