Sistema de salud: cada cual atiende su juego

01 jul 2011 - 00:00

Podemos decir que el sistema de salud es la respuesta social organizada a los problemas de salud de la población. Partiendo de esta definición, es erróneo afirmar que la Argentina no tiene sistema. Justamente, lo que ocurre es que hay muchas respuestas a los problemas de salud pero poca organización. Nuestro país obtiene un bajo rendimiento de los recursos que destina a salud. Invertimos anualmente a ese fin más de u$s 1.350 por persona, un valor un 30% superior al que destinan Chile y Costa Rica, dos países de la región con un ingreso per cápita similar a la Argentina. Sin embargo, estos países obtienen mejores resultados en materia de salud. Por ejemplo, la mortalidad en niños menores de 5 años es inferior: mientras que en la Argentina mueren anualmente 15 niños por cada 1.000 nacidos vivos, en Chile fallecen 9 y, en Costa Rica, 11. Además, en ambos países la esperanza de vida al nacer es cuatro años mayor que en la Argentina. Aunque la inversión en salud que realiza nuestro país –cercana al 10% del Producto Bruto Interno (PBI)– es significativa, los resultados no reflejan esta apuesta asignativa. La mayor causa de este pobre desempeño es la indefinición de un modelo de salud. Ello se traduce en una fragmentación de la gestión, del financiamiento y de la atención, sumadas a la existencia de mecanismos de coordinación poco efectivos. Mejor que con números, el desempeño de nuestro sistema sanitario se puede ver en las historias de vida de los argentinos. Veamos tres ejemplos de mujeres de diferentes sectores sociales y con distintas coberturas de salud. Escena 1. Juana está embarazada de cinco meses y es beneficiaria de la Asignación Universal por Hijo (AUH), pero no le gusta ir al hospital a hacerse los controles porque cada vez las filas son mayores. Escena 2. Hortensia se acaba de jubilar. Trabajó toda su vida pero lo hizo en negro, sin aportes ni obra social. Hoy, con 68 años, estrena obra social y muestra orgullosa su aporte descontado del haber jubilatorio. La sorpresa de Hortensia ocurrió cuando precisó atención médica y la derivaron al hospital de referencia con el que trabaja la obra social. Era el mismo hospital público donde se atendió toda su vida. Escena 3. Marina necesitó operarse por una hernia inguinal. Decidió hacerlo con un reputado cirujano. Podría haberse intervenido en un hospital público donde este doctor es jefe de Servicio, pero había una lista de espera muy larga y el mismo médico interviene también en una confortable clínica. Marina tiene cobertura de la obra social provincial que le cubría la operación e internación, en cuarto compartido. Pero como también contrató cobertura de una prepaga, pudo internarse en cuarto individual. Sólo que como su médico no figura en la cartilla de la prepaga, tuvo que pagar sus honorarios aparte y en negro. Escenas como las anteriores ocurren porque no hay un responsable de coordinar las coberturas, las prestaciones y la financiación. Es así como sucede que en algunos lugares sobran médicos y, en otros, faltan; en algunos sobran tomógrafos o mamógrafos y en otros faltan, entre otras situaciones. El resultado es ineficiencia e insatisfacción. Si bien conseguimos que la gente tenga respuestas a sus problemas de salud, lo hacemos a un costo cada vez más elevado. En el país coexisten tres subsistemas de cobertura: el público, que presta servicios por medio de centros de atención primaria de la salud (CAPS) y hospitales provinciales y municipales; la seguridad social, que incluye a las obras sociales sindicales, las provinciales y al PAMI, y el privado, compuesto por las prepagas y mutuales. Estos subsistemas conviven sin un marco general que paute la articulación entre ellos. Funciona cada uno por su lado, como una orquesta sin director. Incluso con excelentes músicos y buenos instrumentos, si cada uno no tiene la partitura adecuada y no hay coordinación, el resultado es puro ruido. Para comenzar a avanzar en la respuesta a estos problemas es imprescindible diseñar el modelo argentino de salud. Esto significa proponer y resolver un gran debate nacional sobre dos preguntas: cómo producir salud y quién es el responsable de cada función. La primera pregunta implica asumir un modelo de atención. Podemos continuar con un esquema donde cada uno hace lo que quiere –o lo que puede– o comenzar a construir un modelo con una puerta de entrada a los servicios, con cuidados progresivos y funcionamiento en red. La segunda pregunta implica definir responsabilidades. No tendremos la salud que merecemos mientras ésta no sea problema de nadie. Hay que definir quién dirige la orquesta, a quién le puede costar el puesto que Juana tenga que esperar un promedio de cuatro horas para hacerse un control del embarazo. A alguien le tiene que pesar que Hortensia no tenga mejor acceso a los servicios al aportar a una obra social. Alguien, además de Marina, debería pagar el costo si una prepaga no se hace íntegramente responsable de la salud de sus afiliados. Desde el proyecto Agenda presidencial 2011-2015, Cippec busca aportar propuestas de política pública y mejorar la calidad del debate electoral. Una de las propuestas principales del Programa de Salud es comenzar a discutir una ley nacional de Salud, donde se defina qué deben hacer el gobierno nacional, los provinciales y los municipios, las obras sociales, las prepagas, los hospitales y los centros ambulatorios. En fin, cuál es la partitura que le corresponde tocar a cada uno. Todos los países de la región lo han hecho. La Argentina es el único que continúa poniendo parches legislativos a su sistema de salud. No podemos postergar más la definición de qué modelo de salud queremos. (*) Investigador y coordinadora del Programa de Salud de Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) www.agenda-presidencial.org

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