Como perpetuar la pobreza

Por James Neilson





A esta altura, debería ser bastante fácil arreglárselas para que un país gozara de un nivel de vida equiparable al de España, digamos. Después de todo, se sabe todo cuanto sería necesario hacer porque muchos otros, tanto europeos como asiáticos, ya lo han hecho. Las reglas son sencillas. Hay que privilegiar la educación, sobre todo la científica, contar con un sistema legal que sea moderno y confiable, además de una administración pública profesional, respetar la letra y el espíritu de una buena constitución, reducir la corrupción, estimular el ahorro, premiar a quienes se esfuercen, congeniarse con los inversores, comerciar lo más posible con el resto del mundo, tratar bien a los empresarios locales sin prestar demasiada atención a sus lobbistas alquilados y, en el caso de poseer recursos naturales, aprovecharlos al máximo. De adoptarse una estrategia basada en estas recetas nada exóticas, hasta el país más atrasado no tardará en prosperar.

¿Por qué, pues, hay tantos pobres en el mundo? Porque en todas partes abundan individuos que no tienen interés alguno en permitir que su propia sociedad se asemeje más a las más avanzadas. No dicen que son contrarios al progreso económico como tal. Antes bien, suelen ser los primeros en lamentar su ausencia. Pero actúan de tal modo que frustran sistemáticamente todo cuanto según la experiencia universal serviría para fomentarlo. A veces se atribuyen motivos religiosos -a los fanatizados no les gusta la tolerancia-, y los hay que se imaginan en guerra contra el capitalismo, pero por lo común lo que los inspira es la voluntad de defender derechos adquiridos personales o sectoriales, por modestos que éstos sean, a costa del bienestar del conjunto.

A la Argentina le ha tocado brindar el ejemplo clásico de un país en manos de personas que, lo sepan o no, están tan comprometidas con la pobreza que se ha negado con tenacidad a desarrollarse. Puede que los individuos que conforman la clase política nacional no hayan querido que la Argentina se depauperara, pero es merced a sus esfuerzos combinados que en la actualidad el ingreso per cápita es una mera fracción del español, para no hablar del británico, francés, norteamericano o japonés.

Aunque todos sus dirigentes concuerdan en que la educación es absolutamente clave, la mayoría cree que decirlo de cuando en cuando es más que suficiente. El resultado es que en los años últimos el sistema educativo se ha deteriorado hasta tal punto que millones de jóvenes no tendrán ninguna posibilidad de disfrutar de una vida digna. ¿Quiénes son los responsables de este desastre incalificable? Algunos señalan con el dedo a los sindicalistas docentes, otros a los políticos o, hurgando más hondo, a una sociedad que al parecer es incapaz de valorar el saber arduamente conseguido. Sea como fuere, no cabe duda de que se trata de un gran fracaso colectivo, de uno que asegura que el futuro sea a lo mejor mediocre.

Además de despreciar la educación o, cuando menos, de comportarse colectivamente como si la desdeñara, la Argentina da la impresión de no querer dotarse de un sistema legal moderno y confiable. Claro, los dirigentes juran que no es así, que nada les encantaría más que ayudar para que la seguridad jurídica sea una realidad, no sólo una aspiración utópica. ¿Hablan en serio? A la luz de lo que han hecho a través de los años, es cuestión de nada más que palabras huecas. Puede que todos se crean abanderados del respeto por la ley, pero a juzgar por los resultados concretos de su labor, los amigos de la anarquía se han anotado un triunfo definitivo.

Los partidarios de la pobreza se las han ingeniado para sabotear la educación y la idea misma de la legalidad, de este modo asegurando que hasta nuevo aviso la Argentina seguirá siendo uno de los países menos productivos y menos equitativos del mundo occidental. Pero no se conforman con esto. También están en guerra contra el ahorro. Con habilidad llamativa, lograron debilitar un sistema bancario robusto. De tener la posibilidad, ¿cuál argentino no depositaría sus dinerillos en un banco en Suiza o en Luxemburgo? Aunque a ciertos miembros del gobierno les complazca el temor que sienten muchos cuando piensan en la posibilidad de que una vez más los políticos se apoderen de sus cuentas bancarias porque los hace invertir sus pesos o dólares en ladrillos, de ahí el auge de la construcción, en un país pobre desalentar el ahorro es a la larga suicida.

Para que la pobreza no sea amenazada, es preciso mantener a raya a los inversores. Puesto que el mundo está nadando en plata y son muchos los dispuestos a arriesgarse hasta en los lugares más insólitos, impedirles probar suerte aquí no es siempre tan fácil. Pero no hay por qué preocuparse. El gobierno actual, como el anterior, trata a los empresarios extranjeros con tanta prepotencia que muchos están preparándose para irse, llevando lo que puedan de su dinero a otra parte. Según parece, Suez, la empresa francesa que es el líder mundial en el tratamiento de agua, está por sumarse al éxodo. No extrañaría que otras optaran por alejarse. Desde su punto de vista, el problema no es sólo Kirchner -los presidentes terminan yéndose-, es más bien la hostilidad que siente la mayoría de la población hacia los inversores extranjeros. Ya se sabe, está enamorada de la pobreza.

En cuanto al comercio, varias élites nacionales fascinadas por la noción de que sería espléndido no tener que depender de otros preferirían que el país quedara herméticamente cerrado. Ya que en el fondo desaprueban las exportaciones, multan, las retenciones mediante, a quienes venden sus productos en el exterior y usan el dinero resultante para subsidiar a los empresarios que se concentran en el mercado interno. Es una forma de garantizar que el país no aproveche plenamente sus amplios recursos naturales.

Para justificar el proteccionismo así supuesto, los funcionarios y los lobbistas sectoriales suelen aludir a la experiencia de países como Alemania y Estados Unidos en el siglo XIX y del Japón y Corea del Sur en el XX, pasando por alto el que lo que podría llamarse la cultura económica argentina sea muy pero muy distinta de la alemana, norteamericana, japonesa o coreana.

El proteccionismo puede funcionar con tal que el gobierno nacionalista responsable sea aún más duro con las empresas locales de lo que sería la competencia de intrusos foráneos. Para limitarnos a los ejemplos recientes, fue por eso que ni el Japón ni Corea del Sur se vieron excesivamente perjudicados por la voluntad de los políticos locales de obstaculizar a los extranjeros deseosos de penetrar en sus cotos privados. En la Argentina, empero, el objetivo principal de los proteccionistas siempre ha consistido en ahorrarles a los «productivos» nativos las molestias que les supondrían tener que hacerse tan eficaces como sus equivalentes de otras latitudes. He aquí la razón básica porque el país nunca pudo crear empresas que fueran remotamente comparables con las japonesas o, últimamente, surcoreanas que se establecerían sin muchas dificultades en los mercados más exigentes del planeta.

En teoría, hoy en día debería ser mucho más fácil asegurar el desarrollo económico que defender el atraso, pero así y todo son muchos los países, entre ellos la Argentina, cuyos dirigentes pueden enorgullecerse de haberlo logrado violando sistemáticamente los principios más básicos. En dichos países, es habitual que los más pobres respalden con fervor a los responsables de privarlos de oportunidades para progresar, motivo por el que los «modelos» perversos que son intrínsecamente incapaces de crecer más allá de ciertos límites estrechos suelen verse fortalecidos por la adversidad. Es lo que ha sucedido en la Argentina, donde el cataclismo de hace poco más de cuatro años no provocó el abandono de las ruinosas tradiciones económicas nacionales; antes bien, redundó en una decisión colectiva de aferrarse a ellas pase lo que pasare.


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