Reflexiones: Roca, Evita y la moneda

Sin duda que este gobierno se siente con autoridad para dirigir la vida de todos los ciudadanos de la Argentina. Nos quiere decir dónde debemos veranear, qué debemos importar y exportar y también en qué moneda debemos ahorrar.

25 ene 2015 - 22:32

La moneda, para sorpresa de muchos, no es un invento de los gobiernos sino una creación del mercado. Nació a partir del trueque. Antiguamente en las economías primitivas se recurría al trueque como medio de intercambiar bienes y servicios. A medida que el comercio se expandió, surgió la moneda para facilitar los intercambios. La misma era aceptada por la gente siempre y cuando cumpliera con ciertas condiciones: ser transportable, divisible, durable, homogénea, etc. A lo largo del tiempo sobresalieron el oro y la plata como los más eficaces medios de cambio. Más tarde, con la aparición de los bancos, comenzaron a circular los recibos bancarios, que eran aceptados por su respaldo en oro y una institución confiable. A través de los bancos centrales, en el siglo XX, los estados monopolizaron la emisión monetaria, pero la situación se complicó con la salida del patrón oro, ya que esto permitió emitir sin respaldo. De hecho, las hiperinflaciones en la historia económica mundial son del siglo XX, la razón es que no existieron límites para los gobiernos a la hora de expandir el gasto. Nuestra moneda, el peso argentino, como consecuencia de la inestabilidad monetaria agregó 13 ceros a su valor original. El peso actual, que comenzó a regir partir de 1992, equivale a 10.000.000.000.000 pesos moneda nacional de 1881. En estos tiempos el valor de la moneda se respalda en la confianza que la población tiene en las instituciones jurídicas, políticas y económicas del país emisor (la gente demanda el billete también porque cree que seguirá manteniendo su poder de compra). La moneda no es otra cosa que papel pintado impreso; cuando la desconfianza sobre las instituciones y la moneda se apoderan de la gente, ésta pierde su función de servir como medio de cambio y reserva de valor. Podemos aspirar a que las figuras de nuestra historia impresas en los billetes sirvan de inspiración para los gobernantes actuales. Siguiendo este ejercicio encontramos senderos que se bifurcan. Por un lado tenemos al general Julio A. Roca, tal vez el prócer más representativo de la generación del 80 y el que ocupa aún, pero en forma compartida, el billete de mayor denominación de la Argentina. Justamente el período que se abre con la llegada de Roca -1880-1914- es definido como el de gran crecimiento; la tasa de expansión económica de la Argentina ha tenido pocos antecedentes en la historia de la economía mundial. El producto bruto per cápita de la Argentina entre 1875 y 1914 se incrementó un 245% (3,3% anual), es decir, casi tres veces y media. En 1889 absorbió entre un 40% y 50% de las inversiones británicas hechas fuera del Reino Unido. La expansión de nuestras vías férreas fue desde 503 km en el período 1865/69 a 31.104 km en el lapso 1910/14. Durante el período 1865/69 el ingreso por habitante representaba tan solo el 34% de países como Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá y Australia, mientras que en 1910/14 representaba el 82% de los países mencionados. La década del ochenta no transcurrió sin tropiezos, la crisis de 1890 fue provocada por un gobierno que incurrió en enormes emisiones y déficits fiscales, pero la claridad sobre el rumbo tomado más las medidas de austeridad hicieron que el país llegara a fin de siglo en condiciones tales que pudo incorporarse al régimen de patrón oro, creando una caja de conversión sólida. De esta manera se había demostrado al mundo que el país estaba en orden y el compromiso de no usar la emisión para obtener recursos fiscales. La otra persona en cuestión es Eva Perón, quien junto con su marido, el Gral. Juan Domingo Perón, siguen influyendo en muchas de las ideas económicas que imperan en la Argentina de hoy. Si bien el Banco Central se creó en 1935 con objetivos limitados, fue en 1946 cuando se ampliaron, lo que abrió el camino a la larga y enorme inflación de la segunda mitad del siglo XX. Paradójicamente, al igual que en estos tiempos, el argumento de la reforma del BCRA de 1946 era que las reservas del Banco Central ya no tendrían la función limitada del pasado, sino que serían el instrumento principal en la política de apoyo crediticio a la promoción de las actividades económicas. Así se abrió el financiamiento del gasto por medio de la emisión. Las puertas de la hiperinflación tuvieron su génesis aquí, ya que a partir de entonces la inflación promedio anual durante el período 1946-74 fue del 33,2%, saltó al 206% en 1975-83 y en 1980-1989 tuvo un promedio anual de 750,4%. Con la emisión del Banco Central se pudo financiar la compra de empresas o crear nuevas y además el gobierno utilizó dicho mecanismo para ocultar el déficit del Estado. También financió a tasas reales negativas a empresarios cercanos al poder. Estas ideas económicas prevalecieron a lo largo de todo el siglo, independientemente del signo político. Como consecuencia tuvimos de aquí en más un Estado sobredimensionado, financiado a través de emisión monetaria, altos impuestos, deuda pública y la confiscación de ahorros privados. Las nacionalizaciones de depósitos de 1943, 1975 y 1989 (Plan Bonex), en el 2001 la confiscación de los fondos de las AFJP por parte del Estado y, finalmente, en el 2008 la estatización de las AFJP, que pasaron a la órbita de la Anses, son una prueba de esto. Nada fue gratis, alejarnos de los principios de 1853 provocó otro milagro, el “milagro del subdesarrollo argentino”. Ojalá estas enseñanzas nos ayuden a retomar el camino del que nunca debimos haber salido. El mundo ha vuelto a demandar nuestros productos. Conocer estos caminos ayudará a aprovechar esta nueva chance. (*) El autor es licenciado en Relaciones Internacionales. Presidente de la Fundación Progreso y Libertad.

NEWSLETTER

Suscribite a “Noticias del día”Recibí todas las mañanas un correo con toda la información.