Confluencia: menos tumberas y más palabras

La Escuela 136 y el CFP 35 cambian violencia por amistad.



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Fotos Leonardo Petricio

Amatta recibió un disparo en una pierna y acordó una tregua con su agresor, un joven del barrio.

NEUQUÉN (AN).- A Edgardo Amatta le pagaron la “gauchada” con un tiro en una pierna. Recuerda que el joven lo encaró, le apuntó a la cabeza, “se apiadó” y le disparó abajo. Poco hicieron desde los órganos estatales para ayudarlo. Entonces, pasado el tiempo, no tuvo otra que juntarse con el joven que lo había agredido y tratar de llegar a “un acuerdo de partes”. Fue en la Vecinal del barrio Confluencia. “Le dije que si todo seguía así, nos íbamos a matar entre todos. Me miró, lo aceptó y no lo volví a ver. Pero nada ha cambiado y los chicos siguen en la misma”.

Amatta es docente primario, está a cargo del Centro de Formación Profesional 35 que nadie inauguró aún pero ya funciona, y ayer fue la voz de la Red Comunitaria que desde Confluencia pide auxilio por la situación de violencia extrema que se vive. Fue y es maestro de varios de los chicos que hoy se tiran a matar. Y como tantos allí, no cree que “ese sea el problema de fondo, tampoco que lo sean sus padres”.

Amatta y Verónica Coñumilla, vicedirectora de la escuela primera 136 del barrio, acusan a la política y los políticos de “abandonar el barrio”. Reclaman una intervención “inmediata, puntual, específica y diaria” para las familias en conflicto y creen que la primera medida debe ser la reubicación de los Lozano-Cano.

En la Red Comunitaria y en la Vecinal creían que las gestiones estaban avanzadas para ello, y que eso significaría “descomprimir el desesperante nivel de violencia que existe”, pero la subsecretaria de Familia, Niñez y Adolescencia de la provincia, Encarnación Lozano, negó que exista “algún trámite de reubicación” desde el ministerio de Desarrollo Social.

“Acá la solución no pasa por traer algún colchón, chapas y maquillar la situación. Los organismos del Estado se tienen que hacer presente. Es una deuda histórica que tienen los políticos”, repite Amatta. En este sector cercano a los ríos, centenario como la ciudad, la violencia tiene un marco casi ancestral. “No hay obras desde hace años, no se asfalta, las cloacas rebalsan, las carencias crecen, sobre todo en las últimas gestiones. Nosotros estamos convencidos de que hay incluso una intencionalidad política para que Confluencia continúe así, en la desprotección absoluta”.

Coñumilla cuenta que la 136 es una escuela con 450 alumnos, y que diariamente faltan unos 50 por causas que tienen que ver con la violencia. Es más, hasta existe un protocolo de entrada y salida al establecimiento, que tiene que ver con si las balas silban o no en la calle. En el mismo edificio funciona el Centro de Formación Profesional, que dirige Amatta y que ya recibe alumnos a pesar de no estar inaugurado.

Allí, decenas de personas, de entre 14 y 60 años, reciben capacitación para ser auxiliares sanitarios o electricistas. Siete jóvenes de ese grupo, de 17 años casi todos, no están alfabetizados. “Desde el juego, el teatro o los talleres intentamos que las palabras vuelvan a comunicar, y no la violencia. Buscamos que estos chicos dejen de vincularse a partir de la violencia. Son especialistas en armar tumberas (armas caseras) y eso tiene que terminar”, lamentó la docente.

NEUQUÉN


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