Con hambre de gloria

<b>Es el as de espadas de Maradona y el jugador más temido por los rivales. Messi sabe que hoy debe explotar.</b>



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Ya no hay por qué preocuparse. Lionel Messi estará en cancha con su magia excelsa y buscará ante Alemania la revancha personal tras no haber podido jugar en 2006 ese mismo partido. De él dependen buena parte de las posibilidades de que Argentina mantenga viva la ilusión mundial.

La Pulga es el jugador indispensable, al punto que una congestión nasal desató el alerta máxima horas antes del choque de hoy (a las 11 de aquí) en Ciudad del Cabo. Nadie estará tranquilo hasta que salga a la cancha. Messi le da identidad, genialidad y potencia al equipo. Desequilibra y es quien hace la diferencia, es el hombre más temido por sus rivales. El mejor del mundo.

“Ahora tengo la oportunidad”, aseguró con ansias cuando supo que el rival de cuartos sería la joven Alemania. Podrá así quitarse de encima la sensación de frustración que le dejó haberse quedado sentado en el banco el Mundial pasado, cuando los germanos vencieron a Argentina por penales en la misma instancia. Y enfrentarse a la realidad de un torneo en el que el gol se le ha vuelto esquivo, justo a él que la clavó de todos lados.

Al delantero lo define el gol, es lo que lo satisface y lo hace brillar. Messi lo sabe, lo probó y tuvo el elixir más dulce, el de los cuatro que le hizo al Arsenal en una sola noche. ¿Cómo se vuelve de ello? ¿Cómo mantener la sonrisa cuando la sequía en Sudáfrica amenaza con extenderse?

Lo está logrando. En un gesto de madurez, a los 23 años y ya habiendo debutado como capitán de la selección, se dio cuenta que si en este Mundial lo suyo no son los goles, sí lo es el cargar sobre sus hombros al equipo, hacerlo funcionar y asistir con precisos pases y tiros de esquina a los goleadores.

Sin él, Argentina no sería lo que es ni hubiera llegado hasta donde llegó. Demostró que tiene capacidad y carácter para heredar la camiseta 10 que le cedió Diego Maradona, quien además lo llamó a ser “el mejor de todos los tiempos”.

“Quiero ser campeón y tengo a Messi”, afirmó el Diez. Lo supo desde el principio, pero tardó más de un año en poder blandir el as de espadas con toda su potencia y su genialidad.

Ahora aparece otra vez Alemania, un hito en la relación con la albiceleste. Tras la condena al banco que le infligió en 2006 Pekerman, la peor pena para un hambriento de fútbol como la “Pulga”, llegó en marzo pasado el triunfo argentino en el amistoso jugado en Múnich.

“Ya tuvimos la oportunidad de jugar antes de venir para acá y más o menos conocerlos”, advirtió Messi. Su compañero Martín Demichelis le pasó el resto de los datos necesarios.

El desafío es grande. “Va a ser un partido muy duro”, anticipó, antes de reiterar su “ojalá”. La palabra que engloba su deseo, el gol, y que viene repitiendo desde el triunfo argentino ante Nigeria.

Los tantos propios aún no llegaron, pero sí las victorias que lo tienen a pocos pasos del título. Pero Messi está logrando algo único, difícil de cuantificar ni de englobar en un trofeo: conquistar de una vez al hincha argentino.

Poco antes del Mundial, Messi gritó su exorcismo al cielo español: “Vamos Argentina, la c… de tu madre”, gritó dejando atónito a más de uno. Salió a pelear con la camiseta celeste y blanca y ya tiene su primer premio: la hinchada argentina rendida a sus pies. Ante Alemania quiere el gol y las semifinales.


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