Un mundo que se derrumba

06 nov 2018 - 00:00

Es un secreto a voces que estamos en tiempos de decadencia. Tiempos difíciles donde pareciera que hemos tocado fondo. Nada importante ha suplido a los viejos valores que fueron sustantivos en la historia de la humanidad y le dieron sus momentos de esplendor. El delicado poeta Rabindranath Tagore en una de sus frases más lúcida definió que “el mundo moderno empuja incesantemente a sus víctimas, pero sin conducirlas a ninguna parte. Que la medida de la grandeza de la humanidad esté en sus recursos materiales es un insulto al hombre”. Tal vez por eso Heráclito decía que los asnos prefieren la paja al oro, porque aquella les resulta más agradable que ésta.

Nuevamente estamos viviendo en un mundo privado de inquietud intelectual, mal síntoma, dado que cuando no hay ideas rectoras la degradación es general y muchos pensadores hastiados de predicar en el desierto observando que no hay lugar para las palabras o para las ideas, prefieren optar por la aspiración del gran Confucio de no hablar más.

Y sobre estos presupuestos Héctor Tizón expresó que “muchos ignoran que la fuerza de los hombres que dominan la gravedad de nuestro tiempo han decretado el fin de las ideologías y de la historia”.

Por eso el gran problema de nuestro tiempo es que el hombre está siendo vaciado de toda espiritualidad y de todo sentido trascendente de lo absoluto, convirtiéndose en una cosa y nada más, en una mera estadística, un material de descarte. No en vano el genial Víctor Hugo en la plaza pública dijo a los cuatro vientos que “si no hay en el hombre algo más que la bestia, pronunciad sin reír estas palabras: Derechos del hombre y del ciudadano, derecho del buey, derecho del asno, derecho de la ostra: producirán el mismo sonido. Reducir el hombre al tamaño de la bestia, disminuirlo en toda la altura del alma que se le ha quitado, hacer de él una cosa como otra cualquiera; eso suprime de un golpe muchas declaraciones acerca de la dignidad humana, de la libertad humana, de la inviolabilidad humana, del espíritu humano, y convierte todo ese montón de materia en cosa manejable. La autoridad de abajo, la falsa, gana todo cuanto pierde la autoridad de arriba, la verdadera. Sin infinito no hay ideal; sin ideal no hay progreso; sin progreso no hay movimiento; inmovilidad, pues, statu quo, estancamiento: ese es el orden. Y hay putrefacción en ese orden”.

Y en ese orden perverso decía Tizón que “esta sociedad posmoderna y sombría expresa con mayor claridad la prepotencia del discurso científico y tecnológico y el desprecio por lo que denomina las ambigüedades de los pensamientos morales”.

Y así estamos hoy los argentinos “desde esta lejanía de país arruinado, melancólico y maltratado por el cinismo y la bastardía de los intereses que nuestros dirigentes disfrutan al imponer sus modelos falsamente superados y patrioteros”.

Algo está fallando en nuestra sociedad que huérfana de una escala humanística de valores que la contenga es posible concebir, al igual que Hobbes en su famoso Leviathán, su Homo hominis lupus, (hombre lobo del hombre) “el estado del hombre contra el hombre, todos contra todos, y la existencia como un palenque donde la hombría puede identificarse con las proezas del ave rapaz”.

Por eso Fichte advertía que “el grado supremo sólo llega a lograrse cuando sobre ese ciego deseo de poder y sobre la arbitrariedad del individuo se sobrepone en uno la voluntad de libertad, de soberanía del hombre, la voluntad racional. El hombre no es una personalidad libre hasta que aprende a respetar al prójimo”.

Por eso somos desgarrados espectadores de un mundo que se derrumba. Y es imperativo recuperar un estilo de vida donde se cumplan virilmente los imperativos personales y comunitarios para una realización armónica y elevada donde haya “trabajo con alegría, placer con risa, virtud con gracia, juventud con suavidad y comportamiento con respeto”.

Tal vez el mayor de los frutos amargos encarnado en nuestra sociedad sea la falta de una virtud ciudadana en el sentido y la visión de Aristóteles cuando expresaba que “El hombre es un ser ordenado para la con vivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo supraindividual del Estado porque la ética culmina en la política”.

En ese sentido Joseph Follet escribe que “Calibán no está remachado para siempre a la cadena de la subhumanidad, ni condenado a rodar de enajenación en enajenación. El hombre cualquiera no está ligado para siempre a una mediocridad sin esperanza”.

La gravedad de la hora que vivimos exige la mayor mesura y un compromiso con la dignidad humana enmarcada en los valores éticos que la deben contener. Perón ya lo dijo en su momento: “si no utilizamos el camino constructivo solo quedará el camino destructivo”. Estamos a tiempo, por el bien de todos.

* Escritor - Valcheta

Algo falla en nuestra sociedad que, huérfana de una escala humanística de valores que la contenga puede concebir, al igual que Hobbes en su Leviathán “el estado del hombre contra el hombre ”.

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